A pesar de ser la nación más poblada del mundo, solo el cinco por ciento del territorio de la India, está reservado para la naturaleza. En ese espacio habita el 70 por ciento de los tigres del mundo, y cerca del 60 por ciento de los elefantes asiáticos. Allí creció la nueva Rolex National Geographic Explorer of the Year, Krithi K. Karanth, quien vivió la mayor parte de su infancia entre las maravillas naturales de su tierra, en contacto con la flora y fauna local. De hecho, avistó su primer leopardo a los dos años y, a los ocho, ya rastreaba tigres con su padre, un reconocido biólogo y conservacionista especializado en estos félidos, los más grandes del mundo. “Mi interés por la vida silvestre comenzó siendo muy joven. Cuando tenía un año comencé a ir a la selva, porque mi padre es un biólogo y conservacionista muy conocido, así que tuve una infancia muy divertida. Los primeros 17 años los pasé observando animales, y al principio no pensaba dedicarme a esta actividad como profesión. Eso llegó más tarde. Cuando a los 22 años empecé mi maestría en la universidad de Yale estaba interesada en las ciencias ambientales y la geografía, y para mi trabajo de campo tuve que diseñar un proyecto de investigación. Me encontré haciendo un trabajo de conservación y haciendo preguntas en mi país natal. Fue entonces que decidí ser científica de la conservación", recuerda Karanth.
Sin embargo, vivir una infancia vinculada positivamente a los animales salvajes no es precisamente la experiencia típica de la mayoría de los niños en la India. Estos suelen tener una relación muy diferente con la naturaleza. Como explica Karanth, esto se debe a que la mayoría de la gente desconoce la fabulosa biodiversidad del país, y mucho menos su importancia. De hecho, suelen considerar a los animales simplemente como una amenaza para sus cultivos y ganado.
La investigación de Karanth, quien colabora con National Geographic desde 2011, estima que cada año se denuncian unos 100 mil incidentes conflictivos entre la fauna silvestre y los humanos. Decidida a cambiar esta situación, la científica lanzó en 2015 su programa Wild Seve, un sistema de respuesta a conflictos con un número de teléfono gratuito para que las personas reporten este tipo de problemas y reciban apoyo para solicitar una compensación económica al gobierno en caso de sufrir pérdidas. Esto que comenzó en solo dos reservas, se expandió a más de 30 parques en toda la India.
Tres años después, Karanth amplió el proyecto abordando la raíz del problema: la educación. En 2018, fundó Wild Shaale, un programa educativo para niños que entran en contacto con la fauna silvestre en su vida diaria. El lanzamiento se realizó en 38 aulas y desde entonces la iniciativa se ha extendido a 1.626 escuelas rurales, inspirando a más de 72 mil niños, y está presente en 39 reservas del país.
No contenta con lo anterior, en 2020, Karanth fundó Wild Surakshe, un emprendimiento que trabaja con líderes comunitarios, así como con trabajadores forestales y sanitarios, para generar conciencia, fomentar alianzas y salvaguardar vidas y medios de subsistencia. El programa lleva más de 1.300 talleres realizados, en los que participaron aproximadamente 50 mil personas.
Con semejantes credenciales, no es de extrañar que el trabajo de Karanth resulte inspirador y le haya valido numerosas distinciones, incluida la beca número 10.000 de la National Geographic Society. Directora Ejecutiva del Centro de Estudios de Vida Silvestre (CWS) en India, fue reconocida en 2019 con el Premio Rolex a la Empresa; y en 2025 con el Premio McNulty. Este año recibió el Premio Esmond B Martin de la Royal Geographical Society, y acaba de ser distinguida como Exploradora del Año 2026 de Rolex National Geographic. “Este nombramiento es un honor increíble y una gran responsabilidad. En este momento crítico para nuestro planeta, la necesidad de una conservación basada en la ciencia, fundamentada en la evidencia y la colaboración, es más importante que nunca. Donde la megafauna emblemática comparte espacio con los seres humanos, es urgente diseñar programas dinámicos profundamente arraigados en las realidades de la vida de las personas. Podemos cocrear y reimaginar un mundo con valentía y perseverancia para garantizar que tanto la fauna silvestre como las personas prosperen”.
Vale recordar que este galardón forma parte de la Iniciativa Perpetual Planet de Rolex y se otorga a líderes en la exploración, que a través de la narración de historias, arrojan luz sobre descubrimientos y desafíos que enfrenta nuestro planeta, inspirando acciones para un futuro más sostenible.
