Paliza histórica

| La franja demolió al aurinegro después de arrancar abajo 2-0 y la Amsterdam explotó de ira

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EDWARD PIÑON

Seis minutos de juego en el Estadio Centenario, Peñarol se puso 2-0. En el palco de la prensa, dos periodistas se animaron a augurar el final: "se terminó el partido".

Y era lógico que pensaran eso. El grande arriba en el marcador, con dos golpes que vinieron casi del vestuario, no podía imaginarse otro desenlace. Sin embargo, la diferencia había llegado como consecuencia de los errores defensivos de Danubio y no por la imposición futbolística del aurinegro.

Por eso, un poco más tarde, cuando Juan Manuel Salgueiro entró a desnivelar por la franja derecha, cuando Ignacio González se apoderó del balón, empezó a cimentarse la humillación más grande que un cuadro chico —en este caso, mal denominado así—le realizó a un grande.

Con el tuya y mía, con la búsqueda constante del desborde y con el dominio absoluto del medio campo gracias al tremendo despliegue que efectuaron Walter Gargano y Richard Pellejero, Danubio demolió a un Peñarol que no tuvo ni siquiera la capacidad de responder con rebeldía.

Por eso mismo es que su hinchada, cuando el reloj marcó 69 minutos de juego y el tanteador reflejaba un 5-2 (todavía faltaban dos goles más del equipo de Gerardo Pelusso), la hinchada de la Amsterdam explotó y lanzó una andanada de cánticos hirientes y agresivos hacia los jugadores. Comenzó con el "oohhh, que se vayan todos, que no quede, ni uno solo", pero siguió con otros más fuertes, cargados de insultos.

De esa forma, ellos mismos se dieron cuenta que no tenía valor alguno la excusa de responsabilizar al juez José Gijón por la forma en la que Danubio dio vuelta el partido. Porque si bien podría aceptarse que la expulsión de Adrián Apellaniz —por doble amonestación— es discutible, no fue ese fallo el que dio vuelta todo.

El cambio del 2-0 a favor por el 7-2 en contra vino como consecuencia de un nivel superior de Danubio, que protagonizó un triunfo memorable porque copó la cancha. Porque jugó con inteligencia, porque se le instaló a Peñarol en su terreno y no lo dejó salir. Le quitó toda posibilidad de reacción al anular a Alberto Acosta, lo maniató y lo fue apabullando con cada sutileza del "Nacho" González, con cada arremetida de Salgueiro por los costados.

El resultado es lapidario. Aunque tiene el mismo valor en la tabla de posiciones, marca un antes y un después. A no dudarlo, una paliza de esa naturaleza no podrá borrarse fácilmente.

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