Industria textil
El auge de emprendimientos textiles le da una segunda oportunidad a la golpeada industria de la aguja, pero sobran clientes y faltan manos que sepan coser.
Nadie se conmueve tanto observando la nobleza de un bolsillo bien hecho como Zulema Puñales. “Miren qué perfecto, qué lindo que me quedó”, exclama cuando deja lista la pieza clave en el diseño de un pantalón cargo. Pasa sus dedos por las costuras, recorre los pliegues de esa tela ahuecada que tanto trabajo le dio. “No hay quién sepa coser un bolsillo con fuelle mejor que yo”, dice y une dos trozos de jean que terminarán dándole forma a la bragueta de un pantalón. Junto a ella, también cose su hija. Andrea empezó a los 15 años y, aunque la tarea no le gusta del todo, con el paso del tiempo terminó por aceptar que la destreza de sus manos para crear prendas es al fin y al cabo un don.
Zulema y Andrea dirigen un taller de costura que por estos días está desbordado de encargos. El volumen les recuerda a las mejores épocas de la magullada industria textil uruguaya. Todos los estantes, muebles y rincones que rodean a las máquinas de coser están repletos de telas cortadas, prontas para convertirse en ropa. El inaudito problema es que sobran los clientes y faltan manos. Son 12 las máquinas para repartirse entre dos empleadas, además de madre e hija; situación que obliga a las dueñas a esforzarse más que el resto y en ocasiones a hacer jornadas de 20 horas de trabajo.
Suena agotador, pero las costureras conocen de sacrificio. La mamá de Zulema murió a los 87 años cosiendo. Jubilada, seguía confeccionando manteles, sábanas y cortinas para hoteles de Punta del Este. Cuando falleció, Zulema y su hermana encontraron en el hogar montones de encargos que habían quedado pendientes y terminaron el trabajo en su nombre. Cumplieron.
“Cuando me inicié había muchísimas fábricas. Salías de una, cruzabas la calle y te encontrabas con otra. Trabajaban 60, 80 personas. Eran lugares enormes. Pero se fueron extinguiendo. Fue un proceso lento. Hasta que unos 15 años atrás se vino todo abajo mal. Cerraron las fábricas y quedaron los talleres”, relata Zulema.

Los talleres tuvieron que enfrentar la sangría que generó el auge de China —luego, extendido a todo Oriente— como productor de telas y en el rol de fabricante y exportador de prendas terminadas. Para competir con el precio minúsculo que ofrecen las costureras asiáticas, la producción local redujo los costos, afectando los salarios a pesar de que el rubro ya era de los peor pagos del país.
Entonces, sin perspectivas de mejora en el horizonte, los talleres también empezaron a cerrar. Algunos dicen que la mitad ya no existe. La gente dejó de coser.
Sin embargo, cuando nadie lo esperaba, con la pandemia se dio un resurgir del rubro. “Como no se podía importar nada, se volvió a fabricar en plaza”, describen madre e hija. Se confeccionaron tapabocas e indumentaria sanitaria, pero también todo tipo de prendas de vestir que se había dejado de hacer. Esto se combinó con un furor de emprendimientos de diseñadores locales. Volvió la demanda. Y, tras pasar la peor parte del virus, incluso con las fronteras abiertas, el ritmo de los encargos se mantuvo: firme, apostando a los beneficios de producir en casa.
El asunto es que con un gran porcentaje de talleres cerrados, los que están activos no dan abasto y no encuentran mano de obra que sepa coser: que quiera coser. Sus dueños se desvelan por contratar a las últimas maquinistas de sesenta, setenta y ochenta años que dominan el oficio. Las mejores ya están jubiladas, pero trabajan igual.
Plan para renacer.
El repiqueteo de la Singer a pedal marcó la adolescencia de Leticia Soria. Su abuela le enseñó a coser a los ocho años. Después, le abrió paso su madre. “Mis amigos venían a casa antes de salir al baile y mi madre nos hacía coser botones a todos. El barrio entero ayudaba a cumplir con la fecha de entrega de las prendas”, cuenta.
A los 14 años, junto a sus hermanas, ingresó a trabajar a una fábrica. Esta es una historia común entre las costureras más jóvenes, que rondan los 40 y 60 años. Apenas dos décadas atrás, era tanto el empleo que se tomaba adolescentes con permiso del menor para trabajar. Las niñas aprendían en sus hogares, o se formaban con modistas del barrio cuando terminaban la escuela. Si eran buenas, conseguían empleo rápidamente. “Se exportaba mucho. Recuerdo hacer camperas de corderito, trajes de bomberos, uniformes de policía, ropa para hospitales”, dice.

