Ramón Barreto y Jorge Larrionda marcaron una época en el arbitraje local e internacional. Técnicamente impecables, de firme personalidad, respetuosos y exitosos a lo largo de sus respectivas carreras.
Tanto uno como el otro tienen muchas historias clásicas, aunque claro está, arbitraron en épocas muy diferentes. El profesor Barreto y su alumno Larrionda, recordaron vivencias clásicas. Siempre haciendo sonar el silbato.
"En mi primer clásico hubo control antidoping para los árbitros y en el sorteo me tocó a mí. Fue increíble, nunca antes había sucedido. Recuerdo que ese partido se definió con un gol de Tyson Núñez. Le hicieron un pase largo al hondureño y la pelota sobrepasaba a José Enrique De Los Santos. El zaguero metió la mano, pero no logró detener la trayectoria, era una jugada de expulsión y en el momento que me llevé el silbato a la boca para marcar la infracción, la pelota estaba adentro del arco", cuenta Larrionda, ahora asesor de FIFA en el tema arbitral. Y agrega: "Fui alumno de Barreto y una de las primeras cosas que me enseñó fue que el árbitro debe llevar el silbato en la mano, ya que arbitrar es pensar y la ley de ventaja es algo que distingue al árbitro. Y ese clásico se definió por una ley de ventaja. Si yo hubiera tenido el silbato en la boca, por ahí se armaba terrible lío", recuerda.
"Lo que pasa hoy, sucedió siempre. La designación del árbitro para el clásico siempre despertó expectativa. En mi caso, antes de que hicieran la designación directa, me enteraba diez días antes y, de esa manera, podía prepara el partido con tranquilidad. Antes de entrar a la cancha, sabía las zonas conflictivas debido a las características de los jugadores. Los estudiaba, sabía quién podía complicar mi tarea y quién no", dice Barreto, uno de los árbitros más laureados en los `60 y los `70.
Y Larrionda mete cuchara: "Por lo general, el jugador recio no habla, mira fijo y trata de intimidar a sus rivales con la mirada. Recuerdo que en ese sentido viví un clásico con un momento muy candente en el sorteo previo al partido, cuando el capitán de Nacional era Carlos Camejo y el de Peñarol Pablo Bengoechea y el primero de ellos había declarado públicamente que no saludaría a su colega de Peñarol. Darío Rodríguez se paró detrás de Bengoechea y miraba fijo a Camejo. Realmente fue un momento tenso, bastante complicado por todo lo que se había hablado previamente".
Barreto agrega: "Al `Toto` Ruben Giménez, que jugaba en Nacional, lo expulsé en varios clásicos. Un día nos encontramos y le dije que no tuviera complejos conmigo, que no entrara a la cancha pensando que lo iba a echar, y dio resultado: nunca más lo expulsé. Otro que jugaba al filo del reglamento era el `Mudo` Montero Castillo, pero le hablaba de entrada y no había problema. El `Peta` Luis Ubiña jugaba duro, pero no le faltaba el respeto ni a los contrarios ni a los árbitros, jugaba al límite, pero era leal", dice.
Barreto no se olvida de esos duelos titánicos de los 70. Y tiene especial recuerdo del `Tito` Néstor Goncálves: "Lo veía trancar la pelota y me dolía a mí, pero siempre leal. Si ellos si tenían que dar una `patada` la daban, pero nunca fueron llorones, ninguno se bajaba las medias para decirme, mirá la que me metieron. `Pepe` Sasía era otro que nunca se quejaba y eso que le pegaban con todo".
Larrionda manejó su estilo propio. Y le fue bien: "Nunca me molestó el diálogo con los jugadores en pleno partido. Nunca me pusieron nervioso ni lograron que perdiera la concentración. No concibo el fútbol para mudos, todo dentro de reglas de respeto básico, obvio. Otras de las grandes enseñanzas de Ramón (Barreto) fue que el árbitro le mida la temperatura al partido y que tenga la capacidad de adaptarse. Un mismo árbitro puede conducir varios clásicos, pero no todos son iguales. El mejor árbitro es el que logra adaptarse a las característica del partido que está dirigiendo. La personalidad al sacar la primera amarilla es clave, marca la cancha para el futbolista y él sabe hasta donde puede llegar o no".
Barreto acompaña las palabras de Larrionda. "En los clásicos nunca permití que los jugadores me reclamaran faltas. Ojo: y en los primeros que arbitré todavía no se habían implementado las tarjetas amarillas y rojas. Después, fue todo mucho más sencillo, pero debo reconocer que muchas veces los árbitros actuales no las saben administrar. Ahora las muestran ante el primer roce y eso lleva a que después se sucedan las expulsiones".
