"Amar al prójimo es el máximo acto alumbrador"

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La cuestión. ¿Qué espacio hay para la solidaridad en un mundo globalizado y de consumidores?

La respuesta / mundo consumo

El más reciente libro del sociólogo y pensador polaco -Mundo Consumo (Paidós, 395 pesos)- no es otra fundamentada diatriba contra una cultura que todo lo mide en términos de poder adquisitivo y voracidad comercial. Eso ya lo había hecho en Vida de Consumo. Ahora, Bauman intenta encontrar nuevas herramientas para lidiar con la falta de utopías y asignarle un nuevo lugar a la ética en el contexto global, además de recordar un pasado que no hay que repetir y en el cual su continente, el europeo, tuvo mucho que ver.

La exhortación de amar a tu prójimo como a ti mismo, según Sigmund Freud, es uno de los preceptos fundamentales de la vida civilizada (y, según algunos, una de las exigencias éticas de ésta). Pero es también radicalmente contraria al tipo de razón que dicha civilización promueve: la razón del interés propio, de la búsqueda de la felicidad ¿Está basada la civilización, pues, en una contradicción irresoluble? Eso parece. De obedecer las sugerencias de Freud, uno llegaría a la conclusión de que la única forma de adherirse al precepto fundacional de la civilización sería adoptando la famosa admonición de Tertuliano, quien nos advertía de que debíamos credere quia absurdum ("creer porque es absurdo").

En el fondo, basta preguntarse, "por qué debería yo hacerlo". "¿Qué bien me hará?" darme cuenta de lo absurdo del mandamiento de amar a mi prójimo "como a mí mismo" (y a cualquier prójimo, por el simple hecho de que esté dentro de nuestro campo de visión y nuestro radio de acción). Si amo a alguien, ese alguien debe merecérselo de algún modo. Se lo merece porque se parece a mí en tantos aspectos importantes como para que pueda amarme a mí mismo en él o ella; aún se lo merece más si me supera tanto en perfección que yo y pueda amar en él o en ella el ideal de mi propio yo. "Pero si es un extraño para mí y no puede atraerme con nada que sea valioso o significativo por sí mismo que no haya adquirido yo ya para mi vida emocional me resultará muy difícil amarlo".

La exhortación me parece aún más estúpida y, sobre todo, enojosa cuando pienso que, muy a menudo, no puedo encontrar apenas prueba alguna de que el extraño a quien supuestamente debo amar me ama a mí también, o de que, siquiera, me muestra "la más nimia consideración. Cuando le conviene, no duda en hacerme daño, en mofarse de mí, en difamarme y en mostrarme su superior poder". De ahí que Freud se pregunte: "¿Qué sentido tiene un precepto enunciado con tanta solemnidad si ni siquiera se puede recomendar su cumplimiento como algo razonable?". Uno se siente tentado a concluir, dice él, contra todo lo que dicta el sentido común, que el de "amar a tu prójimo" es "un mandamiento que, en realidad, se justifica por el hecho mismo de que no hay nada que sea tan contrario a la naturaleza original del hombre".

Cuanto menos probable resulta que una norma vaya a ser obedecida, más probable es que sea enunciada con tenacidad y determinación. Y la orden de amar a nuestro prójimo tal vez tenga menores probabilidades de ser obedecida que ninguna otra. Cuando el rabino Hilel, erudito talmúdico, fue retado a potencial converso a que le explicara la doctrina de Dios durante el tiempo que él fuera capaz de sostenerse sobre una sola pierna, el sabio le ofreció la de "amar a tu prójimo como a ti mismo", como única (aunque completa) respuesta en la que se condensaban la totalidad de los mandamientos divinos (...)

La aceptación del precepto de amar al prójimo es el acto alumbrador de humanidad por excelencia. Todas las demás rutinas de la convivencia humana, como todas las normas y las reglas prediseñadas o descubiertas de manera retrospectiva, no son más que una lista jamás completa de notas a pie de la página de ese precepto. Podemos incluso ir un paso más allá y afirmar que, dado que ese precepto es la condición preliminar de la humanidad y la civilización (y de la humanidad civilizada), si fuese ignorado o descartado, ya no quedaría ninguno para recompensar la mencionada lista ni para valorar hasta qué punto es más o menos completa.

Polaco y líquido

Acuñó el término "modernidad líquida" para describir un estado social en el cual los límites entre público y privado, entre mercado y Estado y entre ciudadano y consumidor son cada vez más laxos.

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