MARACAIBO EDWARD PIÑÓN
Dos horas antes del comienzo del partido, algo muy parecido a un desfile de carnaval brasileño dio toda la vuelta sobre la pista de atletismo. A ritmo de samba, las bandas musicales, las animadoras, los gigantes en zancos y las "garotas" hechas en Venezuela motivaron el aplauso de la afición, la que, naturalmente, se volcó a favor de los norteños.
Los jóvenes que buscaron alcanzar una de las tantas pelotas que se lanzaron desde el campo de juego hacia las tribunas fueron los únicos que ignoraron la música que invitó al baile.
Los globos amarillos, rojos y azules que fueron lanzados tras una serie de petardos le dieron más fuerza a una fiesta que hizo bailar hasta la mascota "Guaky".
Bocanadas de humo salieron de la parte posterior de la cabecera del tablero electrónico y la "scola venezolana-brasileña" puso más entusiasmo en su infernal ritmo.
El "verdeamarelho" se intensificó en las tribunas, mientras las negras nubes comenzaron a arrimarse al "Pachencho Romero" para hacer temblar a los que no querían mojarse más en un estadio venezolano.
Los hinchas uruguayos trataron de marcar su presencia, pero sus gargantas y banderas nada pudieron hacer contra un estadio que se movía con el mismo virtuosismo que tienen las cinturas de las mulatas de Rio de Janeiro.
A las 19.10 de Venezuela (una más en Uruguay) la mayoría siguió con la vista la marcha de los grupos animadores del "carnaval", pero un pequeño grupo se percató que el plantel celeste había ingresado al escenario. Unos pidieron por Diego Forlán y Álvaro Recoba para que giraran sus caras y poder registrar el momento. Otros, más pasionales, sacaron a relucir sus deseos: "¡Vamos Uruguay, vo!", "¡hay que ganar, Darío (Rodríguez)!".
Cuando la celeste llegó al escenario, los brasileños entraron al campo de juego y como simples aficionados se tomaron fotografías teniendo como telón de fondo tribunas que ya habían sido iluminadas artificialmente.
Después, también fueron espectadores de las imágenes que se emitieron por la pantalla gigante y en la que Ronaldinho apareció haciendo maravillas defendiendo a Barcelona de España. Quizás, al ver cómo se quedaron paralizados para no perderse detalle de esas jugadas, lo hayan extrañado.
Una pelota inflable blanca recorrió las tribunas, al tiempo que un helicóptero levantó mucho polvo de ladrillo de un campo de béisbol aledaño al escenario de fútbol.
Los animadores se aprestaron a ponerle el punto final a un acto que hizo llevadera la prolongada espera del inicio del juego, aunque los uruguayos no se resignaron a eso y comenzaron a hacer escuchar sus voces. Con muchas camisetas celestes, unas cuantas de Nacional, Peñarol y Cerro, más banderas de varias instituciones y varios pabellones patrios.
Faltaba poco para el pitazo de Óscar Ruiz y la ilusión se había encendido con la misma intensidad con la que el fuego sagrado acompaña el recorrido de la antorcha olímpica hasta el pebetero.
Mejoras: El estadio tuvo una gran evolución
El estadio, tomando como referencia el partido en el que Nacional venció a Unión Atlético Maracaibo (cuando lo dirigía Martín Lasarte) mejoró notoriamente. Los accesos al escenario están más cercados, se construyó una gran tribuna en la cabecera que en el Centenario sería la Ámsterdam, se renovó la principal y se erigió un gran tablero electrónico y un jardín con mástiles y banderas de los participantes cerró la Colombes.