Diego Lamas
Luego de la previa incertidumbre climática, salió el sol nipón y el 17º Gran Premio del Japón arrancó con Michael y Ralph a la cabeza. En la madrugada de ayer todo lo que se vio en el Circuito de Suzuka que conociéramos hace ya unos años, fue aséptico, previsible e invitante para el bostezo. El Campeón Mundial se iba en punta y donde comenzó la carrera, en realidad, terminó. En Ferrari Schumacher volvía y de paso ponía a Barrichello en un manto de sombra. Bar-Honda fue en manos de Button y Sato, una muestra de perfección haciendo delirar a 163.000 japoneses que vivaron a su héroe Takuma Sato. En 53 vueltas tan cronométricas como tediosas, lo único rescatable fueron unos minutos protagonizados por Trulli, Montoya y Seu Rubens. Escaramuzas de carrera que sólo sirven para desviar el pestañeo.
El domingo 24 en Interlagos la Fórmula Uno del 2004 bajará el telón a una obra donde la perfección repetida sigue preocupando a los organizadores, que continúan buscando una solución que no asoma. El solitario es cada vez más eficiente, su equipo lo sigue y todos los demás conforman un entorno donde la lucha parece desaparecer en cada Gran Premio y donde la competitividad se limita a llegar más cerca de la punta, que no cambia de dueño. Intriga pensar cuál es el futuro de un deporte que vive esta crisis insólita.