¿QUÉ FUE DE LOS INVOLUCRADOS?

A un año de la toma de rehenes en Amor Mío, los aprendizajes y un paradójico desenlace

El 10 de enero de 2019 quedó grabado por la inédita toma de 14 rehenes en una peluquería. Hoy, sus protagonistas cuentan por qué el final les dejó una enseñanza sobre la empatía y la violencia.

Washington Pereyra y Mónica Fernández
El negociador policial Washington Pereyra y la peluquera Mónica Fernández, dueña de Amor Mío, se reencuentran un año después del traumático hecho. Foto: Leonardo Mainé.

Una melodía diferenciada en su celular le avisa a Washington Pereyra cada vez que se activa el protocolo de situación de crisis. Aquel 10 de enero de 2019, en el momento en que le estaban sirviendo el almuerzo, Pereyra, jefe de la Unidad Táctica de Negociaciones, escuchó esa música especial y luego el reporte del coordinador de emergencia. ‘Mirá que no es broma’, le advirtió del otro lado del teléfono. Él tomó una servilleta y escribió:

Toma de rehenes / Masiva / Peluquería.

A su lado, su principal colaborador, el negociador Mijael Méndez, tragó rápido algunos bocados de milanesa mientras leía los garabatos en la servilleta y se los pasaba a los otros comensales, entre los que estaban el director de la Guardia Republicana y del Grupo Especial de Operaciones (GEO). El almuerzo había terminado.

Y en la cabeza de los negociadores, un número: 14. Hasta ese momento, 14 rehenes era para ellos un caso hipotético en las clases teóricas. Era algo de lo que se había hablado pero nunca se había dado.

El grupo GEO salió a equiparse, lo mismo las cuadrillas de la Republicana, y también Pereyra y Méndez partieron en su camioneta blindada, en la que siempre conversan cuando se dirigen a desactivar una situación de crisis. Esta vez iban en estricto silencio, repasando en sus mentes los conocimientos nunca aplicados. Iban escuchando por la radio cuál era el escenario al que se enfrentarían en minutos. Iban pensando en atajos para llegar lo antes posible.

Hace 16 días, alguien le recordó a Pereyra que se cumplía un año de ese momento. Entonces escribió un texto que compartió con sus contactos:
“Hoy hace un año y lo recordamos estremeciéndose nuestras más íntimas fibras ya que nos dejó una enseñanza profesional y de vida. Hoy hace un año que la vida de [email protected] rehenes y de los negociadores se unió en un vínculo inexplicable”.

Y en el año que pasó de este hecho inédito para la Policía Nacional, la vida de sus protagonistas dio algunos giros que hacen que el desenlace de la toma de rehenes en la peluquería Amor Mío sea, cuando menos, paradójico.

Toma de rehenes Amor Mío
El despliegue en las inmediaciones de la peluquería alcanzó el centenar de efectivos. Participaron las principales autoridades de la Policía. Foto: Marcelo Bonjour.

Sin ella no puedo vivir.

“Podríamos haber armado una fiesta. Una fiesta de renacimiento”, dice Mónica Fernández, que hace una pausa entre claritos y cortes para conversar con El País. Sabe que algunos miembros del equipo no están contentos al escucharla hablar de este tema otra vez, pero ella tiene un motivo, dice. Un “mensaje potente” que transmitir:

—La violencia no está en el vecino de enfrente. Está en todos lados y es responsabilidad de todos. No podemos condenar al otro; tenemos que tratar de verlo con mirada de empatía. Nadie está libre.

Piensa también en el mensaje de Washington. En cómo las horas de pánico que se vivieron dentro de aquel “búnker” en el que se había convertido la peluquería fueron también impactantes para quienes estaban afuera. Piensa en las familias. Suspira. Le vienen las imágenes a la cabeza.

Y hace un esfuerzo por transportarse a los días previos al 10 de enero, en los que la relación entre Daiana y Brian se había vuelto tóxica y ella había resuelto, después de varios años juntos, separarse. Ella tenía 18, él 24. Hubo una primera separación, cuenta Fernández, pero entonces “recibió todo tipo de manipulación, y volvió”. Cuando retomaron el vínculo comenzaron los celos. Él estaba “paranoico” con que podía engañarlo. Si llegaba tarde, la atormentaba. Se instaló una situación de violencia. Daiana estaba asustada.

Mónica evitó intervenir hasta que desde el equipo le pidieron que hiciera algo.

—Le dije que yo podía ayudarla pero tenía que hacer lo que yo le dijera. Le pedí que no volviera a hablar con él, porque el círculo de manipulación se corta si se corta el contacto.

Se llevó a Daiana a su casa y le impidió volver a verlo. Entonces empezó a hablar con la familia de él para pedir que lo ayudaran e incluso que lo internaran. Los padres compartían la preocupación de que su hijo pudiera lastimar a su exnovia, pero no tomaban medidas drásticas.