En algunas fábricas, las rutinas eran duras. Los capataces usaban un cronómetro para medir la productividad. Se producían hasta mil vaqueros en un día. Por los techos de chapa se potenciaba el frío del invierno y el calor del verano. Era habitual coser con gorro de lana y bufanda. El dolor de cervicales y lumbares, se volvía crónico. “Vos te hacías un almohadón para estar más baja o más alta en la silla, que no eran sillas adecuadas como ahora: era la que te tocaba”. Las jornadas solían superar las 10 horas. Todavía es así. Pero estas condiciones empezaron a mejorar con gestiones del Sindicato Único de la Aguja, gremio al que se intentó contactar sin éxito para este informe.
A pesar de la dureza que sobrevuela estos relatos, los que todavía cosen hablan con nostalgia del oficio porque sienten que si no se actúa rápido, se termina. Tienen la certeza de que ahora mismo hay una segunda oportunidad que debe aprovecharse o será el fin definitivo.
Años después de los tiempos en la fábrica, Leticia creo una marca de indumentaria, Letso. Está vendiendo más que nunca. Parte de la producción la hace puertas adentro y el resto la terceriza. Paradójicamente, es una de las que sufre el impacto de la falta de talleres, entre otros factores que hacen que el proceso de producir acá hoy sea “engorroso”.
A Uruguay llegan muy poquitas telas. Las que se fabricaban, “de altísima calidad”, se discontinuaron y sobre 2014 dejaron de hacerse. Esto fue una complicación. Hasta ese momento, las fábricas confeccionaban mucha sastrería, sacos de paño, camisas. Luego dejaron de producirse cierres y quedan pocos botones.
La industria fue cambiando abrupta pero sigilosamente. La caída fue progresiva, porque al principio el golpe de China se compensó vendiendo para Argentina y para Brasil, que después también pusieron los ojos —y el bolsillo— en Oriente.
El rubro tocó fondo en 2019. Un diagnóstico del sector elaborado por el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop) indica que la participación nacional en la demanda interna cayó de 61% en 2010, a 19% en 2019. Las exportaciones, por su parte, se redujeron de 61 millones de dólares en 2010 a 10 millones una década más tarde.
“Terminaron de desaparecer los talleres grandes que había y la industria se convirtió en un montón de tallercitos de dos o tres personas, la mayoría trabajando en negro porque hoy es imposible sostener los impuestos en relación a lo que cobran”, describe Ary Gandelman, presidente de la Cámara Industrial de la Vestimenta.
Los cambios de la industria en la historia de una costurera
“Yo nací para esto”, dice Mónica Rodríguez, costurera desde que cumplió los 16. Cuatro décadas atrás, entró a trabajar a un taller de costura “porque fue lo que conseguí”. “Me senté a coser en la máquina sin haber tocado nunca una aguja en mi vida y me encantó. Supe enseguida que esto era lo mío y, después de dos días como aprendiz, vieron como que sabía y me pasaron a maquinista”, cuenta. “En ese momento se confeccionaba mucho, pero después se empezó a competir con las prendas de contrabando de Argentina y de Brasil, y después con China y ese fue el fin”. Esta maquinista cuenta que cuando nació su hija empezó a trabajar desde su casa y entonces ya no realizó aportes. “Con lo poco que ganaba no me alcanzaba para pagarlos”, plantea. “Se te van las ganas de trabajar cuando te dicen lo que vas a cobrar. Y es una lástima porque es un rubro tan lindo. Yo amo lo que hago, pero es un oficio en el que te tenés que matar trabajando para poder hacer un peso”. Le apena reconocer que es un rubro que se desvalorizó, “y que se está terminando porque los talleres que quedan están contados”. La juventud —dice— “ya no se mete en esto, las que quedamos somos las maquinistas mayores”.
Distintas costureras estiman que una maquinista cobra menos de 200 pesos la hora: “Siempre la aguja fue el rubro más miserable, gana más una empleada doméstica que una maquinista”, dice Mónica Rodríguez, quien cose desde sus 16 años. A su vez, la mitad trabaja desde sus casas, de forma particular, una tendencia que conduce a que la alta informalidad —50%, según la investigación de Inefop— esté en subida. Algunos dicen que ya trepó al 70%. La crisis en el rubro textil local es tan grande que hasta las máquinas perdieron su valor en el mercado.
Pero un motor volvió a prenderse.
Confiados en la capacidad de recomponer el rubro y en la necesidad de que esto suceda para acompañar el auge del diseño textil nacional, Inefop convocó a una mesa de trabajo al sindicato y a la cámara que agrupa a los fabricantes para identificar desafíos y oportunidades del sector. Y se creó un comité sectorial que definió una agenda de trabajo.
Gandelman, desde la cámara, señala que con la meta de “revivir la industria” se planteó primero la necesidad de formalizar a los talleres que existen, “con costos lógicos, que acompañen a lo que se puede pagar, y a partir de ahí poder ser más visible e ir creciendo de a poco, porque la calidad para renacer la tenemos”.

