Gran hermano

| Con una política exterior que trasciende los cambios de gobierno, Brasil insiste en su proyecto de liderar a los países de América del Sur.

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Ana Gerschenson, La Nación, Grupo de Diarios América

Casi 200 años pasaron desde aquel asfixiante 22 de enero de 1808, cuando la reina portuguesa María I y su hijo Juan desembarcaron junto a sus 10.000 cortesanos en lo que bautizarían luego como el Imperio de Brasil. Hoy se encuentra en el mismo suelo a una República Federativa, pero que respira —como hace dos siglos— las mismas ansias de prevalecer sobre el resto de sus vecinos.

Son datos de la realidad. Brasil es el país más poderoso de la región y uno de los más extensos —el quinto— del mundo. La brasileña es la décima economía del planeta y sus 8,5 millones de kilómetros cuadrados albergan a 184 millones de habitantes.

En la última década, Brasil se esforzó por consolidar un liderazgo casi paternalista entre los países del Sur, involucrándose con discreción en los conflictos que amenazaron la estabilidad de la región —como sucedió en Paraguay, Colombia o Venezuela recientemente— y pregonando con insistencia la necesidad de unificar la voz de América Latina frente a las crecientes presiones comerciales y políticas de Estados Unidos y Europa.

"Lo que encontramos después del final de la Guerra Fría es un Brasil que empieza a jugar en dos planos: en un plano regional, busca afirmar su preponderancia en la región en asociación con el Mercosur y particularmente con Argentina, mientras que en otro, simultáneamente, quiere ser un actor internacional", opinó Juan Tokatlian, experto argentino en relaciones internacionales.

Lo cierto es que un rasgo distingue a la política exterior brasileña de la de los demás países del Cono Sur, y es su coherencia. Tokatlian lo explicó así: "Si hay un extremo que es la personalización en política exterior, que es la que se rige por la orientación y mirada ideológica de un presidente, en el otro está la institucionalización de la política exterior, de constantes y políticas de Estado, que es donde se puede situar a Brasil".

De paso, el analista precisó que "Argentina es, claro, la antítesis".

En Itamaraty se pusieron de acuerdo. Defienden desde hace décadas los mismos principios básicos: el pragmatismo basado en una visión realista del mundo, las soluciones pacíficas para las controversias y la no injerencia en asuntos internos, sobre todo de países ajenos a la región.

La idea de liderar América del Sur quedó plasmada con nitidez en Brasilia, en setiembre de 2000. El entonces presidente Fernando Henrique Cardoso tomó una iniciativa exclusivamente brasileña al convocar a una reunión de presidentes de América del Sur para discutir los desafíos por venir. Con ese mismo estilo continúa su sucesor Luiz Inacio Lula Da Silva desde que ocupa el sillón presidencial en el palacio del Planalto.

David Fleischer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia, dijo que "Lula intenta afianzar el liderazgo de Brasil en la unión de América del Sur para evitar que Estados Unidos articule negociaciones bilaterales con los países de la región individualmente. Y también porque políticamente cree que América Latina tiene que estar unida para lograr un reconocimiento".

Influencia regional

Eso quedó claro en el rol activo del que se hizo cargo Brasil en los últimos años. Tokatlian enumeró: "Brasil lideró el llamado Grupo de Amigos de Venezuela para encontrar una salida a la crisis, junto con Argentina intervino en la crisis boliviana el año pasado, se ha postulado frente a Colombia para intervenir en la eventualidad de un acuerdo humanitario con las FARC... Más que poner trabas, trata de implementar una política común en el Mercosur; es mucho más propositivo que el Brasil de hace diez o veinte años, que tenía por costumbre rechazar o negar".

Lula fue absolutamente claro en cuanto a las intenciones del país que gobierna, cuando habló ante el Foro de la Sociedad Civil reunido en San Pablo durante la XI Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad).

El presidente de Brasil, que espera que al final de este año "toda la Comunidad Andina de Naciones (integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia) forme un solo bloque comercial con el Mercosur", dijo también que, para fortalecer la región, Brasil practica "una política de solidaridad".

Y explicó con tono de líder paternalista: "Si queremos ayudar a Bolivia, tenemos que ayudarla a producir lo que podemos comprarle", antes de anunciar que había ordenado una línea de crédito para promover la agricultura boliviana.

Para que no queden dudas sobre el rol solidario que juega Brasil en la región, Lula también reveló que su país le compra arroz a Uruguay a un precio mayor al que pagaría en otros países, sólo para consolidar el Mercosur.

¿Por qué tanta generosidad? El analista Luciano Dias, del Instituto Político Brasileño, fue terminante en su evaluación: "Es la posibilidad de una acción conjunta en el continente. Durante sus primeros 12 meses de gestión, Lula visitó todos los países de América del Sur y luego recibió a los mandatarios de cada uno de ellos en Brasilia, lo que abre la posibilidad de un liderazgo de Brasil".

Lula trabaja arduamente para consolidar el liderazgo continental de su país, ya sin la sombra de rivalidad argentina que se interpuso en el pasado con intermitencia. Argentina está abocada a su propia reconstrucción antes que a una política exterior de liderazgos.

