Kazuyo Sejima (Japón, 1956) es una de las exponentes más singulares de la arquitectura contemporánea. Ella define a la disciplina como la manera en que “las personas se encuentran en el espacio”, entendiendo que el arte de construir no radica en crear un edificio aislado, sino en erigir una experiencia compartida. En esa breve frase condensa la esencia de su obra. Más allá de los muros y de las estructuras, propone una forma de habitar la vida, en la que el espacio fluye y la luz se convierte en un material constructivo más, priorizando en cada edificio la interacción antes que la contemplación estática.
Graduada en la Universidad de Mujeres de Japón, y con una primera etapa profesional junto al influyente arquitecto Toyo Ito (Japón, 1941), Sejima descubrió muy pronto que su interés no estaba en la monumentalidad tradicional, sino en espacios ligeros, diáfanos y suaves. Entonces concentró su práctica en explorar la manera de diluir los límites entre el exterior y el interior.
En 1995 fundó junto a su colega Ryue Nishizawa el estudio SANAA (Sejima & Nishizawa & Associates). Desde allí, ambos construyeron una de las trayectorias más valoradas de la arquitectura global, marcada por edificios que parecen flotar, desaparecer o integrarse suavemente en su contexto. “Siempre necesitas pensar en cómo un edificio se verá junto a sus vecinos. El ideal es crear algo que a través de su presencia, mejore el entorno general”, sostiene Sejima, dejando en claro que el marco de un edificio nunca es un detalle menor.
Lenguaje propio
El sello de Sejima es una arquitectura que respira. En esa línea, la ingeniosa japonesa utiliza materiales como el vidrio y las estructuras abiertas para integrar y derribar las jerarquías espaciales tradicionales, de modo que la luz natural sea la verdadera protagonista. De esa manera, concibe espacios abiertos, recorridos libres, y límites difusos. A su vez, el blanco y los espacios fluidos y naturales son parte de su vocabulario, y funcionan como herramientas para provocar. “Intento crear una relación entre la transparencia y el movimiento humano, proporcionando diferentes experiencias”, explica.
Sus edificios permiten múltiples formas de habitar y transitar a través de las estancias. En un mundo urbano cada vez más saturado, sus proyecciones se sienten como una pausa, un respiro, una manera más amable de estar en el lugar. Sus obras se definen entre espacios ondulantes que parecen surgir del paisaje, con muros transparentes y pasillos que conectan con el entorno, sin imponerse a él.
Uno de los proyectos que mejor sintetiza esta visión es el 21st. Century Museum of Contemporary Art, en Kanazawa, Japón (2004). De planta circular y fachadas traslúcidas, el museo rompe con la idea clásica de entrada principal. En su lugar propone accesos múltiples, recorridos abiertos y patios interiores que dialogan con la ciudad.
Otra obra clave es el Rolex Learning Center, en Lausana, Suiza (2010). Concebido como una topografía contínua, sin pisos ni pasillos tradicionales, el edificio alberga bibliotecas, áreas de estudio y espacios sociales que se conectan como una sola superficie ondulante. Más que un edificio universitario, es un paisaje interior donde se puede permanecer.
En Nueva York, el New Museum of Contemporary Art (2007) se presenta como una pila de volúmenes blancos, aparentemente simples, que dialogan con la densidad de Manhattan, sin competir con ello.
Y en Francia, la sede del Louvre, en Lens (2012) extiende el espíritu del museo parisino valiéndose de pabellones bajos, horizontales y casi invisibles, integrados al paisaje.
”COMO ARQUITECTA, SIENTO QUE PARTE DE NUESTRA PROFESIÓN ES USAR EL ESPACIO COMO UN MEDIO PARA EXPRESAR NUESTROS PENSAMIENTOS. NO ME INTERESA TANTO HACER MUCHOS EDIFICIOS COMO HACERLOS CON TIEMPO. YO NECESITO TIEMPO PARA DECIDIR QUÉ ES LO REALMENTE IMPORTANTE EN CADA UNO”, AFIRMA KAZUYO SEJIMA.
En 2010, llegó uno de los hitos de su carrera, cuando junto a su socio Ryue Nishizawa reciben el Premio Pritzker de Arquitectura. El jurado destacó entonces su capacidad para crear edificios “delicados pero poderosos”, celebrando no solo su trayectoria, sino que además, con el galardón impuso su filosofía en el ámbito de diseño: “una arquitectura que acompaña, que pone al ser humano en el centro, y que busca sutilmente mejorar la experiencia de estar y moverse en el espacio”. Posteriormente, Sejima fue invitada a formar parte del jurado del Pritzker, desde donde hoy en día continúa aportando su mirada aguda, sensible y profundamente humana en la elección de las voces arquitectónicas más relevantes de nuestro tiempo.
Kazuyo Sejima también se desempeña como docente en prestigiosas universidades como Princeton, la Escuela Politécnica Federal de Lausana o Tama Art University, entre otras. Ello le permite compartir su visión con las nuevas generaciones de profesionales, y también demostrar que la arquitectura puede ser suave sin ser débil, silenciosa sin ser invisible, y profundamente humana sin necesidad de derrochar.
Más allá de la proyección de museos y grandes instituciones, Sejima reflexiona sobre el habitar cotidiano: “la casa es un refugio, no solo del cuerpo, sino también de la mente de las personas”, afirma. Esa idea atraviesa toda su obra que plantea a la arquitectura como contención, como escenario de la vida diaria.