SILVIA PEREZ
Caminar con Gerardo Pelusso por las calles de Florida es toda una experiencia. Ni él puede creer que lo paren, lo feliciten, y le cuenten como vivieron la campaña de Danubio en el Torneo Clasificatorio. Que le pregunten como son el "Bola" Lima o Pousso, y que le confiesen que hasta se emocionaron con los goles de Danubio, aun sin ser hinchas de la institución de la franja. "Mirá que en casa, somos todos hinchas de Nacional, pero ahora estamos a muerte con Danubio", le explicó una señora al pasar.
Pelusso se fue unos días para su pueblo natal con la intención de descansar. "Quería tomar mate y charlar con los amigos, comer un asado con la barra, y sin embargo, estoy lleno de compromisos. Me invitan a todos los programas, y a los colegios a dar charlas. Estoy todo el día corriendo, pero lo hago con gusto, porque es algo muy sincero, de adentro".
MOSQUITO. Gerardo Pelusso no pudo tener una mejor niñez. Su familia vivía en las afueras de la ciudad, casi en el campo y se crió jugando al fútbol. Su mundo eran la pelota y sus amigos. Allí, un vecino brasileño le puso el apodo que lo sigue acompañanado hasta hoy. El hombre estaba siempre sentado en la puerta y lo veía correr de un lado al otro a las casas de sus amigos organizando todo para ir a jugar al fútbol. El brasileño lo miraba y le decía: "siempre volando, mosquito", y le quedó.
Su padre, Francisco Pelusso tenía una empresa de ómnibus y él y su esposa Juana Boyrie quisieron que a sus hijos, Gerardo y René, no les faltara nada. "No tuvimos lujos ni regalos costosos, pero sí un buen pasar. Tuve todo, el amor de mis padres y de toda mi familia. En los últimos años de su vida vivió con nosotros, Simón, mi abuelo por parte de madre. Era un viejo lindo, pero timbero y vago, y mi padre un tano disciplinado y trabajador. El viejo se pasaba pidiendo plata para jugar a las cartas y mi padre se agarraba cada calentura bárbara. Yo andaba con mi abuelo de arriba para abajo, pero viviendo con los dos, un día me di cuenta de lo que quería para mi vida: ser como mi padre".
Fue al colegio San José y era un excelente alumno. Las monjas lo marcaron. "Las monjas eran estrictas. El que llegaba cinco minutos tarde no entraba y se tenía que volver para su casa. A veces mi padre me llevaba al colegio en auto, pero otras me venía en bicicleta desde las afueras. Eran cuatro kilómetros, pero nunca llegué tarde. Gracias a eso jamás llegué tarde a un entrenamiento en mi vida. Años después, cuando fui a jugar a Montevideo me tomaba el tren de las 5:30 horas, y viajaba seis horas, tres para ir y otras tres para volver, pero nunca falté ni llegué tarde. Por eso, cuando los jugadores me dicen que llegaron tarde porque se durmieron no lo acepto bajo ningún concepto. Soy estricto con las cosas elementales: el respeto, el orden y la organización".
Wembley. Cuando visita el barrio Cuchilla Santarcieri, y pasa por la casa donde se crió, que aún sigue siendo suya, no puede evitar emocionarse. Señala los campos donde hoy hay casas y cuenta: "allí era la Bombonera, aquella era Wembley y esta otra, el estadio Centenario". Y se ríe, "cada campito tenía un nombre. Y en esa pared, aprendí a pegarle con las dos piernas. Solo. Hice un arco enfrente, entonces, le pegaba con efecto y yo mismo atajaba. Y en ese aljibe tomaba agua toda la barra. ¡Cuántos recuerdos! El día que tomé la primera comunión los padres habían preparado una reunión para después de la ceremonia. Yo tenía una final en el campito y me escapé de mi vieja. Me vine corriendo los 4 kilómetros hasta casa con los zapatos de charol que me apretaban. Tiré todo y me fui a jugar. Me buscaron como locos y esa noche, mi madre casi me mata".
Al fondo de su casa estaba la cancha de Ferrocarril, un club que ya no existe. Quizás por eso Pelusso nunca jugó al baby fútbol y siempre se entreveró entré los mayores. "Empecé con 9 años en la categoría de los grandes. Me acostumbré a jugar en esa cancha, 20 contra 20. Prefería a los grandes aunque me mataran a patadas y tuviera que esquivar las piedras. Jugaba de cualquier cosa, donde me precisaran". A los 11 años jugaba en Tercera con los de 18, y era número 10, pero en la selección juvenil de Florida, la que integró con 14 años, le buscaron un puesto y lo pusieron de zaguero. "Enseguida me gustó. Me parece un puesto para inteligentes. Estás mirando el partido, tenés que leerlo, saber donde empieza la jugada y donde va a terminar y allí tenés que estar vos".
Fue por esa época, cuando Rossi, un amigo de la familia que era masajista en Peñarol lo llevó a probarse. Lo quisieron dejar en la Sexta División, porque en Quinta había un equipazo y no tenía puesto. Entonces Rossi lo llevó a Racing. Por un lado era mejor, al menos le quedaba al lado de la estación de trenes de Sayago. "Fui a practicar y éramos como 300 gurises con el bolso al hombro. Cuando me tocó entrar jugué 15 minutos y me dijeron que saliera y le diera el chaleco a otro. Pensé que me volvía a Florida, pero me dijeron que me presentara al otro día. Practiqué y me ficharon".
Al principio le costó un poco integrarse, sobre todo porque llegaba, practicaba y se volvía en tren para Florida. Almorzaba a las tres de la tarde y de noche iba al liceo, donde también fue un excelente alumno. Como tenía abono, los domingos se tomaba el tren y volvía a la capital a ver partidos. "La primera vez que fui a Jardines a ver jugar a Racing con Danubio me costó mucho llegar. Tuve que tomar varios ómnibus y preguntar varias veces. Me senté en la tribuna de la palmera. Miraba y me parecía el estadio de Wembley".
Trayectoria
COMO JUGADOR
Ferrocarril de Florida
Selección Juvenil de Florida
Racing
Nacional
Colón
Liverpool
At. Potosino, México
Dep. Quito, Ecuador
Liga Deportiva, Ecuador
Emelec, Ecuador
COMO TECNICO
Emelec, Ecuador
Quilmes de Florida
Atlético Florida
Selección de Florida
Liverpool (segundo entrenador)
Quilmes de Florida
Cerro
Dep. Iquique, Chile
Everton, Chile
Frontera de Rivera
Racing
Aucas de Quito, Ecuador
Macará de Ambato
Cerro
Danubio