Algo huele mal en Pueblo BolÍvar

| En Bolívar los niños no rinden en la escuela. Algunos tienen parásitos y hasta larvas de moscas. En la Junta de Canelones discuten si a los habitantes del pueblo hay que enseñarles a bañarse.

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Eduardo Barreneche

Bolívar es un pequeño pueblo ubicado a menos de 100 kilómetros de Montevideo, en el extremo norte del departamento de Canelones.

En Bolívar nunca se genera una noticia y la mayoría de los uruguayos ni siquiera saben que tan cerca de la capital hay un pueblo cuyo nombre homenajea al Libertador. No hay rapiñas y el último robo parece que ocurrió hace un año y medio. Los policías apenas lo recuerdan porque fue muy insignificante.

En realidad, no hay mucho que robar en Bolívar.

Por el contrario, en el pueblo existe una dramática situación de pobreza y abandono que hace unas semanas provocó una insólita polémica en la Junta Departamental de Canelones.

Todo empezó con una exposición del edil de Vertiente Artiguista, Juan Tons. Unos días antes, el edil había visitado Bolívar y todavía seguía conmovido con lo que había visto. Estaba impactado por la extrema pobreza, la falta de higiene y las carencias sanitarias del pueblo. Por eso, presentó una nota en la Junta Departamental señalando que muchas familias de Bolívar viven en "condiciones infrahumanas, propicias para la contaminación de enfermedades". Pedía que los ediles visitaran el pueblo para conocer su situación y ocuparse de ella.

El pedido de Tons provocó un inesperado y acalorado debate.

"Esto me llama la atención, porque si hay un pueblo que es ayudado por toda la ciudadanía de Canelones, por Tala y aledaños, inclusive Fray Marcos que pertenece a Florida, es Bolívar", dijo la edil María del Carmen Frachia.

"En dicho pueblo ha habido inundaciones, han habido muchos problemas y las maestras han devuelto ropa para que fuera entregada a niños de otros lugares porque allí les sobraba. No les falta comida. Tienen el CAIF (Centros de Atención a la Infancia y la Familia), son atendidos", relató la edil del Foro Batllista. Y agregó: "Vivo cerca y sé que ese problema no existe".

El edil blanco Diego Varela apoyó los dichos de Frachia.

Luego la edil pidió nuevamente la palabra y agregó: "Allí hay un gran problema; vamos a tener que enseñarle a la gente a bañarse y a lavar la ropa. El otro problema de fondo es que se les dona ropa, túnicas, pero las ensucian, las tiran y hay que volver a llevar. Tendrían que hablar con las maestras del lugar". Y reafirmó: "A mí nadie me va a decir cuál es el problema de Bolívar porque voy muy seguido".

Con el debate ya caldeado, la edil Loreley Rodríguez, de Alianza Progresista, salió en defensa de Tons. Dijo que en Bolívar se "han constatado gravísimos problemas".

"En cuento a los problemas de salubridad, muchas veces, muchísimas veces, son responsabilidad de quienes tienen a cargo el Estado y no le proporcionan a las familias los recursos mínimos, como el trabajo, para poder ordenar sus vidas en forma decente".

Calles desiertas

La entrada de Bolívar está ubicada en el kilómetro 92 de la Ruta 7. La calle de ingreso al pueblo es de balasto. En la vereda izquierda se ven una serie de casitas de material muy humildes y dos ranchos de barro y paja.

Ya en sus primeras calles, se observan casas abandonadas. Una vivienda precaria a la que el viento le arrancó las chapas. No se ven autos. Tampoco hay peatones. Bolívar, a las cuatro de la tarde de un día invernal, parece abandonado.

Sus pocos habitantes están encerrados en sus casas calentándose frente a estufas. La leña —el monte del río Santa Lucía está muy cerca— es el único bien que abunda en el lugar.

Cerca de una esquina, afuera de sus casas, grupos de hombres y mujeres están sentados con las espaldas apoyadas en la pared. No toman mate. Simplemente miran el campo que se extiende hasta el horizonte y hablan de la familia.