Apenas dado a conocer el nombramiento de Karanth, PAULA entrevistó en forma exclusiva para Uruguay a la científica, junto con un selecto grupo de medios internacionales.
–¿Cómo evolucionó la relación entre la gente y la fauna salvaje en el contexto del cambio ambiental?
–Creo que las relaciones entre humanos y vida silvestre son complejas, y pueden catalogarse como positivas, neutrales y negativas. Un ejemplo de las primeras es la gente que sale a disfrutar, a hacer senderismo, y a observar animales. La relación neutral es la que sucede la mayor parte del tiempo. Se ven animales silvestres, aves o lo que sea que pase a nuestro lado, y realmente no les prestamos atención. Las relaciones son negativas cuando las personas resultan heridas o muertas, o cuando pierden ganado o sufren daños en sus propiedades y cultivos a causa de los animales. Por otro lado, en el público se genera sufrimiento e indignación ante los casos de mutilación y experimentación en animales mediante ingeniería genética. Para mí, el gran cambio ha sido que la cobertura mediática del espectro de interacciones humanas y vida silvestre, se centra sobre todo en lo negativo. Hay poco sobre las relaciones neutrales y mucho menos sobre las interacciones positivas. Existe cada vez mayor cobertura negativa, ya sea culpando al animal o a las personas que hacen algo mal o tonto. Creo que tiene que haber un equilibrio en cómo mostramos esa compleja relación.
–Su trabajo se enfoca en la coexistencia entre las personas y la vida salvaje. ¿Es posible lograr un equilibrio, particularmente en lugares como India?
–En realidad, no me satisfacen la palabra balance ni el término coexistencia. La gente se está adaptando constantemente a los animales, y viceversa. No existe una única solución para toda la gama de problemas que se presentan en estas relaciones. Entonces debemos seguir resolviendo temas a corto y largo plazo. En términos de intensidad de desafíos, estos se incrementaron, particularmente en India, donde hay una densidad de población mayor que en cualquier otro lugar del mundo. Por otro lado, los movimientos de los animales salvajes no se ciñen a los límites de las áreas protegidas, en especial los tigres, elefantes y leopardos, que viajan grandes distancias, y salen de los parques, atravesando campos de cultivos, y tienen encuentros con personas. Sí comprobé que en India hay mayor tolerancia hacia la vida silvestre que en otros países, en términos de números de denuncias de incidentes. Es más, las tasas de represalias son realmente bajas en comparación con América del Norte y Europa. Eso significa que allí hay una mayor tolerancia cultural o respeto hacia los animales y otras formas de vida. Cuando hay poca tierra y se lucha por los recursos, y tu comida se ve dañada repetidamente por animales grandes, se puede perder la paciencia. Ahí es donde siento que la gente puede volverse intolerante y tomar represalias contra los animales.
–¿Esa mayor tolerancia cultural proviene de la proximidad con la vida salvaje?
–Si pienso en un país comparable, como China, ciertamente no les queda tanta vida silvestre como en India. En otros países asiáticos, como Indonesia, Tailandia y Camboya, muchos de los mismos animales que están en la India, estaban allí también, y desaparecieron. En India esa tolerancia persiste y creo que se debe a una combinación de factores que juegan a favor, desde el hinduismo a un montón de religiones animalistas y a tradiciones culturales. En Brasil también, se venera mucho a los animales por su poder. Creo que la complejidad de todo esto hace que las culturas más antiguas valoren a los animales de forma diferente. Los ven como seres con los que comparten la tierra, pero que han existido desde hace más tiempo que los humanos en muchos lugares. Creo que en esos lugares existe el concepto de no lastimar a seres que no te afectan directamente.
–¿Esa tolerancia se puede construir o enseñar?
–Creo que sí. Lleva mucho trabajo, pero sí es posible. Nosotros manejamos un programa de educación en conservación que trabaja con niños que viven cerca de reservas de fauna silvestre donde se ven tigres y elefantes. En esos contextos puede que no vean a los animales de manera positiva porque pueden haber dañado sus granjas, o sus casas o a pueblos, pero el programa Wild Shaale, que manejamos para niños en el entorno de los 9 años nos está mostrando que los niños indios son altamente empáticos. Eso hace que el trabajo de construir aprecio y cuidado por la naturaleza desde la infancia sea algo más sencillo. Claro que es algo que se debe reforzar a lo largo de toda la infancia y adultez si se quiere mantener esta preocupación por la naturaleza.