Ya tuvieron reuniones con distintos ministerios y con el secretario de Presidencia Álvaro Delgado, a quien le propusieron una medida concreta: que las compras estatales dejen de hacerse en Oriente y se encarguen a fabricantes locales. La idea es volver a producir los uniformes de los militares, de los policías y los bomberos, la ropa de los hospitales, como solían confeccionar antes Leticia y sus hermanas. ¿Qué tan viable es el compromiso? “Hay voluntad”, asegura el directivo.
Que sepa coser.
Detrás de una montaña de vaqueros perfectamente apilados está Matías, de 24 años. Su tarea es pegar los botones, las tachas, las grifas; recortar los hilos que sobresalen de las prendas cuando llegan del lavadero industrial y revisar las costuras. Mira prenda por prenda, durante varios segundos, y recién entonces la dobla y la suma a la hilera. Es tan preciso, que en Letso lo apodaron “el cirujano”. “Si se me pasa algo, el cliente lo puede devolver y no quiero eso”, se justifica.
A Matías le enseñó su madre, pero él es más bien una excepción en el rubro. Primero porque es un ambiente mayoritariamente femenino (78% de las trabajadoras formales son mujeres), después porque es joven y según se repite en los talleres, “la juventud ya no agarra la aguja”. Y esto genera una sensación agridulce.
Antes este era un oficio que se transmitía de generación en generación. “Abuela, madre e hija cosían. Pero ahora mi hija no quiere coser, quiere hacer algo en internet. Vos le querés enseñar a las chicas jóvenes y se aburren. No les gusta. A la mujer de hoy no le parece interesante sentarse a coser, ya no siente que sea algo profesional”, opina Fiorella Lomiento, al frente de una de las pocas fábricas textiles que quedan en pie.
Desde Inefop informan que en la ventanilla de ingreso de desempleados y en seguro de desempleo “son marginales las solicitudes de personas para capacitarse en este rubro”. De hecho, los centros educativos que enseñan diseño coinciden en que la demanda se disparó y ven como una buena noticia que sus estudiantes piensen en grande.
Susana Abella, de la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU), plantea que “el concepto de los cursos mudó a un perfil profesional”. Y agrega: “He estado viendo que los estudiantes tienen un planteo de proyectarse más allá, no aspiran a coser para otro. El egresado no es una persona que cose, sino que diseña, entre otras habilidades”. Se apuesta a que de la UTU, pasen a hacer la carrera universitaria.
Esa es una buena noticia, pero el tema es que si la mano de obra no se renueva, ¿cómo repercute en el desarrollo de decenas de emprendimientos textiles que están surgiendo?
Los proyectos incipientes están advertidos de que la falta de costureras es un problema, pero hasta que llega el momento de buscarlas no dimensionan qué tan grave puede ser. “Del proyecto, la búsqueda de la modista fue lo más difícil. En un punto fue una odisea, terminé consiguiendo por contactos y después de estar dos meses activamente buscando. Taller no encontré, pero sí costureras que se estaban por jubilar o ya tenían encargos con diseños más simples que los míos, lo que hacía que en algunos casos no les interesara”, cuenta Daphne Kunstler, de Estudio Kunst.
Frente a esta dificultad, algunas diseñadoras optan por producir puertas adentro. Clara Aguayo decidió que la mejor forma de tener autonomía creativa era aprender ella misma a coser. Estudió en la UTU. Al principio, se encargaba de todo el proceso. Pero con el crecimiento de la marca sumó una tallerista y una asistente. “Para el puesto de asistente recibí más de 200 mails, para el de tallerista unos 15”, compara.
De la merced es un emprendimiento de ropa para dormir que surgió en marzo de 2020 y rápidamente encontró su público. “A veces pensamos que tenemos que agrandarnos, porque encontramos una demanda, pero no sabríamos quién nos confeccionaría los productos. Eso hoy para nosotros es un ancla”, plantea Marta Romero.
Cuando el volumen a confeccionar se agranda es más difícil hallar un taller, coinciden las entrevistadas. Si no queda otra opción, hay marcas que producen parte de sus prendas en la región, en Europa o en Oriente. “Y así te vas atando a un ciclo negativo de producción que no es lo que querés”, lamenta Caro Criado. “A mí producir en India me complica. Ir a ver la producción ya es un gasto que acá no tendría. Y las fábricas locales te permitirían, por ejemplo, un financiamiento. Además de que para mí producir en el país es un plus. Tiene muchos beneficios producir en Uruguay, por eso es una lástima que la falta de talleres sea un problema que nos afecte a todos los diseñadores”, plantea.
Abrir un taller “bien hecho”, “hoy sería una pegada”, plantean estas profesionales. Incluso, para este tipo de creaciones con mayor grado de detalle y calidad la posibilidad de pagar mejores sueldos a las maquinistas ya está arriba de la mesa. Se debe hacer un cambio cultural en el rubro, coinciden.