También empezó a hablar con Brian, que la llamaba pidiendo por Daiana. Ella le decía que no, que tenían que separarse. Él repetía “yo no puedo vivir sin ella”. Ella le preguntaba para qué quería estar con una mujer que no lo quería. Él insistía: “Yo no puedo estar sin ella, no puedo, no puedo”.

—Yo nunca pensé que iba a terminar en lo que terminó —admite Fernández.

La noche del 9 de enero Daiana no durmió en lo de Mónica. Se fue a la casa de una prima, y aparentemente chateó con alguien. Y Brian se enteró. Al día siguiente, él entró a la peluquería con dos armas en el morral. Pidió para hablar con su exnovia, que estaba pintándole las uñas a una clienta, y cuando la dueña le indicó que fuera a esperar al fondo puso a todo el mundo contra el piso gritando lo que ya había adelantado de otra forma:

—¡Yo solo quiero estar con mi mujer!

La muerte a flor de piel.

Cuando Pereyra y Méndez llegaron a Soca y Gestido, se toparon con la realidad. Pero era más grave de lo imaginado. Dice Pereyra:

—El factor muerte está presente en cada intervención nuestra, pero en este caso estaba muy a flor de piel. Y se da una situación impensada: toma de rehenes en un local comercial, cuyo rubro es peluquería, y por un hecho de violencia doméstica. El escenario más probable para eso era una acción criminal, una rapiña frustrada, un intento de copamiento. Que fuera violencia doméstica le agregaba un elemento que acrecentaba el peligro: las relaciones interpersonales. El poder, el control que siempre se ejerce en una toma de rehenes, en este caso se da en forma exacerbada por el vínculo amoroso que había habido entre ellos.

Los recibió el comando de operaciones. Los policías ya estaban trazando los perímetros de seguridad, en perfecta aplicación del protocolo de atención de crisis. Se habían cerrado ocho manzanas alrededor de la peluquería para asegurar vías de tránsito libres para el eventual ingreso de Bomberos, ambulancias, u organismo que se necesitara. El protocolo estaba pensado tanto para las personas que estaban dentro, como para los policías e incluso para los curiosos y los familiares.

Había dos agravantes. Uno, que había un supermercado enfrente, lo cual implicaba mucho riesgo porque estaba dentro de la zona alcanzable por el arma de Brian. A sugerencia de la Policía, el local fue evacuado, cerrado y ocupado por un francotirador. Y dos, que la peluquería, al ser un recinto cerrado, ofrecía una desventaja táctica muy importante. La carta principal tendría que ser la negociación.

Lo primero que hicieron fue establecer un improvisado centro de operaciones detrás de un muro del edificio de al lado. Desde allí, prácticamente tirados en el piso, empezaron a llamarlo a voz viva: “Soy el negociador de la Guardia Republicana, estoy aquí para poder ayudarte, para que juntos encontremos una solución”, gritó Pereyra. Brian respondió, e intentó mantener el contacto mediante gritos, pero el negociador le pidió que le atendiera el teléfono de la peluquería, a lo que él accedió.

—Él nos pedía que ningún policía hiciera movimientos. Que no estaba dentro de sus cabales, que tenía una voz interior que lo estaba mandatando. En caso de que hubiera movimientos, él se iba a quitar la vida y se iba a llevar varias con él.

Mientras Pereyra intentaba lograr empatía e identificar los estados emocionales de Brian —que presentaban altibajos constantes—, Méndez, su colaborador, se ocupaba de recopilar la información que caía como el agua que llovía del cielo. Una simple lluvia de verano, pero que dañaba los equipos y borroneaba los apuntes que Méndez sacaba para registrar todo.
Pereyra era “una voz al teléfono”. En cinco horas y media de operativo hubo una decena de llamadas, con intervalos de cinco, diez, 15 minutos o más, para identificar si el joven seguía dominado por sus emociones o si había pasado a razonar. Cada vez que llamaba, atendía un rehén. Y aunque oír esas voces le “desgarraba el alma”, el negociador se mantenía firme en no hablar con ellos para evitar enojos de Brian.

Toma de rehenes Amor Mío
Una de las primeras rehenes que pudo liberarse. Foto: Marcelo Bonjour

Conectar con la gratitud.

Dentro de la peluquería, las cortinas metálicas se habían bajado y todas las puertas se habían trancado después de que tres mujeres hubieran logrado escapar. Insólitamente, el teléfono sonaba con gente preguntando si era cierto lo que se veía por la tele. Mónica Fernández, desde el suelo, atendía, respondía que sí y cortaba.