–La humanidad se desarrolló ligada a la flora y fauna, ¿a qué atribuye esta desconexión que lleva a dar la naturaleza por descontado?
–Creo que sucedió cuando empezamos a expandir la agricultura. Hasta entonces la gente era nómade, y se movía por todo el planeta, pero cuando echaron raíces en un lugar y se intensificó la agricultura, inmediatamente se comenzó a fragmentar el hábitat de la fauna silvestre. Esta sensación de dominio de un pedazo de tierra, y de que los recursos son para uso exclusivo de los humanos, hizo que la posibilidad de compartirlos con la fauna se volviera algo secundario. Esto sucede desde hace 10.000 años, no es un fenómeno nuevo. Basta pensar que en un planeta con ocho billones de personas frente a un número cada vez menor de animales grandes, estos quedan en una situación problemática mucho más complicada que la de las mariposas, sapos u otros insectos. Da igual que sean los jaguares en América del Sur, los lobos en Estados Unidos, o los leones en África, estos animales grandes requieren mayores hábitats y rutas; esto justamente los ubica en situaciones más complejas debido a las acciones humanas.
–¿Es posible replicar sus programas de conservación como modelos escalables en otros países?
–Bueno, más allá de la parte del mundo en que te encuentres, las necesidades de un jaguar, de un león, de un tigre o de un leopardo son bastante similares en cuanto a alimentación y al espacio que necesitan para sobrevivir. Creo que lo que hacemos en India es muy aplicable en otros países donde hay animales grandes viviendo cerca de la gente. Preveo que los desafíos que hoy enfrentamos en India, se van a intensificar en Indonesia, Kenia, Brasil, y muchas partes del globo. Brasil y Congo tienen mucho más territorio, pero en numerosas partes del mundo donde las poblaciones humanas crecen rápidamente junto a áreas silvestres, se presentarán estas mismas tensiones entre las necesidades de los grandes animales y las de los humanos. Los principios ecológicos son los mismos, y donde resultan efectivos es donde se tiene que construir de cero. Algunos de estos programas están desde hace once años, otros desde hace nueve o seis, pero todos comenzaron en un parque, luego se incorporó otro, y luego otros tres, y eso escaló. Sin embargo, nadie parece darse cuenta que la preservación de la naturaleza lleva tiempo. Lo bueno es que cuando se empieza desde abajo se construye comunidad, se genera confianza con los actores locales, que son los que hacen la diferencia, sea un granjero, trabajadores forestales y sanitarios, o personal veterinario, toda esa gente está comprometida en la gestión a largo plazo de la relación entre el hombre y la vida silvestre. Y nada sucede de la noche a la mañana. Algunas cosas suceden en años, otras en décadas, pero todo se puede hacer porque además tenemos la ventaja de la tecnología. También hay que ofrecer referencias relevantes localmente: no le hables a los niños de India de las jirafas; no le hables a los chicos brasileros de los canguros. La gente adopta lo que está en su tierra y lo que ve en su contexto, y eso es muy sencillo de construir
–La caza furtiva, el tráfico y la pérdida de hábitats son las principales amenazas que enfrenta la vida silvestre en la actualidad. ¿Hay avances?
–Creo que la caza furtiva está en un pico histórico. Nuestro programa CWS cuenta con una red de información en alrededor de 30 parques; registramos los incidentes que están por suceder o recién pasaron, compartimos la información con las autoridades, y ellos toman medidas. Lo que ahora notamos es que ya no son solo tigres y elefantes, son búhos, nutrias, pangolines; hay una enorme demanda de la carne de estos animales, aunque también vivos. Lamentablemente, contando con un celular, los traficantes pueden estar en cualquier lado, y los pedidos se colocan en Internet. Hoy es mucho más fácil perpetrar estos delitos y salirse con la suya porque ya no es necesario el contacto cara a cara entre quien hace el pedido y quien ejecuta la matanza. En India hay una enorme demanda no solo de animales sino de productos basados en plantas que se extraen sin cuidados mínimos. Creo que no hay suficiente storytelling acerca de estas cosas; puede que las personas lo hayan intentado y se cansaran, pero no veo que circule lo suficiente. Habría mucha más indignación pública si se descubriera lo que sucede con los animales. La gente querría actuar y proteger la vida silvestre. Necesitamos más películas de divulgación; después de las drogas, del tráfico sexual y del de armamento, este es el cuarto comercio ilegal más grande del mundo, y va de la mano de los otros tres, pero entiendo que no se sabe lo suficiente, sino la gente no me preguntaría, ‘¿esto realmente está sucediendo?’.
