Montevideo transmite, cada vez más, la sensación de ser una ciudad abandonada. La semana pasada recorrí distintos barrios junto a un amigo suizo, y su comentario fue tan directo como impactante: “Parece una ciudad sin mantenimiento”.
Durante el trayecto observó una realidad difícil de ignorar: basura acumulada, calles llenas de pozos, una Rambla cada vez más deteriorada, carriles con señalización prácticamente inexistente, parques descuidados y avenidas como Rivera, en Carrasco, convertidas en un verdadero desafío para cualquier conductor. También le sorprendieron los grafitis por todas partes, las veredas destrozadas, la escasa iluminación y un tránsito desordenado, sin controles visibles ni presencia policial.
Según él, el Centro luce deteriorado y la Ciudad Vieja atraviesa un estado alarmante. Pero su mayor asombro llegó cuando le comenté cuánto pagamos los uruguayos en impuestos, patentes y tarifas públicas. Al compararlo con Suiza —donde predominan el orden, la limpieza y el respeto ciudadano— concluyó, con incredulidad, que allí los costos son menores, los servicios funcionan, todo está cuidado y no hay un solo papel en la calle.