El uruguayo en Darfur

| Jorge Jackson, un ex oficial uruguayo, llegó a Sudán en marzo del año pasado para quedarse seis meses. Aún está allí como parte de la misión de la ONU y cuenta de primera mano cómo es la realidad en un país que vive la mayor tragedia humanitaria del siglo XXI.

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Susana Mangana

El conflicto de Darfur y la crisis humanitaria en Sudán son parte de esas guerras que acaparan el interés de la comunidad internacional cuando se desata una nueva matanza y el número de víctimas es ofensivamente hiriente. La puja de poder de países como China y Estados Unidos que ansían controlar la explotación del petróleo sudanés juega un papel en el genocidio de Sudán, un lugar que no conoce la paz.

Allí en ese infierno de violencia, intereses creados y donde se ve lo peor del ser humano bajo un calor que pasa los 50 grados con una facilidad de fantasía, trabaja un uruguayo, Jorge Jackson. Llegó hace ya dos años por sólo seis meses, y se ha convertido en un testigo-protagonista de la gran tragedia humanitaria de este siglo.

Jackson es un oficial de aviación retirado y actualmente funge como jefe de Operaciones Aéreas de la misión Unamid de Naciones Unidas en la región de Darfur. En Uruguay integró, por ejemplo, el equipo de rescate con helicóptero en el incendio del Palacio de la Luz en 1993. Tampoco es un recién llegado a África y su problemática ya que integró el contingente uruguayo destacado en Congo en 2003. Fue, además, asesor militar ante la Misión Permanente de Uruguay en la ONU entre 2004 y 2006. Tiene 49 años.

Su tarea en Sudán es fundamental para el funcionamiento de la misión que la comunidad internacional destinó a esa zona de África: organiza y planifica los vuelos con ayuda humanitaria. El desplazamiento por carretera incluso para convoys de la ONU es imposible por las pésimas condiciones y la inseguridad. Por este motivo los vuelos que organiza Jackson son vitales. Se encarga desde los horarios regulares de vuelo que unen Jartum, la capital sudanesa, con Darfur tres veces al día, los siete días de la semana, hasta los vuelos a todos los puntos militares en Sudán donde hay despliegue de miembros de las Naciones Unidas. La distancia que separa a Darfur de la capital, Jartum, es de 860 km. "Es una hora diez minutos en jet, aproximadamente el mismo tiempo de vuelo entre Montevideo y Porto Alegre", grafica Jackson.

Los aviones contratados por ONU prestan servicio sólo a civiles y militares del organismo y en promedio, Jackson dirige 100 operaciones por día. "Esto supera el tráfico aéreo de Montevideo", vuelve a comparar. ONU utiliza normalmente helicópteros MI-8 de origen ruso que transportan un máximo de 20 personas, MI-26 para carga y MD-83, pertenecientes a una empresa española (aunque de origen estadounidense). Estos pueden llevar hasta 140 personas y los utilizan para el tramo Jartum-El Fasher, la capital de la zona norte y toda la región de Darfur.

Jackson vive allí, en El Fasher, una ciudad de 400.000 habitantes. "Darfur se divide en tres provincias; norte, oeste y sur", cuenta el uruguayo. "La capital de Darfur oeste es Geneina a 30 km de Chad, país con el que Sudán mantiene intermitentes conflictos territoriales y políticos. Chad acusa a Sudán de apoyar a los insurrectos en su territorio y Jartum hace lo propio con Chad. Es una zona muy candente. Es común que roben autos de responsables de ONU u otras organizaciones internacionales y los lleven a Chad para vender".

POTENCIAS INTERESADAS. Hasta 2004 prácticamente se desconocía que Sudán tuviera petróleo. Las sucesivas guerras civiles desde su independencia de Gran Bretaña en 1956 y el estallido del conflicto de Darfur en 2003 dificultaron la prospección y extracción de crudo. Además, las compañías occidentales que lo explotaban tuvieron que abandonar Sudán tras recibir presiones de sus propios países y de organismos internacionales alarmados por la crisis humanitaria sudanesa y el apoyo del régimen de Jartum a grupos terroristas islamistas como Al Qaeda.