Brian también se había ocupado de confirmarlo mediante un video que él mismo había transmitido en vivo en sus redes sociales: “Bueno, gente, estamos acá en Amor Mío, peluquería hermosa. Miren la gente acá, acá, acá, la gente que traiciona. Esta putita traiciona, miren, miren,…es trola; traicionó, y ahora va a morir, vamos a morir todos”, decía, mientras con el celular recorría la peluquería y mostraba el rostro aterrado de su exnovia. “Esta perra buscó todo. ¿Y ahora? ¿Y ahora? Ahora nos vamos a morir”.
Fernández escuchó esas palabras y sintió pánico.

—Mi vida, la vida de todos acá, mi sustento, el lugar donde se alimentan un montón de familias. Ponele que te quedaras vivo, pero dependiendo de lo que pasara acá íbamos a seguir teniendo trabajo o no. Solamente con que él se suicidara, ¿cómo abrías después?

En ese momento recordó una meditación del médico Deepak Chopra, que había escuchado ese mismo día, y que le había transmitido que la gratitud es una sensación que se debe tener en cualquier circunstancia. ¿Podré conectar con la gratitud?, se preguntó. Entonces se sentó, se cruzó de piernas y comenzó a meditar.

—Increíblemente, pude. Una vez conectada, sentí movimientos de energía. Mi visualización principal fue proteger el lugar, protegerlo a él para que se calmara… me lo imaginé con un rayo azul. Después me enteré de que el azul es protección y sanación. Le pedí a Dios que lo conectara con el amor. Evidentemente, va en lo que cada uno cree. Yo creo.

Se le acercó a Brian y le dijo: “Estás más tranquilo, ¿verdad?”, a lo que él respondió: “Me parece que sí”. Luego, con voz suplicante, le dijo: “¿Me dejás lavar los claritos? Se le va a caer el pelo a la señora”. Accedió.

A partir de ahí todo cambió, recuerda Fernández, porque la gente se fue levantando del piso y las peluqueras retomaron lo que estaban haciendo. Ella repartió analgésico e incluso logró que dos de las rehenes, que se sentían mal, se fueran. Luego intentó sentarse junto a Brian, que primero la rechazó (“todavía no, porque no estoy en control”), pero después aceptó. Ella le agarró la mano y le habló como a un hijo. Le pidió que pensara en su madre y él respondió que justamente por su madre no podía seguir viviendo, porque iba a ir preso. Ella le dijo: “Te puedo asegurar que una madre prefiere cualquier cosa antes que ver a su hijo muerto”. Brian comentó que no podía ir preso porque lo mandarían al Comcar, donde estaba recluido un familiar de Daiana que lo mataría. Entonces, una de las rehenes visualizó la oportunidad, se le acercó y le preguntó:

—¿A dónde querés ir?

El desenlace y después.

A Punta de Rieles. El deseo, basado en la presencia de un familiar suyo en esa cárcel, se convirtió en la demanda para negociar. Se la comunicó a Pereyra por teléfono y el comando de crisis dio luz verde. En Jefatura de Policía de Montevideo se redactó una carta a modo de sugerencia para Fiscalía volcando su voluntad de alojarse en aquella prisión. Llegó un móvil con la hoja. La firmaron los negociadores y luego una rehén salió a buscarla para que la firmara Brian.

Toma de rehenes Amor Mío
El momento justo en el que los rehenes empiezan a salir de la peluquería tras cinco horas y media recluidos. Foto: Marcelo Bonjour

Con instrucciones precisas, que Pereyra transmitió por altavoz, los rehenes fueron saliendo despacio, uno a uno, con las manos en alto. Dos de ellos se llevaron consigo las armas. Hasta el último momento, cuenta Fernández, temieron que Brian se suicidara. Dicen los negociadores que, como si fuera una película, en ese instante dejó de llover y salió el sol. Pereyra, cubierto por el francotirador, fue quien detuvo al joven. El peligro había pasado.

Toma de rehenes Amor Mío
El momento de la entrega de Brian, detenido por el negociador Washington Pereyra. Foto: Marcelo Bonjour.

Pero el trabajo no terminó ahí. Lo llevaron a un centro de salud para certificar su estado, y lo entregaron en la base operacional de la zona II. Después, ese lugar se convirtió en un bullicio porque fueron los rehenes a declarar. Y Pereyra y Méndez visitaron oficina por oficina. Dicen:

—Entrábamos, nos estrechábamos en un abrazo, y salíamos. Con todos. Fue algo impresionante. Ellos te decían mil gracias, pero en el abrazo transmitían muchísimo más. Y a nosotros, que salíamos de una situación de extrema tensión, agotadora, ese abrazo nos dio energía. Por esos abrazos igual te vas a Irak a pelear.

Tras un proceso abreviado en acuerdo con la Fiscalía, el 20 de marzo Brian fue condenado a seis años y dos meses de prisión por siete delitos. Finalmente su petición no pudo ser contemplada, y hoy está recluido en el módulo 9 del Comcar.

impedimento legal

Demanda incumplida: ¿por qué fue al Comcar y no a Punta de Rieles?

