EDWARD PIÑÓN
El grito "dale campeón" se tiene que haber escuchado hasta en la Antártida. Los saltos en el cemento del Centenario tienen que haber hecho vibrar hasta el suelo de China. Y los aplausos que se ofrendaron a cada uno de los futbolistas que terminaron con la sequía de títulos de Peñarol seguramente deben haber provocado una onda vibratoria capaz de sacudir a los satélites del espacio.
Peñarol conquistó un campeonato que le permite ir a pelear por el título que le es esquivo desde el 2003 y lo hizo en una super final y contra un rival que por momentos le movió todo el esqueleto, al punto de dejarlo al borde del nocaut.
Por eso, el festejo y la ebullición que hubo en el Centenario es más que lógica. ¿Cómo no serlo después del partidazo que jugó Gerardo Alcoba en el fondo? ¿Cómo no vivirlo con tanta pasión después de la magistral actuación de Antonio Pacheco?
No había forma de no demostrarle a los jugadores que lo que habían realizado en la cancha tenía tanta carga emotiva que merecía una invasión a la avenida 18 de Julio como la que comenzó a crecer poco después del pitazo final del árbitro Jorge Larrionda.
Peñarol dio vuelta un partidazo, porque hay que ser justos y reconocer que el duelo de carboneros y darseneros fue sencillamente impresionante. Con River jugando al fútbol y sacando a luz un reparto de jugadas sorprendentes.
Y ahí el manya sufrió, especialmente por el sector izquierdo de su defensa. Conocido como el punto débil del equipo de Mario Saralegui, el elenco del Prado lo explotó con Henry Giménez, pero fundamentalmente por la profundidad que le dio a los avances Robert Flores con sus pases en diagonal.
Y si bien el gol que abrió el marcador llegó por el infortunio de Alcoba y el error del arquero Biglianti, los muchachos de Juan Ramón Carrasco hicieron en la cancha muchas de las cosas por las que consiguieron el derecho a disputar esta final.
Por eso no extrañó que tras el empate de Alcoba, en lugar de aflojar siguieran atacando por ambos costados, abriendo brechas en la retaguardia mirasol y metiendo dos impactos que le dieron un 3-1 muy merecido.
Pero el manya no cesó en su lucha. Liderados por un Alcoba exuberante y un cerebral Pacheco, Peñarol perseveró en el afán de arrimarse con sus armas.
Lo logró y ese golazo de "Petete" Correa que dejó el partido a un gol de diferencia sembró al duda sobre lo que podía pasar en la segunda mitad.
Las dudas se disiparon enseguida, porque Carrasco tomó la peor decisión posible y así perdió la ventaja que había tenido en la mitad del terreno gracias a la fabulosa generación de juego de Robert Flores.
Al quitar a Montelongo para que ingresara Zambrana y pasar a Flores a ocupar la posición de carrilero por derecha, además de perder fútbol, de abandonar las riendas del partido, dejó que Mario Álvarez -perdido hasta ese momento por no haber encontrado la fórmula para frenar a Flores- se constituyera nuevamente en pieza clave de Peñarol.
Así, el aurinegro fue creciendo paulatinamente. Y junto con ello, pese a meter algún contragolpe peligroso, también empezó a desaparecer el brillo darsenero.
Saralegui, además, reaccionó mejor que "JR" y con el ingreso de Franco le dio a su equipo mayor potencia de ataque. Por si fuera poco, el corpulento delantero confirmó que el cambio había sido el correcto al empatar el partido tras un magistral pase de Pacheco.
Consumada la igualdad en tres tantos, salvo que hubiese llegado un terremoto o que el partido se hubiera suspendido por un temporal, no había nadie que no vislumbrara el futuro. Fantasmas de por medio (había que recordar el duelo contra el otro grande) el triunfo y la consagración de Peñarol se veía venir de a cien cuadras.
Llegó con fútbol, con alma. Con la estirpe del grande. Con la camiseta revoleándose en la cancha de la misma manera que en la tribuna. Peñarol campeón. Campeonísimo. En una super final.
Las cifras
33 puntos conquistó Peñarol desde que tomó el control Mario Saralegui sobre 36 posibles.
38 goles convirtió el equipo aurinegro desde que Saralegui asumió la conducción en la quinta fecha.