LA RUTA DE LOS CUBANOS HACIA URUGUAY

El corredor de los sueños rotos

Son 76 los inmigrantes cubanos que aguardan en el Chuy a que se les conceda primero la visa y después la residencia. Sin cédula, no consiguen trabajo. Algunos vecinos se aprovechan de su situación y otros los ayudan a sobrevivir. Cada vez son más los que se rinden y retornan a la isla.

Josbel, Denis y Junior no tienen cédula pero consiguieron trabajo en un remate. Les dan $ 700, cama y comida. Foto: F. Ponzetto
Josbel, Denis y Junior no tienen cédula pero consiguieron trabajo en un remate. Les dan $ 700, cama y comida. Foto: F. Ponzetto

"La cubana", está escrito en pintura negra sobre una puerta corrediza que Nely Peña abre para dar paso a un salón espejado, de piso reluciente. El nombre de la academia de baile los atrae como la luz a los insectos. Ahí, en el mismo lugar a donde los vecinos del Chuy van a aprender a bailar como caribeños, los inmigrantes cubanos piden trabajo, comida, un lugar para dormir.

—A mí me golpean la puerta todos los días y yo ayudo, pero no puedo hospedar a más nadie porque ya tengo en mi casa a mi sobrina, a su marido y a su hijo que llegaron de la isla hace más de un mes —dice Nely, bailarina, rubia, pequeña, brillantes ojos azules.

Desde hace un año, los cubanos que no cumplen con las condiciones para obtener la visa en La Habana y llegar en avión, ingresan de a decenas por la frontera del Chuy, de forma irregular. Nuestro país es el único de la región que no deporta y les permite, una vez dentro, hacer los trámites en la Dirección Nacional de Migración para acceder a este documento. Si se les otorga este permiso de estadía por 90 días —extensible a otros 90—, podrán, en ese plazo, solicitar la residencia.

Recién cuando inicien este proceso se les entregará la cédula. Mientras tanto, estarán en una especie de limbo. En lo que va del año, 2.025 cubanos solicitaron refugio y 990 pidieron visas. Hasta que empezó este aluvión, Nely había sido la única cubana en la tierra de los free shop. Lo fue durante cinco años. Ahora tiene que buscarse otro apodo y decidir si debería crear y presidir una asociación para sus compatriotas que están poblando el Chuy.

La bailarina Nely Peña vive en el Chuy desde 2013. Foto: F. Ponzetto
La bailarina Nely Peña vive en el Chuy desde 2013. Foto: F. Ponzetto

Explica:

—Para que estén protegidos. Para que ellos sepan lo que deben y no deben hacer en un país extraño.

La mayoría llegan solos, sin equipaje, con poco dinero y con la esperanza de cumplir su pequeño sueño americano. Pero esta ilusión se hace polvo cuando ponen un pie en el consulado uruguayo en el Chui y les informan que la primera entrevista para la visa podrán tenerla en octubre. La solicitud de residencia en la frontera aumentó 565% entre 2016 y 2017. La agenda está saturada y el Estado aún no resolvió cómo lidiar con tanta demanda. Migración estudia la posibilidad de diversificar el tipo de visa, para de esa manera ordenar el flujo de inmigrantes que ingresa de forma irregular.

Durante los tres, cuatro, cinco meses de espera, tendrán que rebuscárselas para sobrevivir. Sin cédula no se consigue trabajo. Para hallar uno más rápido, unos 10 cubanos por día van a Montevideo. Pero el boleto cuesta $ 696 y son pocos los que los tienen. Aquellos con los bolsillos vacíos aguantan en esta ciudad que, curiosamente, les recuerda a su hogar. Por eso, cada vez son más los que prefieren quedarse en el Chuy. Yunia Medina, sobrina de Nely, dice que los fines de semana, cuando la calle principal se llena de clientes, "el andar atontado mirando las tiendas, chocando unos con los otros al caminar", le hace sentirse en La Habana.