Tanto Estados Unidos como China, ambos necesitados de petróleo, se abalanzaron sobre los recursos naturales de Sudán. Para ello Estados Unidos comenzó una sigilosa campaña de apoyo a los rebeldes del sur y la sublevación en Darfur en contra del régimen del General Omar Bashir. En tanto, China apoyó a Bashir a cambio de enormes privilegios en la explotación de petróleo. China ofreció al gobierno sudanés armas e instrucción militar para combatir a los rebeldes del sur. El largo conflicto sudanés hace rato que dejó de ser un problema doméstico para convertirse en teatro de operaciones regionales donde países árabes y potencias occidentales compiten por lograr réditos económicos y estratégicos.

En Darfur hay dos principales grupos rebeldes: el Ejército de Liberación de Sudán (SLA en sus siglas en inglés), y el Movimiento por la Justicia y la Igualdad. Sin embargo Jackson explica que aunque esos dos son los más conocidos a nivel internacional, en Darfur hay más de 30 grupos con voz. La existencia de tantos grupos dificulta la realización de negociaciones de paz y provoca divisiones internas, como la facción del SLA dirigida por Mini Minawi que firmó en 2005 con el gobierno de Jartum el Acuerdo de Paz para Darfur.

De no ser por las denuncias de Amnistía Internacional y otras organizaciones humanitarias la tragedia de Darfur, con sus 250 mil muertos, pasaría inadvertida.

Las tribus de la región exigen al gobierno de Bashir un reparto más equitativo de las riquezas y recursos naturales de Sudán, hasta ahora controladas por una élite árabe que margina al sur por ser cristiano y también a la población negra de Darfur, que territorialmente tiene poco más de dos veces el tamaño de Uruguay.

Jackson apunta que estos grupos exigen mejores condiciones para Darfur, por ejemplo, en el rubro de obras públicas. Explica que, gracias a la presencia de ONU, se está mejorando el estado de los aeropuertos, pero el gobierno sudanés en muchas ocasiones no permite que las Naciones Unidas realicen obras de infraestructura. "En las reuniones primero dice que sí pero luego pone trabas a las tareas", dice Jackson. "Por ejemplo militares chinos y egipcios tienen la maquinaria pronta para empezar a trabajar y Jartum no les da autorización. Es una forma de dilatar todo".

A esa clase de burocracia, Jackson se ha enfrentado más de una vez. En Nyala, la capital de la provincia sur, se encuentra el campamento de refugiados de Kalma, en su mayoría mujeres y niños de la etnia Fur. En julio del 2008 la policía sudanesa llevó a cabo una matanza allí con el pretexto de limpiarlo de armas rebeldes. Jackson recuerda con amargura que "debían avisar a la ONU antes de entrar pero cuando llegaron los observadores internacionales ya era tarde. Se desató un tiroteo que se saldó con más de 30 muertos". Jackson organizó el envío de helicópteros de ONU para evacuar a los heridos al hospital más cercano en Nyala, a sólo siete minutos de vuelo, pero esta operación exigió arduas negociaciones con las autoridades locales.

Jackson llegó a Darfur en marzo del 2007 con un contrato inicial de seis meses. Las duras condiciones en el país africano hacen que muchos trabajadores humanitarios internacionales soliciten otros destinos después de un año. "No existen duchas en muchas casas y para lavarse utilizan jarros o baldes", relata el uruguayo, quien califica su experiencia en Darfur de positiva y cuenta con renovar su contrato y quedarse allí.

Igual admite que el futuro de la misión es incierto a tenor de las presiones que recibe el gobierno sudanés por parte de la comunidad internacional. Especialmente tras el pedido de arresto del general Bashir por parte del fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), el argentino Luis Moreno Ocampo en julio pasado. Jackson se mostró preocupado por las consecuencias diplomáticas y el riesgo de polarización de la sociedad sudanesa que pueda acarrear este fallo del CPI, en caso de librarse la orden de arresto, tal y como se anunció.

Aunque El Fasher es la capital, faltan muchos servicios. "Por ejemplo sólo hay dos lugares para comer y sólo en uno hay asientos", cuenta Jackson. "Es una lotería ir a la pizzería ya que muchos se indisponen tras comer allí. Por suerte nunca me pasó". Está prohibida la venta y consumo de alcohol, aunque las organizaciones internacionales buscan la forma de abastecer a sus empleados extranjeros. "Ahora, si se les incauta alcohol las autoridades sudanesas no dudan en derramarlo", dice el militar uruguayo.

A pesar de las múltiples guerras y la violencia que azota al país desde hace décadas, los sudaneses conservan un espíritu alegre. Jackson describe el carácter del sudanés como "dócil, amable, hospitalario y cortés con el extranjero, siempre que no se sienta avasallado".