"Brasil está buscando el espacio del más relevante, el de aquel que debe ser llamado primero y buscado primero en las relaciones internacionales", aseguró el jefe de Gabinete de la Secretaría Permanente del Mercosur, Eduardo Amadeo.

La estrategia por un espacio en el mundo comienza en la región, pero tiene la mirada puesta en otros continentes.

Para Amadeo, en constante contacto con diplomáticos del principal socio del bloque, Brasil "trata de liderar el proceso de apertura de mercados emergentes nuevos". India y China fueron destinos que Lula se apuró a visitar junto con empresarios brasileños.

Sobre estas recientes misiones cargadas de hombres de negocios, Fleischner, desde Brasilia, advirtió que "los objetivos de Brasil son económicos, no sólo políticos, tanto en los vínculos con países de otros continentes en el comercio internacional como en el caso del Mercosur, que lo fortalece frente al ALCA".

Lo cierto es que Brasil no busca sólo el sonido de los mercados en el concierto de las naciones. Es conocida su postura crítica frente a la política de Estados Unidos en el continente, y se opone a condenar a Cuba por violaciones a los derechos humanos en la Comisión de la ONU que sesiona en Ginebra anualmente para tratar el tema, un voto por el que Washington presiona inexorablemente. Se opuso públicamente a la guerra que decidió la Casa Blanca contra Irak, y demostró que es capaz de devolverle a Washington con la misma moneda ciertas acciones que considera ofensivas. Sucedió cuando este año, a raíz de las amenazas terroristas, Estados Unidos dispuso que se tomaran las huellas dactilares de todos sus visitantes, y Brasilia respondió con una medida espejo para expresar su molestia.

"Brasil juega a ser un actor global y está forjando vínculos entre los que considera sus pares, como Rusia, China, India, Sudáfrica. Y no es que Brasil tenga una política de confrontación con Estados Unidos sino que, al incrementar su visibilidad internacional, tiene más atención de Washington", razonó Tokatlian.

"No queremos pelearnos con la Unión Europea ni con Estados Unidos, con cada uno de los cuales realizamos aproximadamente el 26% de nuestro comercio exterior. No queremos que eso disminuya, queremos que eso crezca, pero que crezca sobre bases más justas", dijo Lula días atrás.

Doble posición

El politólogo brasileño Dias sostiene que, a su entender, "frente a Estados Unidos, Brasil tiene una doble posición. En primer lugar una postura de discreta existencia frente a lo que entiende que son acciones indebidas de Estados Unidos, como cuando interviene en los asuntos internos de otros países de América Latina o cuando tiene una posición agresiva en sus negociaciones con la región. Pero también tiene una agenda común con Estados Unidos en muchos temas". Es decir, no es una confrontación abierta, sino una exigencia de igualdad en la discusión. Igualdad que sólo puede ser sostenida por quien representa con su voz a América del Sur.

¿Qué quedó del fragor de aquel imperio que se embarcó en conquistas expansionistas y atacó a sus vecinos durante el siglo XVIII?

El mandatario brasileño lo aclaró públicamente esta semana. Dijo que "fue difícil para Brasil ganarse la confianza de sus vecinos de América del Sur, pues durante muchos años se le asignó el título de país imperialista".

Pero, más allá de la confianza de los vecinos, Brasil enfrenta problemas internos para concretar su liderazgo.

Tokatlian fue tajante: "No conozco en la historia de la humanidad ningún imperio que haya logrado serlo sin tener la casa en orden adentro, y a Brasil todavía le tomará mucho tiempo tener una sociedad más equilibrada, democrática y equitativa".

"Del liderazgo al imperialismo hay un largo trecho", opinó lacónico Amadeo. Y explicó que "Brasil tiene esa vocación de crecimiento hacia afuera, pero tiene un problema dramático interno de pobreza que restringe sus capacidades de establecer políticas de mayor integración en el mundo. Esto es una contradicción fuerte".

Está claro que, a pesar de sus limitaciones, Brasil piensa, planea su futuro estratégico como nación. De hecho, en 2010 será el único país del Atlántico Sur que posea un submarino nuclear. Según Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, "la decisión de acelerar la construcción del submarino nuclear es una manifestación más de que Brasil está decidido a ser una potencia regional, un actor en la política mundial, y a tener un rol central en el Atlántico Sur".

Pero las proyecciones no están garantizadas en un país como Brasil, tan poderoso como frágil en cuestiones clave como la situación financiera y los índices de pobreza que no disminuyen. De los 184 millones de brasileños, más de 54 millones son pobres, 83 millones no tienen acceso al sistema sanitario elemental y 45 millones carecen de red de agua corriente.

"El futuro de Brasil depende de una solución para este bajo crecimiento del país, que se instaló desde el gobierno de Fernando Henrique. Brasil tiene mucha potencialidad pero hay que resolver los problemas de endeudamiento público. Por eso Brasil es aún una promesa", diagnosticó Dias, sentado en su escritorio del Instituto Político Brasileño, en Brasilia.

Un gigante con ansias de crecer en el mundo, como hace 200 años.

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