Diego Lamas
Las nuevas reglas obligaron ya el sábado (de Australia), a que Michael Schumacher y Takuma Sato largaran últimos. Mientras al frente Fisichella clasificaba justo antes de la lluvia, con un manejo perfecto en un Renault todo nuevo para él. Allí estaban las dos puntas. Así Melbourne puso por dos veces el semáforo el verde y el simpático romano comenzó a tejer el trabajo, de punta a punta.
Luchas aisladas en el medio, en el fondo, daban un nuevo sabor a este Gran Premio que a las 10 primeras vueltas, al igual que en épocas recientes y pasadas se olvidaba del puntero y sus escoltas, Trulli y Coulthard. A todo esto comenzábamos a vivir las novedades. Se acabó el show del cambio de neumáticos. Y los cronómetros corroboraban lo previsto. Pese al freno impuesto por vía Reglamentaria, los tiempos comenzaban a bajar. Y otros hechos significativos. Red Bull en manos del escocés nada tenía que ver con el Jaguar de hace pocos meses. Los Bar-Honda caían, se desinflaba Mc Laren Mercedes, BMW no daba lo que prometía y se elevaba sí, solo contra todos, el genial Alonso que estuvo a punto de cerrar el uno-dos de Renault con un manejo audaz hasta que su límite se encontró con un Barrichello que desde bastante atrás y con una táctica tipo Rubens, pulida por Ferrari, subía hacia el segundo lugar, impecable.
Así nació, con un heptacampeón desfigurado y abandonando por vez primera en 7 años, un Mundial 2005 que mostró transformaciones inesperadas y positivas, donde el aficionado y porqué no, el periodista, disfrutaron con este inicio y se congratularon que aún falten 18 Grandes Premios.