Doble aniversario para la Historia

| El periodista Raúl Barbero rememora el Mundial del 30, del que fue testigo y precoz cronista

Era el año del Centenario de la Jura de la Constitución. El país todo —y especialmente Montevideo— se aprestaba para disfrutar de los innumerables actos conmemorativos: las ceremonias patrióticas y los desfiles militares; el despliegue de millares de escolares y liceales en coloridas marchas; las asociaciones criollas ofreciendo por avenidas y calles su folclórico espectáculo; los ciclos de conferencias alusivas al acontecimiento, en importantes sedes culturales; los bailes en los clubes, y los hoteles municipales; un carnaval distinto, con la atracción de formidables troupes esmerándose para cantar mejor que nunca, y con la gracia de las murgas adhiriendo a la celebración con versos chispeantes pero respetuosos.

Cuando, a mediados de marzo, comenzaron los cursos de enseñanza primaria, los alumnos empezamos a aspirar profundamente una brisa que llegaba desde el fondo de la historia. Se multiplicaban las "composiciones" y los dibujos referidos a los cien años de la primera Carta Magna: pero, con toda la devoción que merecían los Constituyentes de 1830, los varones de la clase estábamos dominados por el clima del Primer Campeonato Mundial de Football. Y, en los barrios, la chiquilinada no hablaba de otro tema.

LA REVISTA. Con Hugo Alfaro —compañero de infancia y amigo de toda la vida— resolvimos "editar una revista" más o menos quincenal, inspirada en la proximidad de aquel certamen: la bautizamos "Centenario Sport", con Redacción y Administración en mi casa de la calle Justicia 2010, frente a la de Hugo, 2025; y nos abocamos a "sacar" el Nº 1. La "edición" consistía en un ejemplar único —que yo escribía, con paciencia de monje medieval, en hojas de cuaderno "Tabaré" de una raya, en letra inglesa, con alguna ligera incursión de la gótica alemana para ciertos títulos— y que se repartía entre la botijada barrial bajo juramento de devolución a los fundadores, directores, redactores, administradores, editores y distribuidores de la publicación. Nosotros dos, obvio: Hugo, con recientes 13 años, y yo camino de ellos.

Alfaro, uno de los más notables críticos cinematográficos que hubo en este país, ameno escritor de sus Memorias, siempre reconoció —sobre todo en sus libros— que en esa "revistita" debe ubicarse su amanecer periodístico. Jamás dejé de sentirme honrado, por haber sido testigo de semejante estreno.

HACIA EL MUNDIAL. "Centenario Sport" nos imponía varias responsabilidades "periodísticas" absolutamente ineludibles. En abril, llegábamos hasta las obras en construcción del Stadium, y en un juicio lapidario —respaldado por "la seriedad" y "la autoridad" que nos conferían nuestras edades— afirmábamos: "Esto no se terminará para el 18 de Julio: es más; a fin de año, seguirán trabajando aquí". En mayo —sin rectificarnos, pero abriendo una puertita para asomarse con un gesto menos pesimista— decíamos: "El Arq‚ Scasso nos asegura que el Stadium será terminado en la fecha establecida".

En junio, rondábamos la concentración de los celestes: los veíamos trotar, de cerquita, entre las arboladas sendas del Prado, y los identificábamos sin dificultad: "Aquél es Gestido; aquel otro es ‘el Vasco’ Cea; ahí pasa Andrade, con ‘el Canario’ Iriarte al lado, y ‘el Mago’ Scarone detrás".

Imaginábamos reportajes:

—Señor Nasazzi: ¿cree usted que podremos ser campeones mundiales?...

—Señor Lorenzo Fernández: para usted, ¿cuál es el rival más temible?

Rodaba nuestra fantasía mucho más que la pelota.

LLEGA RIMET. En los primeros días de julio, fuimos al Puerto para presenciar el arribo en un enorme transatlántico (¿podría llamarse "Conte Verde?") de cuatro delegaciones —entre las cuales venía la de Brasil— y el Presidente de la FIFA, M. Jules Rimet. Después de vencer la resistencia de Hugo —que no aprobaba la descripción más o menos festiva de semejante personalidad, que yo proponía con ardor— escribí algo así: "M. Rimet es como un Chaplin en serio: no usa galera ni bastón, pero es chiquito y canoso".

