El sueño de la casa propia

Mucho antes del Roosevelt, Peñarol tuvo escenarios y varios proyectos más.

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LUIS PRATS

Cien años, unos cuantos kilómetros y un río de polémicas separan la vieja cancha del ferrocarril con la aspiración del gran escenario en el Parque Roosevelt, capítulos de la larga historia de los estadios de Peñarol, que combinó noticias de primera plana con períodos de completo silencio.

En ese viaje, los aurinegros vinieron de Pueblo Peñarol, se establecieron en el Marconi, llegaron hasta Pocitos y dieron una vuelta por el Parque Rodó para poner su vista finalmente en el Este: primero el Parque Rivera y luego Canelones. Pese al largo periplo, la mayor parte de sus partidos de las últimas ocho décadas los jugó en el Centenario, que en algún momento, incluso, se le propuso administrar. Después de todo, el Centenario fue diseñado por un hincha (y luego presidente) del club: Juan Scasso.

Nada de eso se vislumbraba cuando el Central Uruguay Railway Cricket Club inauguró su campo de deportes junto a los talleres del ferrocarril en Peñarol, en abril de 1892. La primera actividad que se realizó allí fue una competencia atlética. Después albergó cricket, hasta que la pasión por el fútbol conquistó al club. La cancha, en Camino Vilarón (hoy Coronel Raíz) y Camino Casavalle, era un simple terreno de juego cercado, con un vestuario, un pequeño palco y un local que funcionaba de administración.

En 1913, la empresa se negó a permitir los partidos junto a los talleres, por los inconvenientes que originaba la agitación futbolera. La necesidad de emigrar desencadenó el proceso que llevó del CURCC a Peñarol. Hoy en el predio de la antigua cancha se levanta un complejo de viviendas, donde el club colocó el año pasado un recordatorio por gestión de Enrique Benech, permanente arqueólogo de las canchas peñarolenses.

Ya los aurinegros se habían movido para conseguir otra cancha. Si ya no podía ser el ferrocarril, tenía que ser el tranvía, cuyas empresas patrocinaban el fútbol. En 1912 la firma La Transatlántica había ofrecido un predio en Marconi, en la entonces avenida Las Acacias (hoy calle José Possolo). El acuerdo se concretó en 1916 y el 19 de abril se inauguró el escenario con un clásico, que Peñarol ganó 3-1.

Sin embargo, el campo de Las Acacias, como pasó a ser llamado, siempre pareció estar demasiado lejos. Peñarol lo usó durante algún tiempo para sus encuentros como locatario, salvo para los clásicos, cuando prefirió el Parque Pereira, enorme estadio de madera de la Comisión Nacional de Educación Física hecho para la Copa América de 1917.

En 1921, el presidente del club, Julio María Sosa, gestionó con la otra empresa tranviaria, La Comercial, la cesión de un terreno a los fondos de su estación Pocitos, cerca de la actual esquina de Rivera y Soca, que no existía entonces. Scasso hizo los planos, se armaron tribunas de madera y se trajo el palco de Las Acacias. El 6 de noviembre de 1921 se inauguró con amistoso con River argentino.

Peñarol hizo de Pocitos su fortín, donde nunca perdió un clásico y resistió los años del cisma, con el club fuera de la AUF. Pese a que el pequeño estadio albergó partidos por el Mundial de 1930, la construcción del Centenario le representó un golpe mortal. Peñarol pasó a jugar en el nuevo coloso, que incluso era más barato, pues el alquiler con La Comercial se llevaba la mitad de las recaudaciones de Pocitos. En 1933 el estadio de madera fue desmantelado y su palco volvió a Las Acacias, aunque por algún tiempo más permaneció su cancha como un gran baldío.

La inauguración del Centenario, además, obligó a archivar un proyecto simultáneo de un gran estadio en el Parque Rodó. El diseño fue de Julio Vilamajó, considerado el mayor arquitecto uruguayo e hincha de Peñarol. En el actual emplazamiento de la Facultad de Ingeniería concibió un escenario para 100.000 personas y en varios planos, para aprovechar el desnivel del terreno desde la calle Julio Herrera y Reissing hasta la rambla.

