Edward Piñón
Por culpa de la tercera derrota consecutiva —dos por el Clausura y una por la Copa Sudamericana— Nacional vive su peor momento deportivo desde que está al frente del equipo Daniel Carreño.
La situación es absolutamente complicada porque se dilapidó todo lo bueno que se había hecho en la primera mitad del año y porque el equipo está muy lejos de ser aquel arrollador y ganador que hizo que el sueño del tetracampeonato no fuera una quimera.
Hoy mandan los nervios, las necesidades, las urgencias y las presiones. Los hinchas más desmemoriados no perdonan ni un error y castigan con sus silbidos. Los resultados encierran cada vez más a los futbolistas que pretenden hacer olvidar a los triunfadores del pasado y para levantar esa carga ya no alcanza con el esfuerzo y la entrega.
Como se está caminando por callejones que amenazan con ser sin salida, se tiran manotones que buscan una salvación (léase Horacio Peralta). Pero nada de lo que se hace da resultado porque un equipo de noches estrelladas pasó a ser un equipo estrellado.
El tema es: ¿cómo se sale de esto? A juzgar por viejas historias, no hay otro camino que el de la unión de fuerzas. Este ciclo exitoso de Nacional que nació en 1998, no hubiese sido tal si a Hugo De León, por ejemplo, lo echaban después de sus primeras derrotas.