Desmintiendo la fecha que aparecía en el afiche promocio-nal del Campeonato, donde el artista ga-nador del concurso —Guillermo Laborde— había estampado 15 JULIO-AGOSTO 15, el Mundial se iniciaría el 13 de julio.

Para el jueves 10, planificamos un número extraordinario de "Centenario Sport": 12 páginas a color... crayola. Fotos de "Mundo Uruguayo", prolijamente recortadas y pegadas, y un título de portada con una gran dosis de audacia (o inconciencia) adolescente: EL 13 LARGA EL MUNDIAL. URUGUAY SERA CAMPEON.

En la jornada de apertura —cinco días antes de la anunciada y confirmada inauguración del Stadium— se disputarían dos partidos: Bélgica vs. Estados Unidos, en el Parque Central, y Francia vs. México, en Pocitos (field de Peñarol). "Centenario Sport" tenía que estar presente en ambos. Sorteamos las asistencias. Un par de cédulas las decidirían. Hugo extrajo —era el mayor— la que decía "Parque Central". A mí no me quedaba otro destino: "Pocitos".

Quedé contento con mi suerte. Me llegaba hondamente todo lo vinculado a Francia: ése era el nombre de la escuela en que había cursado los cuatro primeros años, y donde aprendí a cantar "La Marsellesa". Alejandro Dumas y sus mosqueteros eran franceses: Julio Verne, también. Y, por la parte mexicana, en recreos de tardes lluviosas que impedían la salida al patio, dos niñas del 5º A —precoces románticas— recitaban (con ademanes y todo) "Gratia plena", de Amado Nervo, y "La Serenata de Schubert", de Manuel Gutiérrez Nájera.

Y allí marché en aquel domingo juliano, en un ruidoso 37 de la Sociedad Comercial de Montevideo, hasta la cancha de los aurinegros (junto a la Estación Pocitos). Un tío cariñoso "cargó" conmigo. Llegamos a las 2 y poco, pensando que las instalaciones desbordarían. No fue así. Grandes claros y poco entusiasmo.

SE LARGA EL MUNDIAL. Alrededor de las 3, "hicieron irrupción en el campo de juego, los rubios franceses y los morochos mexicanos". El juez era nuestro compatriota Domingo Lombardi, tan respetado como respetuoso, que muchas veces, cuando pitaba para cobrar un foul protestado inmediatamente por el infractor, se acercaba a éste sacándose la gorra, explicándole el porqué de la falta, y rogándole compostura.

El cotejo se me borró: sólo perduran en la evocación pasajes aislados, y una visión muy desvanecida del gol de Lucien Laurent (recientemente fallecido en Francia) a los 19 minutos del período inicial, que pasaría a la historia como el primero en la Historia de los Mundiales. Asimismo, recuerdo las elegantes intercepciones del goalkeeper Alexis Thépot, quien tres días después —el miércoles 16 de julio— tuvo una actuación descollante frente a Argentina: atajó todo, y sólo pudo vencerlo Luis Monti, con un tiro libre que era un verdadero misil.

Francia venció a México por 4 a 1. Los comentarios de la crítica no le aportaron un solo voto para una probable consagración final. Y ni medio voto hubo para los aztecas.

Alfaro, en el Parque Central, vio triunfar a Estados Unidos sorpresivamente sobre Bélgica, por una goleada inesperada: 3 a 0... y en presencia de muchos aficionados, que dejaron en las boleterías del mítico escenario una buena suma: $ 11.237,30 (muy considerable, para la época).

DEBUT DE URUGUAY. El jueves 17 de julio —víspera del debut de Uruguay— a la caída de la tarde, hicimos con Hugo Alfaro un esfuerzo supremo: lanzamos a la calle (a la calle Justicia) el ya clásico ejemplar único de "Centenario Sport", con una diagonal en tinta roja cruzando el ángulo superior izquierdo de la carátula (con José Nasazzi a toda página) que decía: EXTRA. Y un cabezal imponente en Crayola azul celeste: ¡ESTAN PRONTOS LOS APLAUSOS, GRAN CAPITAN!

Dos semanas más tarde, sobre la agonía de "Centenario Sport", pensamos el último título de portada: COMO LO DIJIMOS, SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO.

Así terminó aquel sueño cumplido.

Raúl Barbero

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