“Trabajo hay, pero lo que se necesita es acelerar el aprendizaje, perfeccionarlo, y no caer en importar por la facilidad de no saber cómo resolverlo. Esta es una fuente de trabajo grande que necesita urgente una cabeza que piense cómo revivir el rubro”, opina Vivian Sulimovich, creadora de la marca Zarvich.
El otro fogón.
Alrededor de la aguja podrían crearse nuevos puestos de trabajo. Desde Inefop comunican que evalúan dos propuestas, una con el sindicato y otra con una marca nacional de ropa, para retomar el trabajo con población privada de libertad; ya tienen el aval del Instituto Nacional de Rehabilitación.
Los datos del Ministerio de Trabajo estiman que en 2021 había 5.000 trabajadores formales en el sector con un sueldo nominal promedio de 23.000 pesos. Sumando a los que trabajan “en negro”, el mundo de la costura ocupa unos 12.500 puestos de trabajo. Pero también hay que pensar en los comercios colaterales: la fabricación de botones, de las grifas, del packaging; el soporte para la venta online, el delivery para las entregas.
La sensación general es que, si se logra desenredar la situación, se podrá crecer y trabajar mejor. Entonces las máquinas de los talleres posiblemente ya no estarán vacías.
En Letso, la única que cose esta tarde es Blima. Cose desde que iba a la escuela. Empezó a los 10 años, junto a sus dos hermanas, turnándose en la máquina a pedal para ayudar a su madre en las entregas titánicas que le encomendaban con fecha límite a dos semanas. “Nos dormíamos de madrugada y a la mañana siguiente íbamos a la escuela. Mi padre decía ‘ustedes estudien corte y confección que la gente siempre va a necesitar ropa’. Y estudiamos. Después, la ayudábamos a mi madre a cargar los bolsos en el ómnibus. Eran pesadísimos. Mi padre no quería que mamá trabajara, entonces ella le decía que cosía para las chucherías. Pero después de que entregábamos los bolsos, con las chirolas que cobraba íbamos al almacén y ella llenaba las bolsas con comida: qué chucherías, lo hacía para comer”, recuerda con una voz finita como un hilo.
Las máquinas modernas tienen motores más silenciosos y son más fáciles de usar: colaboran con el movimiento del maquinista, para que sea menos pesado utilizarlas. “Ahora cuando me subo al ómnibus y miro las marcas de los pantalones que usa la gente, pienso que capaz ese lo hice yo”, dice Blima y sigue cosiendo.
En otra máquina se sienta Leticia, la dueña de Letso. Su ronroneo mecánico para ella tiene el efecto de un bálsamo. Si tiene un mal día, busca refugio en ese sonido, que siempre la acompañó. Dice: “Como hay gente que se reúne alrededor del fuego para hacer comida, en mi casa nos reuníamos alrededor de la máquina mientras mi abuela cosía y nos iba contando cosas. Luego, nos empezamos a reunir alrededor de mi madre y hoy soy yo la que está cosiendo y le explico a un niño cómo se hace. La máquina acerca, acerca generaciones, genera charlas alrededor. Así me crie: con mujeres cosiendo y siempre contando historias mientras manejaban la aguja”.
Debilidades y fortalezas de un sector que se niega a desaparecer
El año pasado, Inefop citó al gremio y a la cámara de fabricantes para hacer un diagnóstico de la situación del sector. A partir de los encuentros se elaboró una hoja de ruta. Entre las debilidades del rubro, sobresale la informalidad, la escasez de redes y articulación entre pequeños talleres; la falta de materias primas locales básicas que obliga a importar y depender externamente de este insumo. También se mencionó la dificultad para ser competitivos con los grandes exportadores de productos en serie como China. La principal amenaza detectada es la pérdida del know how por la desvinculación de los trabajadores con conocimiento y el poco ingreso de personas jóvenes al sector.
Por otra parte, entre las fortalezas se rescata que el sector atraviesa un muy buen momento de diálogo bipartito, “identificando puntos de encuentro y desafíos comunes”. También se aprecia la función social del sector en cuanto a que permite un gran acceso al empleo. Se destaca la calidad del producto nacional y su reconocimiento en el exterior. El rubro cuenta con experiencia en la exportación y contactos comerciales para una potencial exportación extra zona.
Por último, el documento identifica algunas oportunidades del sector. Hay un escenario propicio para retomar la propuesta de compras públicas. A su vez, se identifican algunos nichos de mercado vinculado al diseño de indumentaria, donde es posible insertarse, “esto implica redimensionar esta área dentro del sector”. El diseño, como un subsector, “se presenta como dinámico, dependiendo de las modas y tendencias internacionales, requiriendo flexibilidad y adaptación”.