Hace poco más de un mes, Rita Fischer (Young, 1972) levantó Interpintar, la instalación site specific con la que se despachó en el Palacio Legislativo y cautivó al espectador, no sin generar cierta controversia. Es que ubicada a gran altura en el Salón de los Pasos Perdidos, la puesta en escena conformada por dos pinturas, había sido creada para otra especie que la humana: los pájaros. “Fue un homenaje a las aves. Es una obra que llama a la reflexión y en primera instancia invita a plantearse por qué no es para humanos. Con tanta guerra y cosas que pasan, estoy un poco desilusionada de la humanidad, por eso pensé en hacer algo para los pájaros”, explica Fischer. “Yo sabía que entran gorriones al Palacio, aunque no se sabe si van a aparecer o no. Investigué un poquito, les puse comida para atraerlos. Eso fue parte de la historia”, agrega.
Ahora, más precisamente desde el pasado 28 de diciembre, Fischer está instalada en Xippas Gallery de Manantiales, en el Este, con Intemperies, la muestra en la que la artista uruguaya conjuga múltiples soportes para sus pinturas: placas de madera, papel y las más recientes, en las que retoma la tradicional tela sobre bastidor.
Curada por Manuel Neves, la exhibición recorre temas como los espacios de ambigüedad y de incertidumbre. “Aunque ciertos elementos visuales, o la presencia de algunas formas puedan sugerir una renovada posibilidad de representar la naturaleza, el paisaje o la espesura del monte criollo, nuevamente nada parece realmente confirmar esa voluntad figurativa”, advierte el curador en su presentación.
“Lo que presento en la galería es como una gran pintura que se divide en múltiples lienzos, y cuando se observan, pareciera que cada uno se compone de varias pinturas a la vez. La serie es como un caleidoscopio pictórico”, puntualiza Fischer en charla con PAULA.
–¿Utiliza el mismo tipo de proceso en cada obra?
–No. Hago diferentes tipos de obra, y cada una tiene su impronta y su proceso propio. Tiendo a hacer lo mismo, pero parto de diferentes lugares o caminos. Mi obra tiene un hilo conductor, y siempre es el mismo. Últimamente, hablo desde un lugar de incertidumbre y de ambigüedad, incluso en el paisaje. Hace ya varios años que armo unos paisajes muy amplios en los que todo puede pasar: tu vida, tu historia, la historia del mundo, incluso hay ciertas dimensiones psicológicas presentes. Yo no lo analizo, pero en esos escenarios que desarrollo, todo es muy ambiguo. No se sabe bien qué está pasando: puede que algo se esté formando o se esté destruyendo; puede que algo este creciendo o muriendo. Manejo la idea de búsqueda de un lugar. Hace unos años (2013) expuse en el Museo de Artes Visuales. Fue una muestra que justamente marcó mucho mi carrera, y se llamó Ningún lugar. Ahí expresaba que ese lugar existe, solo que no se sabe dónde está. Etimológicamente, la palabra utopía, significa ningún lugar. En base a eso he ido trabajando la idea de lugar y de búsqueda. Estos paisajes que presento en Xippas tienen la intención de encontrar una apertura, como un portal, una dimensión, un algo que se abre.
–¿Este tema aparece en otros soportes? Trabajó en videoarte también…
–Hice algún video, pero todo depende de lo que quiero decir o lo que necesito para poder expresarme. En general, es con la pintura. El video también es una pintura. En realidad, para mí todo es como una gran pintura. No hago separación entre dibujo, escultura y pintura. Siento que es todo lo mismo.
–¿Son complementarios entonces?
–Las técnicas acompañan los procesos. Ahora estoy usando pintura al temple, que es una técnica muy antigua y se usaba en la Edad Media. Se hace con huevo y con caseína, yo tengo de las dos. Temple quiere decir 'mezcla en su justa medida'. Entonces, incluso el uso de esta técnica alude a lo que estoy tratando de comunicar. Uso pigmentos, pero trato de no pintar con algo que saco de un pomo; fabrico mi pintura porque creo que las técnicas acompañan lo que uno está haciendo. Si en un momento hice vídeos fue porque esa obra necesitaba el video para poder plasmar lo que quería mostrar.
