Infancia sufrida

Los hijos del enojo

Son 35 los alumnos con problemas severos de conducta matriculados en la escuela especial número 204. Todos reciben medicación psiquiátrica. Otros 264 estudian en escuelas comunes bajo su supervisión. A diario surgen nuevos casos, cada vez más complejos y a edades más tempranas.

Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto

La entrada de la escuela especial número 204 está desierta aunque son las cinco en punto y acaba de terminar la jornada. No hay padres esperando a sus hijos. Ni siquiera se ven niños. El portón está cerrado con candado. Dos maestras esperan un vehículo y explican que la mayoría de los 35 alumnos matriculados allí se van unos minutos antes, habitualmente en una camioneta. ¿Padres? "Padres vienen pocos", dicen.

Unos minutos después, decenas de niños que acaban de salir de la escuela vecina, una escuela común, les pasan por delante acompañados por adultos. Corren, juegan con hojas de otoño, cantan, cuentan lo que hicieron en la clase. Es como si le salpicaran un poco de alegría a esta escuela en silencio.

Les pregunto a las maestras:

—¿Cómo son los niños de la 204?

—Son especiales. Este no es un trabajo para cualquiera —dice una de ellas, que ya está jubilada pero debido a la falta de docentes en Montevideo fue reintegrada al trabajo y eligió volver a la 204.

Esta escuela forma parte de las cinco grandes áreas de la educación especial. Hay escuelas especiales para alumnos con discapacidad intelectual, para niños sordos, ciegos, con trastornos motrices y para niños con trastornos severos de la personalidad. En esta última categoría se incluyen desde comportamientos desajustados, que solían llamarse "irregularidades del carácter", hasta trastornos del espectro autista.

La 204 recibe a los niños con dificultades socioemocionales, que traducido vienen a ser problemas severos de conducta. "Son niños que expresan un enojo con el mundo, que agreden al entorno y se agreden a sí mismos", describe Carmen Castellano, inspectora Nacional de Educación Especial.

Según distintos especialistas en educación y salud mental, los 35 alumnos matriculados en la 204 y los 264 que asiste en modalidad de matrícula o escolaridad compartida, son solo la punta del iceberg de una situación que grita que algo grave está sucediéndole a la infancia. Cada vez son más las consultas a psiquiatras por expresiones agresivas e incapacidad de adaptarse a la escolarización, dice Gabriela Garrido, directora de la Clínica de Psiquiatría Pediátrica de Facultad de Medicina en el Pereira Rossell.

Castellano, la inspectora, coincide: "Varió la condición en que llegan los niños a esta escuela. Estamos recibiendo niños con trastornos cada vez más complejos, de edades cada vez más pequeñas y de todos los contextos socioeconómicos". Es decir, también se lastiman a sí mismos niños en edad de preescolar. "Esto se ve y es dramático", opina Garrido.

El mismo escenario que golpea en los consultorios médicos se reproduce en las aulas. Los niños son ahora como muñecas rusas: en la mayoría de los casos detrás de una conducta se abre un abanico enorme de síntomas y trastornos. Por eso Garrido insiste en que las escuelas especiales no deberían diversificarse de acuerdo a diagnósticos específicos y deberían basarse más en la determinación de las necesidades educativas de cada alumno: "Ofertas diferentes no basadas en diagnósticos", propone.

Mientras la política educativa es de inclusión de la discapacidad en las aulas comunes, la multiplicación de los niños en crisis desborda al sistema, que mantiene limitado el ingreso de los casos más graves en escuelas como la 204. La discusión es, ¿esta segregación sigue siendo necesaria? A estos niños, ¿cuánto se les puede exigir en su desarrollo educativo?

Laura Viola, profesora de psiquiatría pediátrica y jefa del Departamento de Psiquiatría Pediátrica de la Asociación Española, médica que trató a alumnos de la 204, lo plantea así:

—Imagínese a un niño en una silla de ruedas enfrente a una escalera. ¿Usted cree que podemos exigirle que la suba?

La escuela por dentro.

