Alejandro Guillermo Roemmers (Buenos Aires, 1958) habla con una dinámica contagiosa. Su buen humor se muestra siempre listo para transformarse en risa; sin embargo, se toma su tiempo para responder, escucha. La conversación fluye con naturalidad, entre reflexiones profundas y con una cercanía inesperada. Es un empresario exitoso y multipremiado, referente internacional en proyectos vinculados a la paz y a la fraternidad. Además, es poeta, dramaturgo y novelista. Su recorrido sin dudas podría imponer una distancia solemne que nunca apareció. Al contrario, Roemmers transmite paciencia, curiosidad y una vocación creativa que se permite el juego, la duda y la emoción.
Esa combinación de disciplina y sensibilidad, de estructura y libertad, atraviesa también su más reciente obra literaria El misterio del último Stradivarius (Planeta), una novela que marca un punto de inflexión en su carrera como autor. Con prólogo de Mario Vargas Llosa, en lo que fue su último texto, el libro se inscribe en lo que el propio Nobel definió como una “novela de circulación”. Es que el libro sigue la historia de un objeto extraordinario: el último violín construido por Antonio Stradivari, en 1720, y cómo atraviesa siglos de historia, continentes y los episodios más oscuros de la humanidad, mientras pasa de mano en mano hasta quedar ligado a un crimen real en Paraguay.
En esta charla, Roemmers cuenta el origen de esta novela, explica el desafío que le supuso ficcionar una tragedia, y reivindica el lugar de la música en contextos extremos. También reflexiona sobre la vida, la justicia y sobre qué hacemos los seres humanos con lo que nos toca vivir.
—¿Recuerda cuándo apareció por primera vez la idea de este libro?
–Sí, muy claramente. Fue al comienzo de la pandemia, en un momento muy particular, cargado de miedo e incertidumbre. Yo estaba con unos amigos en la casa de uno de ellos, en un valle de Córdoba. Volvía de Estados Unidos y quedamos más de tres meses prácticamente aislados, sin poder entrar ni salir. Como no había habido ningún caso de Covid en la zona, cerraron el acceso como protección. Fue algo muy épico, muy extraño. En esos primeros días miraba las noticias todo el tiempo, y entre ellas leí una que me llamó muchísimo la atención. En ese momento no sabía que ahí había una novela, pero algo se me quedó dando vueltas.
—El punto de partida se vincula con un hecho real: el asesinato del luthier y violinista Bernard von Bredow y su hija, en Paraguay. Más allá de la violencia, ¿qué le impactó de la noticia?
–Lamentablemente, la violencia ya no conmueve tanto, la tenemos muy naturalizada. Lo que me impactó fue el violín. Ese violín ahí, en Paraguay, en el medio de la nada. Un lugar donde no hay orquesta, no hay conciertos. Siempre me había fascinado el mundo de los Stradivarius: instrumentos que valen fortunas, que pertenecen a fundaciones, que se prestan a grandes concertistas con custodia policial, que van y vienen como si fueran reliquias. De pronto, aparece uno en ese contexto. Ahí empecé a investigar, a hacerme preguntas, y me di cuenta de que tenía que ficcionar esa historia.
—Volver ficción una tragedia real plantea preguntas éticas. ¿En qué momento sintió que dejaba de ser una crónica policial y se transformaba en una novela?
–En realidad, lo que más me motivó fue imaginar la trayectoria del violín. El crimen policial está ahí, claro, y le da ritmo a la historia, pero no era lo que más me interesaba. A mí me obsesionó pensar por dónde había pasado ese instrumento, qué manos lo habían tocado, qué historias había atravesado. El policial funciona casi como una excusa para seguir ese recorrido.
—¿Cuál fue el mayor desafío?
–Equilibrar las dos tramas. La parte europea me resultó más sencilla porque viví allí; mi familia es de Europa, conozco la historia. Desde chico viajé mucho y eso ayuda. En cambio, escribir la parte de Paraguay fue mucho más difícil. Es un lugar en el que nunca estuve, y crear esos personajes, ese clima, fue un desafío enorme. Ahí tuve que apoyarme mucho en la investigación y en la imaginación.
—En la novela aparecen personajes históricos reales, desde Verdi hasta el Papa Francisco ¿Qué buscó al incluirlos?
–Me gusta que la historia se mezcle con la ficción de una manera en la que no se sabe bien del todo qué existió y qué no. En muchos casos fue una forma de homenajear a esas figuras. A mí me encanta la música de Verdi. Con el Papa Francisco compartí mucho tiempo en el Vaticano. Lamentablemente, falleció justo cuando yo estaba presentando la novela, al igual que Mario Vargas Llosa. Todo eso le dio al libro una carga emocional muy fuerte.
—¿Qué significa para usted que Vargas Llosa redactara el prólogo?