La piedra fundamental fue colocada el 25 de agosto de 1929 y enseguida comenzaron las excavaciones en el predio. Pero los trabajos demoraron más de lo previsto, porque el subsuelo era demasiado rocoso (a poca distancia se encuentran las canteras). Hubo problemas con la financiación de las obras, mientras el Centenario pasaba rápidamente de los planos a la realidad. Hubo un juicio contra la empresa constructora, que favoreció al club recién en 1948, cuando hacía años que el proyecto del Parque Rodó estaba archivado y en su lugar ya funcionaba Ingeniería.

En los debates posteriores al Mundial de 1930 sobre el funcionamiento del Centenario, hubo quien propuso ceder la administración a Peñarol, pero la idea no llegó a discutirse. Hubiera sido el anticipo de otras fuertes controversias. Grande, cómodo y bien ubicado, el Centenario desalentó por años cualquier intención de un escenario propio para los clubes grandes, incluso para Nacional, que en 1944 reconstruyó el Parque Central y enseguida lo relegó a un segundo plano hasta 2005.

IDEAS. En la década de 1990, el entonces presidente aurinegro José Pedro Damiani lanzó una cruzada contra los gastos de organización de los espectáculos deportivos que él entendía excesivos. Por eso, ya determinó que el último partido del equipo por el Uruguayo de 1990 se jugara en Las Acacias, durante años un escenario limitado a encuentros de formativas. En aquellos días pareció una decisión anecdótica, pero habría más.

En 1993, Damiani anunció el interés por obtener la concesión del estadio Charrúa, inaugurado en el Parque Rivera en 1985 como "estadio de alternativa" al Centenario pero notoriamente subutilizado y en un creciente proceso de degradación. Avanzaron las gestiones con el entonces intendente montevideano, Tabaré Vázquez, pero el acuerdo naufragó en la AUF, que tenía un convenio para utilizarlo. El asunto no concluyó allí, pues hubo nuevos intentos, todos rodeados de polémica, entre los vecinos que se quejaban y los clubes rivales que no querían ceder un bien común pero que nadie aprovechaba. Incluso en 2011, cuando la AUF devolvió el Charrúa a la Intendencia, ediles del oficialismo propusieron ceder el estadio a Peñarol.

Eso llevó a los aurinegros a volver a mirar hacia Las Acacias, cuyas instalaciones fueron ampliadas (y rebautizado como José Pedro Damiani). La capacidad siguió siendo reducida, pero no fue ése su problema mayor, sino la seguridad. Hubo incidentes en un Peñarol-Rampla, que le costaron los puntos al locatario. Poco después, ya no se autorizó jugar allí.

La siguiente idea de Damiani fue un estadio de amplias dimensiones en la Costa de Oro, acompañado de restaurantes, cines y entretenimiento, aspectos en los cuales la oferta en la zona era muy pobre. El proyecto, a fines de la década de 1990, fue encargado a las firmas de arquitectos Lopatin de Argentina y Julio Plotier de Uruguay. La demora en la aprobación gubernamental de ciertos beneficios fiscales enfrió el interés de los inversores argentinos, por lo cual, una vez más, luego de los optimistas anuncios todo quedó en planos silenciosamente guardados en algún cajón, a la espera de nuevos entusiasmos y gestiones.

UNA CUESTIÓN DE GRANDES

Scasso una vida entre los planos

El arquitecto Juan Antonio Scasso pasó a la posteridad por ser el principal responsable de los planos del Centenario. La tarea le fue encargada como director municipal de Paseos Públicos. Antes, había diseñado el estadio de Pocitos para Peñarol, club que llegaría a presidir en 1932. Además, Scasso asesoró a River Plate argentino para la construcción del estadio Monumental.

Nacional también archivó maquetas

También Nacional tuvo proyectos monumentales. Uno de ellos, un estadio para 109.000 personas en Centenario y Propios. El ganador del concurso para levantarlo, en 1930, fue Scasso. El plan no avanzó de los planos, pero la venta de los terrenos donde se construiría permitió la compra del Parque Central. En 1968, se propuso el denominado "Coloso Nacional", que tampoco se ejecutó.

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