Hubo un tiempo en que la educación especial uruguaya fue vanguardista y aquí venían a formarse especialistas de toda la región. En ese marco, en 1936 el maestro Emilio Verdesio fundó la escuela 204. "Surgió por una necesidad de las escuelas comunes que se veían incapaces de manejar a los niños con trastornos de conducta importantes", cuenta Héctor Florit, consejero de Educación Inicial y Primaria y maestro de esta escuela entre 1978 y 1999.

En aquellos tiempos, dice Florit, "el ingreso estaba más asociado a situaciones límite en contextos de vulnerabilidad". Allí estudió el fallecido delincuente Marcelo Roldán, alias el Pelado. En una de las entrevistas que le concedió a los periodistas Gabriel Pereyra y Patricia Gamio para el libro El Pelado (Aguilar, 2008), contó: "En la 204 formaban delincuentes (...) En aquel momento la escuela era como una colonia. Era fea y los maestros eran violentos (...) Esa escuela no recupera a nadie. Ahí empecé a aprender algunas cosas y desde que he estado en la cárcel he encontrado a cincuenta mil que han ido a esa escuela".

Florit dice que esa etapa ya pasó, que la escuela se reformó.

Cuando llegó la democracia, en concordancia con diferentes declaraciones internacionales de derechos del niño que apuntan al modelo integracionista, el sistema educativo comenzó a desarrollar un proyecto inclusivo de los alumnos con discapacidades en escuelas comunes. En 1985 el total de la matricula en escuelas especiales era de casi 10.000 alumnos y en este momento no llegan a ser 6.000. Según Florit, esta relación se aplica a la 204: el 40% de alumnos que antes entraban a esta escuela hoy se mantienen en sus aulas originales.

El consejero de Primaria, Héctor Florit, trabajó en la 204 durante 21 años
El consejero de Primaria, Héctor Florit, trabajó en la 204 durante 21 años

Alba Sosa Machado, maestra de esta escuela desde 2003 y directora desde hace nueve años, dice que el ingreso de los alumnos suele causar resistencia en varios padres. Algunos la estigmatizan y se refieren a ella como el Vilardebó de los niños. Pero, en otros casos, la ven como una "solución" y "genera alivio", cuenta la directora.

Los 35 matriculados son niños que viven situaciones críticas. "Para nosotros es una decisión muy difícil ingresar a un niño porque lo estamos sacando del ámbito social que es el estar entre sus pares", dice Castellano.

Aunque alguna vez hubo alumnas mujeres, en este momento todos son varones. Muchos de ellos están institucionalizados en el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay. Todos reciben medicación psiquiátrica. Si en las escuelas comunes la norma indica que los maestros no pueden darles una aspirina, en estas tienen autorización para servirles la medicación a la hora que deben tomarla.

Los alumnos de la 204 asisten a clase de lunes a viernes durante seis horas. Están organizados por grado y en grupos pequeños. Son seis las maestras que trabajan de forma personalizada con ellos. "El programa es único y se ajusta caso a caso teniendo en cuenta la escolaridad previa, el trabajo con la familia y el estado de la salud de cada niño", explica Sosa.

Los grandes protagonistas de este programa son los talleres, algunos de enfoque terapéutico como los de música, teatro, artes plásticas, educación física (natación sobre todo), y otros que tienen un objetivo prelaboral, es el caso de taller de mantenimiento agrario y tecnología alimentaria.

Cada semana, una dupla de psicólogos del programa Escuelas Disfrutables visita la escuela y realiza coordinaciones con técnicos, médicos tratantes y familiares del alumno.

Decenas de ojos están puestos sobre esta infancia con sufrimiento. Dice la directora: "Yo convivo con ellos día a día y son todos diferentes. Lo que ellos tienen no se considera una discapacidad y sin embargo es la más discapacitante de todas. Su dificultad es la de vincularse positivamente con el otro. No están pudiendo vivir y convivir en sociedad".

La escuela especial N° 204 fue fundada en 1936. Foto: M. Bonjour
La escuela especial n° 204 fue fundada en 1936. Foto: M. Bonjour

Los niños invisibles.

El proceso comienza cuando se identifica a un niño con sufrimiento. Cuando esto sucede, se notifica a la 204 que funciona como un centro de recursos al que se acude cuando hay una situación de crisis. Recibe todas las solicitudes y deriva cada caso a uno de sus seis maestros itinerantes que trabajan mínimo dos días a la semana con el niño, su docente y su familia dentro de su escuela de origen. Hay 254 casos de este tipo.