–La conservación de la naturaleza depende en gran medida de los políticos y de los gobiernos, así como del storytelling y de la ciencia, ¿cómo maneja estos factores?
–La política siempre estará presente. Los políticos y los gobiernos son cruciales para la preservación, pero vivimos en países donde las autoridades pueden o no estar interesadas en el tema, e incluso asumir diferentes grados de compromiso. En estos casos creo que la independencia de los científicos, de los conservacionistas y de las organizaciones es clave, porque nuestro trabajo debe hacerse independientemente de quien esté en el poder. Creo que siempre hay que aprovechar cada posibilidad de trabajar con el gobierno porque en países como India y Brasil, controlan el territorio donde todo esto sucede. En África y América Latina también se ven modelos comunitarios de conservación donde hay zonas individualizadas o propietarios de tierras, pero el gobierno es siempre el principal accionista. Entonces es necesario comprometerlo, pero los científicos, conservacionistas, y organizaciones independientes tienen el rol de alzar la voz cuando ven que las cosas no se hacen correctamente. Lamentablemente, es cada vez más común que la gente no quiera hablar o sea muy medida en lo que dice, por miedo. Hemos visto periodistas dedicados al medioambiente ser procesados por brindar información que no le convenía a alguna corporación o al gobierno. En estos temas, replegarse y ser neutral, o decir cosas buenas y positivas no es una opción. Se necesita un enfoque que hable de lo que se hace bien y que llame la atención sobre lo que no.
“Creo que habría mucha más indignación pública si la gente descubriera lo que sucede con los animales. La gente querría actuar y proteger la vida silvestre si supiera lo que pasa. Después de las drogas, del tráfico sexual y del de armas, este es el cuarto comercio ilegal más grande del mundo, y va de la mano de los otros tres”.
–Como mujer líder en un campo históricamente dominado por hombres, ¿cuál fue su experiencia?
–No creo que haya sido fácil, me he dado cuenta que nunca lo es. Cuanto más joven y articulada se es, más desafiante resulta, pero son cosas de la vida. Una se vuelve más valerosa y resiliente para enfrentar los retrocesos que se presentan en el camino, pero lo que me da esperanza es que veo un montón de mujeres jóvenes incorporándose al mundo de la ciencia y el conservacionismo. Hay mucha más gente que desea hacer esto. Creo que habría que crear sistemas de soporte que posibiliten que las mujeres se desarrollen a toda edad y etapa de la vida, y hacerles entender que verán un montón de obstáculos en el camino, pero si creen que van por la ruta adecuada, que tengan confianza en sí mismas y no se contengan.
–En un momento en el que las crisis ambientales se intensifican, ¿cómo planea usar la plataforma y apoyo de Rolex y National Geographic para llevar adelante su misión?
–Creo que hay dos cosas para mí. Desde hace 15 años soy exploradora de NationaI Geographic, que ha sido un apoyo muy grande con todas las cosas nuevas que siempre quise intentar en estos años. Luego se presenta Rolex, y de repente no era solo hacer cosas innovadoras en un área pequeña, sino qué tan audaz y ambiciosa podía ser para llevar nuestro trabajo a muchos más lugares. Este ha sido el trabajo de los últimos siete años, que lo llevamos a otras geografías y contextos demostrando que funciona. Ahora tengo la esperanza de poder llevar esto al mundo y me encantaría probar estos programas en Brasil, en Ecuador, en Kenia, en Indonesia. Creo que los principios fundamentales con los que hemos diseñado el trabajo son lo suficientemente sencillos, funcionan en torno a los animales, del lugar y de la gente, y pueden llevarse a otros países, entonces espero poder llevar esta asociación a otros lugares del mundo.
–¿Qué significado tuvo para usted ser nombrada como la Rolex National Geographic Explorer of the Year?
–Amo a ambas organizaciones; siempre digo que National Geographic fue una de las primeras organizaciones en creer en mí, y eso me da tranquilidad. Entiendo que es una institución que me va a dar contención sin importar los altibajos que tenga en mi carrera. Cuando se cuenta con el respaldo de dos casas tan poderosas, uno asume la profunda responsabilidad de hacer más, de aceptar mayores desafíos, y de ser más audaz.