En diciembre pasado, la organización civil Idas y vueltas, especializada en migrantes, desembarcó a cada lado de la frontera para socorrer a los indocumentados. Son ellos y algunos vecinos piadosos los que están sosteniendo sus necesidades básicas. Del lado brasileño, la radio anuncia una campaña para juntar abrigos y un médico está planificando abrir un albergue transitorio para acogerlos. Pero estas manos no alcanzan.

—Vienen con mucha desinformación. Ellos creen que llegan y van a tener todo ya y eso no es lo que pasa. Es muy triste —dice Nely.

El Chuy se está convirtiendo en un corredor de sueños rotos.

Entran por la frontera y luego piden visa o refugio

Uruguay les pide visa a 120 países, entre ellos a Cuba. Hasta el momento, las otorga de turismo y negocios, que habilitan al extranjero a permanecer por 90 días (que pueden extenderse hasta 180). Para eso deben demostrar que tienen US$ 50 por día, es decir, unos US$ 5.000. Como esto les resulta imposible, y Uruguay no deporta a quienes ingresan al país, entran de forma irregular por las distintas fronteras: Chuy, Rivera, Río Branco. Al llegar, lo habitual era que pidieran refugio en los consulados. En 2016 fueron 340 los que lo solicitaron, en 2017 fueron 2.059 y en lo que va del año lo hicieron 2.025. Sin embargo, la organización Idas y vueltas les aconseja tramitar la visa y luego la residencia, ya que la razón para pedir refugio debe ser política y no económica. En 2018 ya son 990 los cubanos que pidieron visa.

La primera es la vencida.

Guillermo Rodríguez, presidente de la asociación que reúne a los vendedores ambulantes del Chuy, se presenta como "el primer vecino en abrazar a los cubanos".

—Al principio la gente estaba rebelde porque su llegada coincidió con la ola de violencia y empezaron a decir que los delincuentes eran ellos —cuenta.

Mientras la frontera atraía periodistas por la sucesión de asesinatos violentos y las autoridades uruguayas y brasileñas enviaban refuerzos para mejorar el patrullaje, los cubanos se empezaron a mezclar cuidando coches y atendiendo algún que otro comercio.

El verano pasado, Rodríguez empleó a tres en sus negocios de venta de ropa y electrónica. A una cubana le consiguió un puesto limpiando la casa de un árabe, y a otros dos los colocó en un supermercado brasileño. Pero con el invierno el panorama cambió. Las tiendas tienen menos clientes y ya no toman empleados, y si lo hacen les exigen la cédula para evitarse problemas durante las inspecciones. Es que, si bien el Banco de Previsión Social les asegura que podrán trabajar seis meses con el pasaporte, el Ministerio de Trabajo y de Seguridad Social no tiene el mismo reglamento y podría multar al negocio.

Pocos se arriesgan, y entre quienes lo hacen están los que ven una chance para abaratar costos y les pagan sueldos escuálidos, en la mayoría de los casos, en negro. Ante la desesperación, hay cubanos que se ofrecen para trabajar dos por el salario de uno. Del lado brasileño, las changas abundan.

Jesús Olivares construye baños por $ 7.000 y cobra $ 450 por una jornada como albañil. Sin embargo, el alquiler de una pieza no baja de $ 7.800. Cuenta que a veces le piden la carta de trabajo, es decir, el documento que habilita a trabajar a los extranjeros; el truco es así: con carta es una paga y sin carta es la mitad y el doble de las tareas.

Para conseguirla, decenas de inmigrantes viajan hasta la oficina de la Policía Federal en Santa Vitória do Palmar, a 20 kilómetros del Chui. Según dicen, si solicitan el refugio en Brasil se les otorga la carta. Esta tarde, un funcionario brasileño atiende a dos isleños que son traducidos por un amigo uruguayo. El funcionario, al recibirlos, les pregunta intrigado: "¿Pero cuántos cubanos hay en el Chuy?"

