El proyecto tiene como protagonista a Fernando Matsui, argentino de padre japonés y licenciado en Paisajismo por la UBA (Universidad de Buenos Aires). Tras una década de trabajo en el Jardín Japonés de Palermo, llegó a Uruguay con una misión concreta: diseñar un pequeño entorno al estilo nipón alrededor de la casa de la familia López Mena. Aquello que comenzó como una intervención puntual se transformó, con los años, en un parque de casi 12 hectáreas, construido por etapas y con una visión de largo plazo.
El origen del jardín está íntimamente ligado a la historia personal de Juan Carlos López Mena y su vínculo con Japón. Hace muchos años, vivió allí durante varios meses mientras supervisaba la construcción de uno de los primeros barcos de Buquebus en un astillero japonés. Esa experiencia -convivir con familias locales, la cultura, la educación y el trato recibido- dejó una huella profunda. Este jardín surgió, en parte, como un gesto de agradecimiento y memoria de aquel tiempo.
La idea comenzó a materializarse cuando la familia visitó el Jardín Japonés de Buenos Aires y se propuso desarrollar un diseño propio. El proyecto fue aprobado y, en agosto de 2009, Fernando se instaló en Punta del Este para iniciar las obras. En ese entonces, la casa aún estaba en construcción. El primer tramo del jardín demandó casi seis meses, pero el crecimiento no se detuvo: la propuesta fue seguir ampliándolo, respetando siempre el paisaje original del predio.
Uno de los grandes desafíos fue trabajar sobre un cerro, con suelo rocoso y escasas capas de tierra. Para plantar, crear lagos y arroyos, fue necesario realizar importantes movimientos de suelo. Al mismo tiempo, el desnivel natural se convirtió en un aliado, aportando dinamismo y múltiples puntos de vista. Durante todo el proceso se mantuvo intacta la arboleda existente -pinos, eucaliptus y monte nativo- e incluso se la integró como parte del diseño, sumando nuevas variedades sin extraer ningún árbol.
Hoy el parque reúne más de 120 especies catalogadas y más de 1.200 árboles plantados a lo largo de estos 15 años. Allí conviven variedades típicas de Japón con flora autóctona de Uruguay y la región, en un ejercicio muy destacado de adaptación y revalorización del entorno local. El resultado es un paisaje híbrido, donde lo oriental dialoga con lo autóctono.
La esencia de un jardín japonés, explica Fernando, radica en la representación del paisaje natural de aquel país a una escala menor. Rocas, agua, coníferas y estanques con peces koi (carpa) forman parte de ese lenguaje. El diseño se inspira en los jardines que rodean templos, santuarios y palacios, y está profundamente ligado al sintoísmo, la religión originaria, que entiende la espiritualidad como una presencia constante en todos los elementos naturales. Estar en contacto con ese entorno invoca la armonía, la calma y una sensación de paz profunda.
El recorrido fue pensado como una secuencia de escenarios entre senderos, puentes, cascadas, áreas de descanso y espacios de contemplación. Nada es casual. Las piedras utilizadas en lagos y cañadas fueron extraídas del propio terreno durante las excavaciones y seleccionadas según su forma, tamaño y color. Troncos caídos se reutilizaron como bancos para zonas de reunión al aire libre. Cada rincón tiene una historia.Hay frutales que se pueden degustar según la estación -manzanas, ciruelas, duraznos, cítricos- y en primavera, la floración transforma el paseo en una experiencia aromática. Las áreas acuáticas con nenúfares, protegen a los peces y refuerzan la presencia del agua como eje central del jardín. También existe una glorieta de rosas, un gesto personal: aunque no es típica de la tradición japonesa, fue creada porque a la dueña de casa la apasionan.
Uno de los lagos, con forma de corazón, nació casi por accidente. Durante la excavación, la dureza de la roca impidió avanzar en ciertas zonas y obligó a bordearlas. La forma se reveló recién al llenarlo de agua. Otro elemento distintivo es el de las linternas de piedra natural conocidas como Tõrõ. No están pensados para iluminar realmente, sino para marcar entradas, señalar puntos de atención y guiar la mirada, tal como ocurre en los templos y santuarios japoneses.
A lo largo del recorrido se suceden distintas vistas panorámicas, con cinco niveles de altura que revelan la Sierra de las Ánimas, la laguna y su entorno natural. Cada tramo propone una perspectiva distinta, reforzando la idea de descubrimiento continuo.
El color rojo de las barandas de los puentes tampoco es meramente decorativo. En la cultura japonesa simboliza vida, protección y conexión espiritual. Es el color de los torii, los portales de los santuarios sintoístas, y actúa como resguardo frente a las malas energías. En el jardín, esos puentes funcionan como transiciones simbólicas entre lo terrenal y lo espiritual, en un derrotero que también dialoga con el budismo y la búsqueda de una espiritualidad más elevada.
Este es el primer año que el parque abre al público. El acceso se realiza mediante reserva, ya sea para visitas guiadas -de aproximadamente una hora y media- o recorridos libres que permiten disfrutar del espacio durante todo el día. Las visitas guiadas parten de un gran portón de hierro artesanal que representa el árbol de la vida, símbolo de la familia López Mena. Fernando y Antonella, ambos paisajistas, acompañan el recorrido, invitando a vivir la experiencia más allá de lo visual, incorporando el olfato, el tacto y el sonido.
El parque cuenta con accesibilidad, baños, estacionamiento y admite mascotas con correa. Al finalizar la visita guiada, la experiencia se completa con un picnic de productos propios: quesos, dulce de leche y derivados lácteos del tambo familiar Talar; aceites de oliva del campo de olivos; pan casero y limonada fresca. Una merienda sencilla y casera que invita a quedarse, compartir y cerrar la experiencia en clave de disfrute.
A diferencia de otros jardines japoneses más concurridos y turísticos, este espacio propone tiempo, silencio y conexión real con la naturaleza. Un lugar para caminar descalzo, detenerse, meditar o simplemente estar. Un jardín pensado no para la foto, sino para la experiencia profunda y personal.
Abre de miércoles a domingos, de 9:00 a 18:00 horas.
Cel.: 094 500 125
Instagram/@jardinjaponespunta
www.jardinjaponespunta.com