–Fue algo muy especial. Fue el último texto que escribió: una parte a mano y lo último dictado a su hijo. Yo no pude volver a hablar con él después. Teníamos una relación de años, compartimos ferias del libro, charlas, presentaciones. Siento que quizás esta fue la primera vez que leyó una obra mía completa. Él era un apasionado de la música clásica y pienso que eso lo atrapó. Para mí, ese prólogo es una validación literaria enorme.
—Este libro marca un cambio en su obra, más cercano al policial y a la aventura. ¿Qué le impulsó a salir de la zona más poética de su literatura?
–Por primera vez me propuse escribir la mejor novela posible, más allá del mensaje. En mis libros anteriores lo que me movía era transmitir aprendizajes personales, experiencias de vida. Acá partí de la curiosidad y del deseo de construir una obra literaria sólida. Como me dijo Mario una vez: “si vas a escribir una novela, no tengas otro objetivo que contar la historia”. Eso era lo contrario a lo que yo había hecho antes.
—El violín atraviesa episodios muy oscuros del siglo XX, incluso campos de concentración. ¿Cómo fué pensar el lugar del arte en esos contextos?
–Me costó muchísimo. A mí me atrae la belleza, lo luminoso, y meterme emocionalmente en un campo de concentración fue muy duro. Pero sabía que el violín tenía que pasar por ahí. Las situaciones límite sacan lo mejor y lo peor del ser humano, y el arte también estuvo presente en esos lugares, de maneras muy complejas. A mí me han criticado siempre por ser demasiado cuidadoso al escribir, de no poner nada que sea muy áspero, y en esta novela me exigí para ser un poco más descarnado, más realista.
—La novela sugiere que el Stradivarius puede proteger a quien lo posee. ¿Hay algo sobrenatural en ese violín?
–Me cuidé mucho de no escribir cosas que no pudieran ser reales, sobre todo respecto al violín. Obviamente, es una historia imaginaria, es ficción, pero no es como Harry Potter digamos; esto es algo concreto, posible y real. Muchos de quienes poseen el violín alegan un poder que los protege pero sin embargo a otros no les funciona así.
—¿Cuál es entonces el misterio del último Stradivarius?
–Para mí, el misterio sigue estando ahí porque sigo sin saber realmente qué hacía ese violín en Paraguay, y prefiero no saberlo todo. Solo imaginé una de las tantas rutas que pudo haber seguido ese violín para llegar a Paraguay. Habrá miles más, y una será la verdadera, pero no sabemos cuál. El misterio siempre va a seguir estando ahí para mí. ¿Quién los mató? Prefiero no saber. Yo ni siquiera sé si era un violín, si eran dos o eran tres, no lo sé.
—Este no es un libro que se limite a contar una historia: parece escrito desde una inquietud profunda. ¿Qué pregunta personal le acompañó durante el proceso de escritura?
–Mirando en retrospectiva, creo que uno siempre deja un rastro de sí mismo en lo que escribe. Cuando vuelvo a leer la novela me doy cuenta de que hay muchas cosas que me reflejan. Por un lado está el tema de la guerra y la paz. Lo terrible de esos conflictos y cómo deshumanizan. Y por el otro, mi propia fe y mi trabajo como activista por la paz. En algún momento me pregunté: ¿cuántas guerras atravesó Europa para llegar a una Unión Europea en paz? ¿Y cuántas guerras atraviesa cada persona consigo misma a lo largo de su vida? También conecté mucho con el personaje del detective. Es un hombre sencillo, que lo único que quiere es hacer bien su trabajo, de manera honesta. Y qué difícil se le hace. Lo pierde todo cuando, en realidad, solo intenta vivir una vida normal y cumplir con su deber. A muchas personas les pasa eso. Quise rendir homenaje a esos héroes anónimos: personas comunes que arriesgan todo por una causa mayor. Pienso en los bomberos hoy en la Patagonia, en los médicos durante la pandemia. No sabemos sus nombres, no conocemos sus historias, pero en el momento en que actúan son héroes. Como el detective Alejandro Tobosa en esta novela. Quizás el tema que más resuena conmigo es el de la justicia. Hoy se habla muchísimo de hacer justicia a nivel social y personal. Pero yo creo que hay que superar esa idea. Porque si uno mira el mundo con honestidad, la vida es injusta desde el inicio: no elegimos dónde nacemos, qué familia nos toca, qué condiciones tenemos. Convertir la búsqueda de justicia en el sentido de la vida puede ser muy dañino, porque no la vas a lograr y en el camino te vas a lastimar. A mí también me hicieron daño muchas veces sin que hubiera hecho nada para merecerlo. Pero aprendí que lo importante es otra cosa: poder perdonar, seguir adelante y hacer lo mejor con lo que uno tiene. No puedo cambiar las circunstancias de lo que me ocurre, pero sí puedo decidir mi actitud frente a eso. Cada instante es una oportunidad nueva para elegir una actitud que beneficie a más personas, para poner un poco más de bondad, de amor, de compasión. Eso también está en el crimen con el que empieza la novela. En el fondo, hay alguien que busca hacer justicia y llega tarde. Entonces castiga a los descendientes de quien cometió esas atrocidades. Y ahí aparece la pregunta más dura: ¿qué culpa tenían ellos? ¿Qué culpa tenía la niña?