Hoy son 76. Tres de ellos son niños. Ninguno tiene el documento de identidad.

Consejos cruzados.

Karla Mateluna, inmigrante chilena y representante de Idas y vueltas en el Chuy, explica las encrucijadas de los trámites con una voz dulce y paciente. Se acostumbró a ser quien "eduque" a los cubanos recién llegados en su camino hacia la residencia. Lo hace gratis: "A corazón", dice.

El municipio le colocó un escritorio en la Biblioteca Pública, donde hoy la visitan tantos inmigrantes que no caben dentro. Se van amontonando en la puerta, estirando las cabezas para captar su atención.

—Hay cubanos que cancelan el pedido de refugio en Uruguay y lo piden en Brasil, ¿se lo otorgan allá?

—No necesariamente, porque ellos vienen por razones económicas, no políticas. Si no les conceden el refugio y no regularizan su situación migratoria, pueden ser deportados. Y ahí vuelven a iniciar los trámites en Uruguay. El problema es que este colectivo cree que pedir el refugio es tenerlo. Lo hacen porque dicen que "les contaron", que "les dijeron", que "vieron a alguien que lo hizo".

El primer consejo que les da Mateluna es que no crean en los rumores que corren de boca en boca en los aeropuertos, en los aviones y durante la ruta que se hace desde Guyana, atravesando la selva, pasando por Brasil, hasta Porto Alegre. Las recomendaciones cambian viaje a viaje y de inmigrante en inmigrante. Por eso al Chuy están llegando cubanos que eligieron a Uruguay como destino, pero también otros que iban hacia Argentina y cambiaron de idea porque les dijeron que "acá está mejor", o están los que se quedaron sin dinero camino a Chile y escucharon "que Uruguay es barato", y hay quienes llegan porque les dijeron que este país es un mejor camino para llegar, por ejemplo, a Bolivia.

Los caribeños vienen impulsados por una ansiedad que recuerda a las historias de los inmigrantes europeos de comienzo de siglo XX. Yunia, la sobrina de Nely, cuenta que los cubanos venden su casa por un valor que ronda los US$ 7.000, al día siguiente compran un boleto a Guyana —pagando hasta US$ 966 por ese trayecto— y una semana después dejan su hogar. Dejan padres, parejas, hijos y documentos esenciales para tramitar la residencia que luego, en el despacho improvisado de Mateluna, se lamentan con llantos y gritos.

De brazos cruzados, recostada a la puerta, está Janet Giménez, que dejó a su hija de cinco años al cuidado de su madre. Por televisión escuchó que alguien decía que Guyana —junto a Rusia, el único país que no les exige visa— "iba a cerrarse", así que en 15 días vendió la casa y se vino al Chuy. No le dio el tiempo de sacarle el pasaporte a su hija y ahora, para hacerlo, tendría que volver a la isla o lograr que Migración la ayude a buscar otra salida. Pero todavía faltan cuatro meses para que tenga la entrevista por la visa. Y, aunque quisiera irse, no tiene cómo pagar el viaje.

—Hace dos días que no me puedo comunicar con ella porque la señal es mala. Estoy desesperada. Ayer quería irme corriendo y hacerme deportar —dice Janet, aguantando las lágrimas.

Mateluna le vuelve a explicar que aquí no la deportan. Janet cierra los ojos y aprieta los dientes. En lo que va del año ya son cuatro los cubanos que se rindieron y retornaron. La odisea de dar marcha atrás implica que sus familias vendan televisores, radios, licuadoras o se endeuden para enviarles el dinero. En el Chuy, muchos se sienten atrapados y sin salida.

Solos y juntos.

En una pensión confirman a media voz y en el anonimato que lo que se dice es cierto: desde que llegaron los cubanos la dueña duplicó el precio de la habitación. Ahora duermen dos por $ 8.000. No se les entrega boleta cuando pagan, no se les permite cocinar ni lavarse la ropa. En este momento, hay nueve huéspedes isleños.