La 204 lleva un registro de todas las intervenciones desde el primer llamado. Según cuenta la directora Sosa estos casos "emergentes" ocurren a diario, cada vez con más frecuencia y entre niños más pequeños.

Si el niño no está siendo atendido por un médico, el maestro itinerante articula una cita en el sistema de salud y orienta a la familia. Si a pesar de esta metodología no logra sostener la escolaridad, se pasa a la matrícula compartida. Hay 10 niños que asisten dos días a la semana a la 204 para recibir atención personalizada de una maestra y participar de diversos talleres, mientras que los otros tres días los cursa en su escuela.

La psiquiatra Garrido dibuja una pirámide. En la cúspide están los 35 matriculados, debajo los 10 con matrículas compartida y luego los 254 que permanecen en escuelas comunes. Arriba de la cumbre hace un círculo y lo colorea: "Ahí están los casos de niños con enfermedades psiquiátricas más severas: esquizofrenia o trastorno del humor de inicio temprano", dice; "son poquitos pero están. Y estos ni siquiera pueden ir a la 204".

Estos niños hospitalizados asisten a un aula hospitalaria que ocupa el tamaño de dos consultorios en el Pereira Rossell.

Ahora Garrido señala todo el espacio que resta debajo de los 254. Apoya la punta de la lapicera sobre el resto amplísimo que quedó vacío y suelta:

—El problema son estos niños que todavía no fueron detectados y en los que no comenzamos a intervenir. Allí hay fenómenos complejos, multifactoriales. Es como si se hubiera instalado un parásito en nuestra infancia.

Según información a la que accedió El País, en 2016 fueron hospitalizados unos 600 niños en la sala de psiquiatría pediátrica del Pereira Rossell. El 22% ingresó por intento de autoeliminación, el 15% por maltrato y el 14% por abuso sexual. ¿Cuántos son los pacientes puramente psiquiátricos? Apenas el 2%. "Yo a esto le llamo trabajar con violentología", dice Garrido.

Que los niños sufren y mucho más que antes no es una noticia de último momento. En 2006, motivados por decenas de consultas de padres, pediatras y maestros, la clínica que dirige Garrido realizó un estudio epidemiológico sobre la salud mental en niños uruguayos. Fueron entrevistados padres de menores de entre seis y 11 años procedentes de 65 escuelas y colegios de todo el país. Uno de los datos más duros que arrojó fue que al menos el 22% de los niños tenían elementos que permitían determinar que estaban con niveles importantes de sufrimiento y depresión.

¿Por qué los niños tienen patologías severas? "Hay una implicancia genética y otra medioambiental. En nuestro país siempre hubo violencia pero ahora estamos en un incremento. Un niño criado en un hogar violento, donde las reglas no son claras, donde puede ver a los adultos referentes de ese hogar con diverso tipo de adicciones y diversas respuestas violentas frente a la solución de un problema, va a aprender eso y va a actuar de esa forma", dice la psiquiatra Viola, que también participó del mencionado estudio.

—¿Estos niños pueden reingresar a escuelas comunes?

—Usted es muy optimista. Usted cree que todas las patologías pueden volver a la línea de la normalidad. Ojalá fuera así.

Garrido advierte que los psicofármacos pueden ayudar para un mantenimiento pero no para resolver problemáticas complejas. "Son muy pocas las sustancias que se pueden usar en niños y cuando se usan es porque las situaciones deben implicar un mayor riesgo para el sujeto y su entorno que si no se usaran".

Pereira Rossell: se estima que el 30% de consultas pediátricas son derivadas a psiquiatría para ser atendidas. Foto: D. Borrelli
Pereira Rossell: se estima que el 30% de consultas pediátricas son derivadas a psiquiatría para ser atendidas. Foto: D. Borrelli

El peso del maestro.

Ariel Gold, psiquiatra especializado en psicoeducación considera que los docentes son agentes de salud mental fundamentales para impactar en el desarrollo emocional de un niño. A los alumnos de la 204 pueden fallarles un padre, un médico, pero jamás un maestro.