–¿Con qué empezó?
–De niña dibujaba muchísimo. Me gustaba pintar, dibujar, y también hacer esculturas. Vivía al lado de un aserradero.
–Imposible no entusiasmarse con la madera...
–Sí, de niños estábamos todo el tiempo allí; jugábamos con las maderas, con el aserrín, había un montón de materiales y yo armaba cosas. Obviamente, no podíamos estar en ese lugar, pero cuando cerraba nos metíamos igual con la banda del barrio (se ríe). Era muy divertido. Nos parecía enorme… También hacía cosas en cerámica, y me gustaba que la gente me dibujara. A todas las visitas que llegaban a casa les pedía que dibujaran algo, para mirar lo que hacían.
–¿Esa necesidad de expresarse se debió al entorno, es innato, o la estimularon?
–Creo que todo. Mi madre me incentivó mucho porque era directora de escuela, y se dio cuenta que yo iba para un lado no muy convencional. Era muy dispersa, siempre estaba en la luna, me costaba prestar atención. Además, ella hacía artesanías y siempre la miraba. También tengo un tío poeta, y tenía muchas conversaciones con él.
–¿Esa infancia tan rica, la ve en su obra?
–Sí, creo que sí, ayudó mucho. Cuando voy a Young, a la casa de mi madre, siempre estoy viendo cosas, en el pueblo, en el campo; me inspira mucho. Yo vivía en la ciudad, pero en Young estás a un paso del campo. De hecho, en mi adolescencia agarraba mi moto y me iba al campo. También tuve mucha influencia de mi hermano, porque era muy de investigar el monte y yo lo seguía. Él se abría paso, y a mí me pasaban cosas, arañazos, bichos, pero me encantaba, era una aventura.
–Todo eso dejó huella…
–Sin duda. Un cambio muy grande fue cuando pasé de vivir en Montevideo a vivir en París. Estuve 12 años en Francia, y durante ese tiempo pasaron cosas muy fuertes en el mundo, como la caída de las Torres; hubo muchos momentos de crisis. Antes, mi obra era básicamente la figura humana, pero allá tuve la primera desilusión con la humanidad, y dejé de representarla. Me dediqué más al paisaje y a otro tipo de cosas. Visitaba muchos bosques y lugares de naturaleza, y me daba cuenta que cuando estaba en esos sitios, entraba en una dimensión que era súper necesaria para mí. Cuando volví a Uruguay, esos momentos de conectar con la naturaleza me marcaron muchísimo.
–¿Cómo le resultó vivir luego en Alemania?
–Fui a Francia porque gané el Premio Paul Cézanne. Primero a Saint-Étienne, y luego a París. Allí hice una licenciatura en (la universidad) París VIII. Decidí quedarme y me dediqué a ver todo en París. Fue un momento de mucho enriquecimiento, visitaba todas las exposiciones, museos y galerías. Después fui a Berlín, también en ese plan.
–Habló de un cambio en su temática debido a momentos de crisis globales…
–Sí, fueron momentos de crisis en el mundo pero también de crisis personales; comencé a cuestionarme muchas cosas. Yo era muy jovencita y me dieron muchos premios de golpe, y no entendía mucho porqué…
–La abrumó...