—¿Cuál fue el punto más emotivo de esta aventura?
–Cuando fui a presentar el libro a Europa, tuve la oportunidad de visitar la casa de Antonio Stradivari (1644-1737), en Cremona, Italia. Fue una experiencia muy emotiva y de alto impacto, porque cuando escribí la novela, imaginé que el nombre del último violín creado por el luthier italiano se llamaría Ángelo; no lo leí en ningún lado. Cuando llego a esta casa, me dicen que ese violín que está ahí, una obra maestra estimada en 20 millones de euros, se llamaba originalmente El Madrileño, pero que hace unos años (en 2017) había pasado a manos del violinista Fabrizio von Arx y renombrado como The Angel (El Ángel, en español). Yo lo entendí como un guiño, como que Antonio Stradivari aceptó mi historia, y me sentí muy bien.
—¿Qué le gustaría dejar al lector cuando cierre el libro?
–Que sienta que no solo leyó una gran aventura, una historia que podría haber sido real, sino que quedó transformado para bien. Que no se dé por vencido. Que aun atravesando momentos oscuros, el ser humano puede volver a la luz. Que el bien siempre es más fuerte que el mal.
—Tras un libro tan complejo, ¿en qué trabaja hoy?
–Lo menos que yo hubiera querido hacer es escribir otra novela. Pero la novela está vendiendo muy bien y entonces, me insistieron mucho. Yo no soy un escritor profesional, que escribe todo el tiempo, y dije no. Luego, recordé que años atrás había registrado el guion de una obra de teatro que iba a ser una especie de parodia de algún tema político. Entonces recuperé esos viejos manuscritos y cuando volví a leer la obra me di cuenta que se podía adaptar, que la podía transformar en una novela, y es lo que hice. Es completamente diferente a esta, aunque tiene puntos en común: está basada en hechos reales, ocurridos en Italia y también surgió de una noticia de un diario. Es muy divertida, y esa va a ser la próxima aventura que saldrá a la luz muy pronto este año.
—¿Cómo conviven el empresario y el escritor?
–Siempre fue difícil equilibrar esas dos facetas. Desde chico fui una persona muy sensible y espiritual. Me atraía todo lo artístico, la filosofía, la mística. La actividad empresarial parecía, en principio, todo lo contrario. Al mismo tiempo, me iba bien en el colegio en todas las materias, también en las de ciencias, y mi familia tenía muchas ganas de que me dedicara al mundo empresarial. Entonces tomé una decisión que no fue fácil: dedicar los primeros veinte años de mi vida a construir una base económica, a alcanzar metas empresariales y cierto reconocimiento, para después poder elegir con más libertad qué vida quería vivir y qué cosas creativas quería hacer. Con el tiempo descubrí que esos dos mundos no eran tan opuestos. El verdadero desafío fue entender que soy la misma persona cuando escribo un poema y cuando estoy en una reunión de directorio. Al final, una empresa es un grupo humano. Y como todo grupo humano, necesita inspiración, sentido, motivación. En ese sentido, un lider también es una entidad espiritual: son muchas personas a las que hay que guiar, acompañar, transformar, incluso amar, para que sientan un proyecto como propio. Ahí aparece esa energía extra que marca la diferencia entre una empresa y otra. Todas las empresas tienen recursos bastante similares. La diferencia real está en el liderazgo, en cómo se motiva a las personas. Yo fui integrando de a poco esos dos aspectos míos, y también llevé eso a la empresa: cursos de desarrollo personal, espacios para mostrar obras de colaboradores -pinturas, esculturas, fotografías-, vínculos con las comunidades donde están nuestras fábricas y oficinas. Hoy siento que logré transformar la empresa y hacerla más a imagen y semejanza mía. Pero también la empresa me transformó a mí: me dio disciplina, orden, compromiso; herramientas esenciales para terminar de escribir novelas, obras de teatro y musicales. A veces, los de Acuario somos muy soñadores (risas) y nos cuesta ordenar y priorizar, sobre todo cuando uno hace muchas cosas al mismo tiempo: guiones, cine, series. Sin cierta disciplina, es imposible. Al final, todo se parece bastante a un juego de estrategia. No importa si es para el bien o para el mal. La diferencia es que, en lugar de una estrategia para el combate, en la empresa es una estrategia para construir. Y creo que mucha gente se benefició de todo ese contenido humano que pude aportar.