Una vez más, como hace 81 ediciones, la caravana de la Vuelta Ciclista del Uruguay invadió los caminos de todo el país y llenó de algarabía cada rincón donde llegó. Desde un extremo en la capital, al otro extremo en el Litoral, al otro extremo en la frontera esteña con Brasil. Mientras en el norte, adónde no llegó, se corrió como cada año otra carrera tradicional: las 500 Millas.
El ciclismo vive y lucha en este país, aunque admito que para mí es difícil no mezclar la pasión personal con el compromiso profesional sobre este deporte. Pero a las pruebas me remito para sostener que hoy el ciclismo renace en Uruguay, porque tiene arraigo cultural.
Son las mismas carreras de los viejos circuitos callejeros que hacían salir a la gente a las veredas, pero hoy atravesadas por una ciudad colapsada de vehículos y tráfico. Por eso sobrevive y se reinventa en el interior, y a su vez atraviesa enormes crisis en Argentina y Brasil, desde donde miran para acá con nostalgia y desazón.
Al pueblo lo que es del pueblo. La gente no se desinteresó por el ciclismo, solamente le dejó de llegar al millón y medio de personas que viven en la capital. Pero cuando sonó la marcha de la Vuelta, explotaron 18 de Julio para ver llegar a los ciclistas.
El desafío es colectivo porque el ciclismo —además del espectáculo deportivo totalmente gratuito y popular— es parte de nuestra historia.