–Me fui, necesitaba estar un tiempo en una situación más anónima para ver qué pasaba conmigo, y qué quería hacer. La verdad es que cuando nos pasan cosas fuertes, pueden condicionarnos mucho. Recibí reconocimientos que me ayudaron a vivir y a seguir produciendo. Incluso yo tenía otro trabajo, era diseñadora y trabajaba con telas y cueros. En un momento, me dije ‘quiero pintar, quiero hacer esto. Me voy a dar un año y me presento a todos los concursos; si en ese tiempo no pasa nada, dejo'. Me tomé ese año sabático para dedicarme a eso y cuando me habían rechazado de todos los salones, casi terminando el plazo que me había fijado, me dieron un premio. Ahí cambió todo, y sirvió porque tomé un poco más de fuerza. Es tan difícil la vida como artista, o por lo menos a mí me lo ha parecido. Tal vez otros lo tuvieron más fácil, pero creo que es difícil, y lo digo considerando que a mí me ha ido más o menos bien. Siempre es difícil, cuesta mucho, pero finalmente es un trabajo de fe. Tenés que creer mucho en lo que hacés, no lo digo en el sentido religioso. Es algo en lo que tenés que creer o creer, si no, no funciona. Es un espacio en el que uno puede desarrollarse como ser humano, y compartir esas vivencias con otros.
–¿Cómo se llevan el diseño y la expresión artística?
–Todo ha cambiado mucho. Al principio a mí no me gustaba mucho asociarme con el diseño; ahora me encanta. Muchos artistas parten del diseño o carreras afines, y luego se dedican al arte. Yo creo que se complementó bien porque en aquel momento tampoco había una carrera que contemplara todos los aspectos que yo quería abarcar. Yo hice Diseño en el Centro de Diseño Industrial y Bellas Artes; también iba al taller de Clever Lara.
–¿En qué etapa la encuentra esta muestra en Xippas?
–Esto es lo último que hice. Son unas veinte pinturas, ocho en papel. Estos trabajos responden a lo que estoy haciendo ahora, lo que me ha interesado. También pasa que mis obras las adapto a los lugares. Ahora tengo un taller en mi casa donde puedo hacer pinturas, pero no se presta tanto para hacer instalaciones, entonces hago eso. Voy en el sentido de lo que fluye. Si no tengo una cosa pero la puedo conseguir fácilmente, bien. Si no, me arreglo con lo que tengo al alcance. Antes hacía piezas muy grandes, pesadas, pero ahora me centro en lo que yo misma pueda mover. No hago nada que no pueda abarcar. Últimamente estoy haciendo lo que se ve reflejado en esta serie; sigo con la idea de ningún lugar, y de paisajes que son inciertos; usando pintura al temple y mucho color.
–¿Su paleta cambia de obra a obra?
–Yo soy de los 90', y en esa época daba un poco de vergüenza pintar. No estaba de moda, creo que incluso estaba un poco mal visto. Ahora sí, creo. El video y la tecnología era lo que estaba de moda, y yo me quería acercar a ese mundo, entonces había construido una serie de cajas en las que las pinturas las cubría con velos transparentes o pintados. Por años trabajé con esa técnica, y lograba un efecto óptico con el que los colores aparecían velados y simulaba algo muy tecnológico, pero era muy rudimentario. Obviamente no llegaba a eso, pero iba en esa sintonía. Estaba esa cuestión del progreso y de preguntarse hacia dónde vamos. Son cuestiones que han cruzado mi trabajo. Puede que mi obra sea abstracta, hay gente que lo dice; yo tengo mis intenciones, mis preguntas, mis anhelos. Para mí, las pinturas son actos de fe, y me van hablando. Estoy armando un diario con lo que me transmiten, aunque es tan complejo que a veces no logro plasmarlo en la escritura. Pero su mensaje no es algo concluyente ni definitivo, está abierto a preguntas y a la interpretación. El que quiera puede entrar en esas pinturas, y pensar lo que quiera.
–Esa interacción misma es un espacio creativo...
–Totalmente. La cosa sigue creciendo cuantas más personas la ven. No puedo decir que sea algo interactivo, pero algo sucede y enriquece. Tengo pocas pretensiones en cuanto a querer que se interprete una cosa u otra, no soy tan ambiciosa en eso. Soy más cuidadosa de lo que una pintura dice, trato de escucharla. Después la gente hace lo que quiere. Para mí, pintar es como dialogar con la materia.