CALOR, MUCHO CALOR. Entre las molestias más difíciles de soportar está el calor y el clima agobiante. Durante más de seis meses vive con 51 grados a la sombra. Ni siquiera en Congo, Jackson tuvo que soportar esas temperaturas. Normalmente los extranjeros no caminan sino que salen de la oficina o su casa y ponen el aire acondicionado en el auto antes de encenderlo. "Los sudaneses sí caminan y se les ve agrupados conversando bajo las escasas sombras que tienen. De ahí que las tinajas con agua para los transeúntes sean vitales".

No deja de impactarle cómo los hombres sudaneses, a pesar de la arena, el polvo y ausencia de veredas, visten siempre de blanco impoluto con túnicas largas de algodón, las galabeyas. Las mujeres en cambio lucen vistosos colores que resaltan su piel morena. Incluso en los meses de lluvias -de noviembre a mayo- las chilabas (esas piezas de vestir con capucha) se ven blancas.

Debido a las tensiones que el régimen de Jartum mantiene con las potencias occidentales, las autoridades sudanesas complican mucho a los observadores militares de Gran Bretaña, Estados Unidos o Canadá y suelen demorar en la entrega de visados de entrada. En cambio, Jackson no tuvo demoras por este motivo. Trabaja directamente con somalíes, etíopes y congoleños, por lo que ha aprendido mucho de sus costumbres y forma de pensar. Admite que haber estudiado acerca del credo islámico en Uruguay le ayudó en su trabajo y también a integrarse mejor en el medio. Ese conocimiento le ayudó a manejar estas situaciones y evitar las "vivezas sudanesas". Si bien hay que respetar mucho las costumbres locales, Jackson reconoce que algunos se escudan en la religión para trabajar menos. Así en Ramadán evitan realizar algunas tareas argumentando que están ayunando o rezando.

La misión de Unamid es un híbrido de fuerzas de la ONU y tropas africanas, muchas musulmanas. Por eso es que convive con militares y civiles de Pakistán, Jordania o Bangladesh pero no hay contingentes uruguayos o de otros latinoamericanos, como en otras misiones de paz.

En su unidad trabajan un total de 40 personas, 20 militares y 20 civiles. Apunta que los militares rotan muy deprisa porque para los países que los envían no es beneficioso tener a un oficial altamente entrenado lejos de casa. Pero esto "complica la operativa de Unamid".

Jackson reconoce que el petróleo es realmente un elemento clave en el conflicto no sólo de Darfur sino de todo Sudán y esto explica el cruce de intereses occidentales en el país.

"Algunos de los aviones y helicópteros que utiliza la ONU en Sudán son luego alquilados por China", dice. Otros países occidentales también se benefician del ambiente belicista que se respira en Sudán: Rusia le vendió al gobierno de Jartum 12 aviones caza MIG-29 en noviembre de 2008. "Aunque si sale el referéndum de independencia para el sur teóricamente no podrían usar aviones de combate en Darfur", afirma. La ONU extendió en 2005 el embargo de venta de armas a todas las partes en conflicto en Darfur.

En momentos en que el Islam es presentado como una amenaza para el sistema de vida y creencias occidentales, Jackson destaca que los musulmanes que conoce son personas muy cálidas y receptivas, que intentan comprender al extranjero. Aunque en ocasiones siente la presión de la religión o las costumbres patriarcales. "Si converso con una sudanesa, al minuto hay un par de hombres sudaneses vigilando para que no me extralimite o la invite a cenar". La ONU, para evitar problemas con las autoridades locales, prohíbe tajantemente a sus empleados realizar reuniones con sudaneses, incluso hombres.

Así que, para distraerse Jorge intercambia DVDs, música o libros con sus colegas y los viernes (el día feriado de los musulmanes) organizan partidos de vóleibol en el predio de Cruz Roja, aunque sólo en los meses más frescos, hasta abril. Luego viene el calor y con él las sequías extremas en una región donde las personas sufren de sed. "Llegan a caminar hasta cuatro kilómetros para conseguir un tacho de 20 litros de agua", dice.