Si bien el expediente de Brian está caratulado como “violencia doméstica”, se le imputaron otros seis delitos que él, mediante su abogado Jorge Inzaurralde, aceptó. Llegó a un acuerdo con la fiscal Sandra Boragno por el cual la pena inicialmente planteada de 15 años, se redujo a seis años y dos meses. Se lo condenó por: “un delito de violencia doméstica, agravado por ser la víctima una mujer, en reiteración real con un delito de lesiones personales, porte de arma con identificación limada, atentado agravado por ser contra funcionarios del orden policial y con arma, dos delitos de disparo con arma de fuego, y un delito de privación de libertad agravado por las amenazas”. A pesar de lo que había negociado con la Policía, su reclusión fue en el Comcar. Su abogado, Inzaurralde, dice: “El negociador tenía que hacer lo que fuera por sacarlo de ahí. El pedido no se cumple por un impedimento legal: para ir a una cárcel de mínima seguridad él debía tener una pena menor”. Debido a su buen carácter y su condición de primario absoluto, fue al módulo 9 del Comcar, donde puede trabajar. Se hicieron gestiones luego para transferirlo a Punta de Rieles, pero la pericia psicológica no lo avaló por detectar en él “un discurso rígido y estructurado”.

La peluquería se mantuvo cerrada un día pero reabrió al siguiente, con la intervención de un maestro en meditación que propuso ejercicios para aliviar el estrés postraumático del equipo. También trabajó con ellos la Unidad de Víctimas de Fiscalía.

Daiana se tomó 30 días de licencia médica pero luego no se reintegró a trabajar. Por un tiempo se mantuvo alejada, hasta que un día se contactó con Fernández para volver. La dueña de la peluquería le dijo que sí, pero que antes debía hacer un proceso. Lo explica así:

—Volver como si nada, no. Porque acá pasaron muchas cosas y todas las personas expusimos nuestras vidas para cuidarla. Los chiquilines estaban con ciertos recaudos. Ella estaba plantada en el lugar de que había sido ‘la’ perjudicada, pero no fue la única víctima. Muchas mujeres no tienen una red de contención que te saque del problema. Ella recibió protección del grupo, y yo pensé que tenía que valorarlo y agradecerlo.

Ante esto, Daiana denunció a Fernández en el Ministerio de Trabajo por “despido abusivo”. Ella se sintió traicionada, pagó y dio por terminado el vínculo.

Al tiempo recibió un mensaje de Brian desde la cárcel. En él les pedía perdón a ella y a todos los rehenes, y le agradecía por no haber hablado nunca mal de él a pesar de todo lo que había hecho.

Entonces Mónica Fernández sintió, en sus palabras, “la paradoja de la vida”:

—La persona a la que ayudé me terminó haciendo un juicio, y él, que terminó preso, me dio las gracias. Yo sé que en cierta forma lo ayudé, porque si no hubiera pasado acá, no sé cómo habría terminado.

Daiana rearmó su vida lejos de la peluquería y Brian también formó una pareja, mientras cumple su pena trabajando en el Polo Industrial del Comcar.

Para los negociadores, el caso se volvió una referencia en la formación de mediadores y recibió felicitaciones de parte de expertos extranjeros. A partir de allí, la unidad aumentó sus recursos y pasaron de ser solo dos miembros, a poder intervenir de a cuatro en cada llamado. Para Pereyra, Amor Mío implicó la aceptación generalizada de la negociación como un instrumento necesario para la Policía.

Después hubo muchas intervenciones desafiantes, dicen. Pero ninguna tan riesgosa, y ninguna cuya resolución haya generado tanta satisfacción.

Toma de rehenes Amor Mío
A un año del hecho, Washington Pereyra se vuelve a abrazar con una de las peluqueras que estuvo aquel día. Foto: Leonardo Mainé
intervención posterior

Volver al hoy, el ejercicio para salir del trauma

Tras la toma de rehenes en la peluquería, Diego Sánchez, maestro de meditación, llamó a Mónica Fernández para ofrecerle su ayuda en la atención a los síntomas de estrés postraumático del equipo. “Lo que yo hago es parar el proceso de maquinación mental de miedo, ansiedad, lo que podría haber pasado, lo que pasó. Poner en contexto el hecho; que no se lleve todo puesto”, explica Sánchez. Con el personal de Amor Mío se propuso “enraizar” en el hoy. “La dificultad con el estrés postraumático es que te vuelve a la situación que pasó y te da miedo, o te lleva a situaciones futuras que te dan miedo. Energéticamente quedás con los pies en el aire. La técnica consiste en hacerte sentir los pies en el suelo para volver al presente”.

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