En 1995 el Instituto Magisterial Superior cerró la especialización en problemas de la personalidad, cuenta la directora Sosa. Por eso dice que casi no quedan maestros entrenados para lidiar con estos niños. Lo que se hace, entonces, es reintegrar a los jubilados.

Según Florit, Castellano y Sosa, los maestros de una escuela especial requieren "permanencia, compromiso y profesionalidad": ponerle el cuerpo al trabajo. "Pero he visto docentes excelentes decirme que no pueden con esta realidad", cuenta la inspectora.

Seis años atrás, Estela hizo una suplencia algunos meses y renunció.

—¿Cómo recuerda a esos niños?

—Eran niños enojados. Totalmente abandonados de autoestima, de valoración de la vida. No pasaba una tarde sin que cada uno tuviera un episodio de crisis y a veces más de uno. A veces se quedaban sin medicación y había padres que no se preocupaban por conseguirla, entonces teníamos que hacer malabares para contenerlos. Les dábamos la medicación y la escupían. Era imposible para mí tener su atención para dar una clase y la tolerancia a la frustración era tan baja que llegaban a romper un vidrio. Uno de ellos, enojado porque no le dibujé lo que me pidió, me tiró piedras durante un recreo. Eran reacciones inesperadas, yo sentía que la clase era una bomba de tiempo y que mi trabajo era dispersar tensiones y evitar crisis.

—¿Eran violentos todo el tiempo?

—Cada tanto sucedía algo distinto. Como esos días en que está el cielo nublado y ves un rayito de sol que desaparece rápido, en esos instantes vos veías que detrás de todo eso había un niño sano, inteligente, que quizás hubiera funcionado mejor con otras condiciones de vida.

—¿Cómo se sentía cada día al irse de la escuela?

—Muy angustiada y frustrada. Yo tenía la sensación de que eran niños pobres y psiquiátricos y que estaban bastante olvidados. Sentía que no les importaban a casi nadie.

Para captar a estos alumnos en edades tempranas e intervenir a tiempo, la Unidad de Promoción, Intervención y Desarrollo Educativo inauguró este año una prueba en niños de cuatro y cinco años que mide su desarrollo cognitivo, psicomotor, su lenguaje, actitud frente al aprendizaje y sus habilidades sociales. Ese resultado arrojará cuáles son los niños con mayor riesgo y esos serán abarcados en conjunto con el sistema de salud. Lo que falta ahora es pensar cómo articular este trabajo conjunto.

Pero, ¿habría que cerrar una escuela como la 204 y prever la inclusión de todos los alumnos en escuelas comunes? La doctora Viola lo expone así: "Lo mejor para un niño es no sufrir. Si está es una escuela donde es señalado como un desastre por su comportamiento, por sus capacidades intelectuales y sus rarezas, de bueno eso no tiene nada".

Florit sostiene que "hoy se está manteniendo tanta inclusión como es posible y tanta educación segregada como es imprescindible". Dice: "Creo que el ingreso debería mantenerse, lo que deberíamos asegurarnos es que puedan egresar y a dónde egresar".

En la 204 no hay edad de ingreso y el egreso se prevé entre los 15 y los 16 años. "No te voy a vender espejitos de colores. La reinserción en escuelas comunes es difícil y que pasen a la educación media también", dice Castellano. La directora Sosa coincide: "El futuro les genera mucha incertidumbre. El egreso siempre es un momento muy difícil para el niño y para su familia".

Sin embargo, algunos logran insertarse en programas de educación no formal (como el Cecap, Centro de Capacitación de Producción) que los educa y forma para comenzar a trabajar, otros realizan cursos en UTU o acceden a la educación media. En esos casos, la escuela monitorea los pasos que dan en otras instituciones.

Algunas veces exalumnos vuelven a saludar. "Incluso han venido ya adultos, con sus familias. Esas visitas nos dejan felices", cuenta la directora. Estela, la maestra que dio un paso al costado, se llevó un recuerdo de la 204 antes de partir. En sus tiempos en la escuela nunca vio a estos niños más alegres como cuando trabajan en la huerta. De allí se llevó la semilla de un timbó, para recordarlos, para pensar que de alguna manera los está viendo florecer.

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