UNA DIETA CONTROLADA. Las restricciones y carencias también alcanzan a estos trabajadores privilegiados. Jorge consume mucha verdura y carne, pero nada de pescado, porque allí no existe la cadena de frío. Un convoy de 50 camiones con mercancía desde Jartum a El Fasher tarda 10 días. Es demasiado arriesgado consumir productos perecederos y por eso opta por frutas como la sandía o mango. Para comprar carne cuenta con la ayuda de un almacenero, Mohamed, a quien le compra todo, desde especies, dátiles, refrescos, cereales y leche en polvo. Mohamed consigue la carne en condiciones "porque de lo contrario cuelgan al animal muerto al sol que se llena de moscas en seguida". Como buen uruguayo extraña el asado y por eso prefiere consumir pollo aunque "son del tamaño de una paloma y no llegan a pesar un kilo", dice con una sonrisa. Igual admite que sólo cocina cuando tiene invitados.

Por lo demás prefiere contratar los servicios de Nadgat, una viuda sudanesa de 40 años que por 200 dólares al mes le realiza, de domingos a jueves, las tareas domésticas. Asimismo la ONU exige a los empleados que deseen residir fuera de sus instalaciones que contraten guardias de seguridad que vigilen el portón.

"En realidad nadie quiere vivir dentro del complejo de la ONU porque se hace muy monótono ver las mismas caras todo el tiempo", dice Jackson. "Además que esto hace que surjan fricciones y roces personales".

De hecho la ONU les entrega al inicio de su misión un instructivo de seguridad que entre otras medidas incluye lo que llaman el estándar de seguridad residencial y operacional. El mismo incluye un portón de metal, con visor, alambrada y guardias.

Por mes le corresponden dos días de licencia acumulables que reserva para viajar a Montevideo y visitar a la familia. Un billete de avión Montevideo-Jartum puede oscilar entre 2.000 y 3.600 dólares según la temporada. Jackson no aconseja visitar Sudán en estos momentos, "de hecho no hay turismo extranjero o más bien occidental".

Tras el fallo de la CPI en julio, la ONU decidió evacuar parte de su personal para evitar represalias de los defensores y partidarios del general Bashir. Actualmente Naciones Unidas elevó la seguridad para sus empleados al nivel 4. En la práctica significa que "los controles para ingresar a las instalaciones de la ONU se han endurecido, desde la tarjeta de identificación básica hasta el chequeo con espejos en la parte baja del vehículo. Y aunque siempre hubo toque de queda ahora es más temprano, a las 9 de la noche", dice Jackson Entre las 21 horas y las 6.30 de la mañana deben permanecer en casa y esto también dificulta las relaciones personales, porque en caso de ser invitado por amigos debe pernoctar. Por eso muchos han optado por no invitar a nadie. No pueden salir de la ciudad en su vehículo para evitar ataques o robos y deben trasladarse en helicóptero.

Jackson rescata como elemento positivo de esta misión la experiencia multicultural, poder hablar en diferentes idiomas en un mismo día; árabe, inglés, francés, español o incluso portugués. En cuanto al conflicto de Darfur y del propio Sudán, se muestra más pesimista. "Hay demasiados intereses geopolíticos en juego y todos especulan con la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos".

Datos de un país en pleno conflicto

Sudán es el país más extenso de África con2.505.810 km2.

Tiene 40 millones de habitantes, dato impreciso por las continuas migraciones hacia vecinos como Chad.

Es una república donde rige la ley islámica en el norte desde 1991 y con restricciones en el sur del país.

Existen más de 570 grupos étnicos, siendo los árabes el más importante (49%). Se hablan 320 dialectos.

El analfabetismo supera el 50%.

La comida, una diferencia más

Los sudaneses, igual que otros árabes, comen cordero, arroz, habas, humus (pasta de garbanzo con aceite de oliva y limón) con pan árabe. Toman preferentemente té negro muy azucarado, refrescos y jugos. Siempre hay un tanque de agua para lavarse las manos antes y después de comer. Asimismo fuera de las casas o lugares de reunión instalan una tinaja o incluso una canilla con una taza para que los viandantes puedan servirse agua. Jackson admite que le daba mucho reparo beberla al principio terminó acostumbrándose obligado por el sofocante calor. Una de las tantas cosas a las que debió acostumbrarse. Como a celebrar con los sudaneses.

"Asistí a una ceremonia de circuncisión, fue una experiencia increíble", cuenta el uruguayo. "Arman coloridas carpas en la calle. Las mujeres cocinan y preparan bebidas dentro de la casa mientras los hombres se reúnen en las carpas y se sientan en esterillas. Se sirve abundante comida en bandejas y todos comen de la misma, con la mano derecha".

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