Larrionda recuerda otra de sus batallas clásicas: "Hubo uno que comenzó con dientes apretados, a los 15 minutos dos jugadores fueron con todo y me dije `esta es la mía`, le saqué roja a los dos y de ahí en más se normalizó todo. Nadie esperó esas expulsiones de arranque. Muchas veces esa estrategia sale mal, pero por suerte los demás entendieron el mensaje. No iba a permitir excesos. El tema es que los jugadores se adapten a lo que el árbitro propone. Son momentos, pasajes del partido, pero siempre es mejor encauzar todo de entrada".
Ahí están. Ramón Barreto y Jorge Larrionda, dos árbitros que marcaron a fuego el referato del fútbol uruguayo. Dos jueces que tuvieron vivencias increíbles en clásicos, dos hombres de negro que terminaron por convencer a los jugadores de Nacional y Peñarol que lo mejor era jugar y dejar las protestas de lado. Dos señores vestidos impartir justicia.
R. Barreto
Tiene 72 años. Estuvo en dos finales de Copas del Mundo: en 1974 y 1978. También arbitró el duelo de las dos Alemania en el `74. Fue un referente en el arbitraje local. Un hecho: en 1977 expulsó a Trevor Cherry en un partido entre Argentina e Inglaterra. Cherry es el único jugador inglés hasta hoy, expulsado en un partido amistoso.
J. Larrionda
Tiene 44 años, fue designado como árbitro internacional en 1998. Arbitró en dos Copas del Mundo: en la de Alemania 2006 y la de Sudáfrica 2010. En el mundial de Alemania fue el árbitro de la semifinal entre las selecciones de Francia y Portugal. También dirigió varios partidos en la Copa de las Confederaciones y arbitró varios encuentros correspondientes a los Juegos Olímpicos de Grecia en el 2004.
Entre el error, y lo que gritan de las tribunas
Antes la terna concentraba y ahora llega al estadio con custodia policial
El clima clásico siempre existió. Y no sólo para jugadores y técnicos. Los árbitros lo viven (y lo vivían) a la par de los grandes protagonistas.
Barreto recuerda lo que significaba ser designado para una contienda entre los grandes. "Seguro iba a ser a estadio lleno, eran partidos en donde no cabía ni un alfiler". Y agrega: "En mi época, antes de los clásicos, la terna se concentraba en un hotel de Atlántida junto a un masajista. Yo mismo hablé con la AUF y les pedí concentrar y nos dio un resultado bárbaro. El viernes de noche ya estábamos concentrados. Entre mate y mate planificábamos el partido y cuando llegábamos al estadio nuestra mente estaba metida cien por ciento en el clásico".
Larrionda dice que "la calle siempre tuvo lo suyo, pero el antes es positivo, ya sea por el mensaje de aliento o el pedido del hincha que grita, `cobrame un penal`, pero nunca hubo ningún tipo de problema. Y en el después, por ahí aparece algún grito producto del malhumor, pero en general la gente siempre me respetó".
Barreto saca cuentas y repasa con su mente: "Arbitré más de treinta clásicos uruguayos, además de varios Boca y River y Flamengo con Fluminense, pero los más complicados eran los de Rampla y Cerro, porque yo vivía en el barrio. Pero lo increíble es que siendo arachán nunca pude arbitrar un partido oficial en Melo. Ahora veo jugar a Cerro Largo por televisión y me digo: `pensar que arbitré en todos lados menos en mi pueblo`, sólo lo hice en algún encuentro amistoso".
A Larrionda nunca le preocupó lo que le gritaban desde las tribunas: "Los reclamos de los hinchas son descargas de energía, para mí nunca resultaron intimidatorios, eso le agrega adrenalina al juego y como el árbitro está concentrado en lo suyo, no influye para nada. Cuando el árbitro percibe un posible error, no es por los gritos de los de afuera, es más que nada por la actitud de los futbolistas. Ahí es cuando uno se queda con una dudita hasta que puede repasar la incidencia. En un clásico dejé sin sanción un penal por una mano de Darío Rodríguez y me di cuenta después del partido. De todas formas, aprendí a quedarme con lo que veo en la cancha".
Para Barreto, algunas cosas cambiaron: "En mi época no había tanto dramatismo con el arribo de la terna al Centenario. Eran otros tiempos donde el fútbol se disfrutaba con la misma pasión que ahora, pero sin cosas que se metieron en el entorno de este deporte. No había tanta locura, tanta violencia".
"Si comparo mi primer clásico con el último, fueron muy diferentes. Antes ingresábamos al estadio sin ningún tipo de seguridad, pero ya no fue lo mismo en los últimos años, donde en los partidos de trascendencia el dispositivo previo de seguridad cambió aquella alegría. Hasta recibí amenazas anónimas. Cambió mucho el tema... diría que hubo un proceso de deterioro. Antes decíamos: `¿dónde nos juntamos, en la puerta del estadio o en 8 de Octubre y Garibaldi?` Y no pasaba nada. Hoy eso es imposible de llevar a cabo".