—Para mí que ellos no se tienen que venir. Nosotros no sabemos cómo recibirlos y terminan durmiendo en la plaza —dice una persona que escucha esta charla.

Hay seis cubanos que por orden de la alcaldesa Mary Urse comen una vez al día en el comedor, pero han sido más. Y, como el Ministerio de Desarrollo Social no tiene un refugio en esta ciudad, al menos cinco han dormido en el comité que Urse dirige.

—Es necesario un refugio, pero ya tuvimos y nos mandaban a personas en situación de calle desde Montevideo. Estaban todo el día en la plaza alcoholizados, entonces pedimos que lo cerraran. Yo, sinceramente, refugio no quiero ni para cubano ni para hombre, solo acepto para mujeres y niños —dice la alcaldesa.

El único que todavía duerme en el comité es Fabio José, que se apronta para comer un plato de lentejas que retiró del comedor antes de salir a hacer una changa. Es: licenciado en deporte y cultura física, y técnico agrónomo. Tiene: 18 posgrados en rehabilitación, título de masajista. Hizo: un curso de portugués y otro de italiano. Con un gesto de mano invita a sentarse sobre su cama.

Fabio José asegura que se preparó emocionalmente para emigrar. Foto: F. Ponzetto
Fabio José asegura que se preparó emocionalmente para emigrar. Foto: F. Ponzetto

—Un buen cubano sobrevive en cualquier parte del mundo, pero aquí lo difícil es mantenerse vivo. Eso ha hecho que los cubanos nos saludemos poco. Nos hemos vuelto muy egoístas, en un plan sálvese quien pueda —dice.

Muestra en su celular las fotos de su perra, de su hija y de su novia. Las quiere traer a las tres, cuenta y se queda en silencio, observando la foto de una mujer rubia que posa recostada en una cama repleta de peluches.

A veces, a la ayuda se la cruza por la calle. Así fue como Orlando Campos, director coral, conoció a Joselo Lazo, nacido en el Chuy, laboratorista dental y miembro de un coro de cámara.

—Él andaba preguntando por música y encontró a la persona indicada, en el lugar indicado y en el momento justo —di-ce Joselo, que le da un techo cuando no llega a pagar la mensualidad de su pieza y lo invita a comer dos de cada tres días.

Orlando, cansado de recibir salarios que se parecen a propinas por no tener la cédula, canta en el coro del Chuy y apuesta a que se le permita dictar talleres en la Casa de la Cultura que dirige Isabel Méndez.

Orlando critica los sueldos abusivos. Foto: Fernando Ponzetto
Orlando critica los sueldos abusivos. Foto: Fernando Ponzetto

—¿Sabes cómo vivo? De la ayuda. Me dicen no te alteres, ya se va a resolver, ya tendrás el documento, pero a veces uno se desespera porque yo a la esperanza no me la puedo comer —dice.

Como suele pasar entre vecinos del Chuy, él consiguió que Méndez le redactara una carta de referencia para intentar, de esa manera, que le adelanten la fecha de la entrevista en Migración. Todos pretenden lo mismo. A ninguno le sucede. Méndez lo escucha y observa llena de admiración: lo que quiere es que cante.

Orlando, avergonzado, comienza a entonar Yo no te pido, del cubano Pablo Milanés.

—Yo no te pido… dale, vamos, canta —arranca Isabel.

—Yo no te pido que me bajes una estrella azul y un lucero que… —se interrumpe Orlando.

—Si me faltaras no voy a negar..., dale, ¡canta! —insiste ella.

—Si me faltaras no voy a negar, que algún día llegarás —termina la mujer, entrecerrando los ojos. Los abre y dice:

—Los talentos se juntan, ¿o no?