Una mujer de aspecto desgreñado mira hacia el campo apoyada en el marco de la ventana de su rancho. Tiene un espejo en una de sus manos. Dos horas más tarde, la mujer sigue en la misma posición. Sus hijos juegan con unos perros pero ella no los mira.

Bolívar tiene unos 2.000 habitantes, contando los que viven en las zonas rurales aledañas. Al contrario de lo que ocurre en otras localidades donde el polo de prosperidad se encuentra en el centro, una gran parte del casco urbano de Bolívar vive en la miseria, con algunas excepciones.

En cambio, en los campos de los alrededores prosperan familias que viven cómodamente gracias a sus producciones tamberas y granjeras. A ellos no les faltan comodidades como luz, agua y teléfono.

"El centro del pueblo siempre ha vivido por debajo de la línea de pobreza", afirmó Mirian Estives, integrante de la asociación civil que administra el centro CAIF, el Club de Niños y la Policlínica de Salud Pública. "Es que la desocupación en la zona es elevada y hay muchas mujeres jefas de hogar".

Los pocos hombres que trabajan lo hacen en criaderos de cerdos y gallinas o en una fábrica de lavado de lanas de Fray Marcos, al otro lado del Santa Lucía. Otros realizan changas en los montes de las riberas del río.

Rehenes del río

El río corre a unos 50 metros de las últimas casas. En verano, su cauce no es profundo, aunque sí torrentoso. Las aguas se desplazan por márgenes barrosas, con un fondo de piedras y sarandíes. El paisaje es muy pintoresco.

Bolívar y el río viven períodos de amor y odio. Durante el verano, los habitantes del pueblo se bañan y pescan en el Santa Lucía. Cuando finaliza el otoño comienzan los temores.

"Las inundaciones son frecuentes. El río es el mejor amigo pero también el peor enemigo. Cuando crece, nos lleva lo poquito que tenemos", dijo Estives.

En cada crecida, las aguas del río llenan una cañada que rodea el pueblo y lo dejan virtualmente aislado. Cada vez que eso pasa, los habitantes de Bolívar deben dar un rodeo de unos ocho kilómetros para llegar a la ruta.

Hubo un intento de remediar este problema. A unos 20 metros del camino de balasto se observan los pilares de concreto de un puente sin terminar. Hace unos ocho meses que los obreros de la Intendencia de Canelones se retiraron del lugar.

Los vecinos piden que la comuna coloque unos rieles y maderas sobre los pilares para que, por lo menos, puedan pasar a pie en caso de que haya una crecida.

Techo de nylon

El Centro CAIF y el Club de Niños del Iname, la escuela del pueblo y otras dos cercanas aseguran la alimentación de los niños de Bolívar y zonas adyacentes.

En el Centro CAIF se brinda desayuno, almuerzo e incluso la cena a los niños para asegurar su nutrición. Esa medida no se adopta en otros centros CAIF del país, pero en Bolívar la gravedad de la situación lo amerita.

"Si no existieran esas instituciones, los niños tendrían un hambre extrema. Estarían obligados a salir a robar el ganado que hay en los campos cercanos", explicó el maestro Ruben Darío Rodríguez, encargado del Club de Niños.

Javier Tejera, de 27 años, y Marisol Barco, de 33, tienen ocho hijos. La familia vive en una casa precaria ubicada en la calle doctor Floriano Correa S/N, a la entrada del pueblo.

El techo de la vivienda tiene algunos sectores apenas cubiertos con bolsas de nylon. La puerta de entrada es de lata y tiene varios agujeros por donde se cuela fácilmente el viento que viene del campo, que empieza al otro lado de la calle.

Tejera no tiene trabajo. Cada tanto hace una changa. Su mayor ambición es trabajar en los montes. Sin embargo, no puede trasladarse hasta ellos. Carece del dinero suficiente para comprar los neumáticos que precisa su bicicleta.

"Los pocos pesos que hago son para la comida. A veces no tenemos ni para comer. Ni siquiera tengo luz ni agua en mi casa", explicó.

El hogar de la familia Tejera posee dos habitaciones. En la pieza de la entrada, hay una cocina de lata que también oficia de estufa, en torno de la cual todos se reúnen antes de irse a dormir. Al costado se encuentra el dormitorio, de unos tres por tres metros.