A unas cuadras de donde ocurrió esta escena, Carlos Rodríguez custodia su remate desde una silla de oficina, con respaldo de cuero, que hace girar sobre el pavimento de pedregullo. Los cubanos se han convertido en clientes y en empleados de su negocio. Lo habitual es que realicen allí sus primeras compras: un colchón y una cama; el paquete lo liquida por $ 1.000. Trabajadores, contrató a tres. Cuando es día de remate, aumenta a cinco. Dos de ellos duermen allí. Les paga $ 700 la jornada.

—Son tres veces mejores que un uruguayo para trabajar. Son más respetuosos, no se quejan del horario y no te hacen problema por nada. Yo tenía alarma, pero la saqué y los dejo a ellos cuidando el lugar —dice.

En el fondo del local están Junior, Josbel y Denis cargando muebles. Se acercan, como todos, amables, serios y tristes.

—¿Por qué Uruguay?

—Es la única vía de escape. Es lo que va quedando hasta que se cierre —sueltan, sin una pizca de romanticismo.

Para muchos cubanos, el pasado es un país asfixiante y para otros, un paraíso en el que tenían casa, trabajo, educación y salud. En el Chuy, sin cédula, deben cuidarse de no enfermar. Si un inmigrante necesita atenderse en el hospital público, la oficina de admisiones les extiende una afiliación provisoria por un mes. Pero la demora para consultar a un especialista es mayor. ¿Y qué pasa si el inmigrante se accidenta mientras se le vence el provisorio y le otorgan la cédula? Deberá firmar un reconocimiento de deuda por un valor de $ 1.712 la consulta.

Mateluna cuenta que varios no van al médico porque no tienen este dinero. Asegura que, incluso, a algunos no los han atendido aunque su situación era una emergencia, como la de una chica cubana con diabetes, que se descompensó porque no podía pagarse la insulina. "La estabilizaron con comida y listo. Que se fuera", cuenta. A su lado, el concejal municipal Francisco Laxalte muestra una foto en su celular de esta mujer. Están juntos en la puerta del aeropuerto. Ella es una de las que se fue. No soportó más.

En Cuba se dice que la soledad tiene cara de perro.

Un atajo para los más débiles

Según informó La diaria, el 24 de abril el Poder Ejecutivo emitió un decreto que otorgará la residencia legal a personas extranjeras que permanezcan en el país en forma irregular y que se encuentren en especial situación de vulnerabilidad. Cada caso deberá ser analizado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), que realizará una evaluación socio- económica y emitirá un diagnóstico.

Federico Graña, director nacional de Promoción del Mides, dice que esta iniciativa tiene varios años y que no fue pensada especialmente para esta coyuntura, sino para atender casos de individuos que llevan años residiendo en el país. La Junta Nacional de Migración está estudiando los requisitos para certificar la permanencia y los criterios de vulnerabilidad que permitirán este amparo. En ese sentido, reconoce que el decreto podría resultar de ayuda para algunos inmigrantes recientes que no puedan conseguir de ninguna manera la documentación requerida para el trámite de residencia. Pero, antes deberán demostrar por escrito haber agotado las posibilidades de cumplir con los requisitos exigidos por la normativa vigente en todos los organismos pertinentes, información que el Mides deberá constatar.

Aunque aún no está definido el protocolo de acción, debido a que en el Chuy el Mides no cuenta con personal para realizar esta evaluación técnica, la organización civil Idas y vueltas se ofreció a realizar los informes sociales. "Apelo a que este decreto nos ayude a resolver los casos más graves", dice Karla Mateluna.

El anuncio de este decreto hizo correr el rumor de que, al acceder a la residencia legal, los inmigrantes podrían votar en las próximas elecciones. José Arocena, presidente de la Corte Electoral, aclaró a Telenoche que, una vez obtenida la ciudadanía, deben esperar tres años más para tener la credencial, lo que los dejaría sin chance de votar en 2019.

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