"Dormimos todos juntos. Apretados. Nos faltan colchones y frazadas", dijo Tejera. "Otro problema es que el techo se llueve". Su hijo más pequeño agrega, inocentemente: "pasamos mucho frío de noche".

Al costado de la casa, Javier clavó cuatro postes irregulares que cortó de un álamo que se encontraba al fondo del terreno.

Su plan es construir las paredes de la pieza con tacuaras y barro mezclado con pasto que extraerá de su terreno.

"El problema es dónde voy a conseguir las chapas para el techo", dice con resignación.

Aprendiendo descalzos

En la escuela de Bolívar estudian 30 niños: 21 de ellos son repetidores por culpa de su bajo rendimiento. De los 30, todos menos dos son parientes, porque las pocas familias del lugar se han mezclado una y otra vez entre sí. Por eso, algunos en el pueblo repiten que el problema del bajo rendimiento masivo de la escuela es "genético".

En estos días, un equipo técnico multidisciplinario de Primaria comenzará un estudio sobre el problema para detectar las causas del elevado índice de repetición del pueblo.

Pero los niños de Bolívar no padecen sólo de dificultades de aprendizaje. También sufren de sarna, piojos y parasitosis. Una maestra relató que muchos de los alumnos van a la escuela descalzos, incluso en invierno, o con los zapatos de sus padres.

Diariamente, Eduardo Tapié recorre los cuatro kilómetros que separan Bolívar de Fray Marcos, al otro lado del río Santa Lucía, en Florida. Desde hace 20 años, Tapié es el médico general de Bolívar. Las condiciones higiénicas son tan deplorables, cuenta, que hace tres meses debió extraer 30 larvas de moscas de la cabeza de un niño de 4 años.

"En Bolívar hay una gran cantidad de parasitosis. Las familias tienen serias carencias de hábitos higiénicos", explica el facultativo.

Tapié relató también el caso de Elvira, una niña de 9 años, que vio agravada una infección alrededor de su boca por la falta de higiene. Otros niños también sufrieron esta enfermedad.

Elvira vive con su madre, Yolanda Escudero y cuatro hermanos, en una vivienda muy precaria. Es una de las tantas familias cuya jefa de hogar es una mujer de casi nulos recursos. Hace dos meses, una tempestad asoló el pueblo. Tan precaria es la casa de los Escudero que Yolanda pensó que el viento se la llevaría. Entonces, asustada por el fuerte viento, se escondió debajo de la cama con sus hijos. Consideró que ese era el lugar más seguro para refugiarse de la tormenta.

Ni para jabón

Tapié, el médico del pueblo, afirmó que la realidad sanitaria de Bolívar "es lamentable", ya que se caracteriza por poseer "serias deficiencias de agua potable y de saneamiento".

Durante el verano, familias enteras se dirigen hacia el río Santa Lucía, llevando toalla y jabón, para bañarse allí. En invierno, los niños se duchan en el centro CAIF y en el Club de Niños del Iname.

Un funcionario de Primaria expresó que la mayoría de los escolares de Bolívar usan túnicas y ropas donadas por organizaciones sociales de Canelones. "A los tres meses las túnicas están negras de tanta suciedad y las ropas no sirven más", dijo una persona vinculada a la escuela. "Entonces las familias tiran las ropas o las prenden fuego".

Pero en el pueblo muchos se rebelan contra la opinión de la edil Frachia.

"Un 40% del pueblo no está conectado a la red de OSE. Somos la oveja negra del departamento", afirmó Estives, la integrante de la asociación civil que administra el centro CAIF, el Club de Niños y la Policlínica de Salud Pública.

Paradojalmente, el agua que OSE distribuye en Montevideo y en otras ciudades del sur del país, se extrae del río Santa Lucía.

Estives relativizó las afirmaciones de quienes acusan a la gente de Bolívar de preferir quemar la ropa antes de lavarla.

"Es muy fácil hablar cuando en la casa de uno hay una lavadora automática y agua potable. Medio Bolívar no tiene ni siquiera agua potable. Las mujeres lavan en un latón y, muchas veces, no tienen dinero ni para comprar jabón. Todos son humildes, pero no son sucios".

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