... cualidad muy meritoria" nos enseña José Hernández en su Martín Fierro para advertirnos también que "olvidar lo malo, también es tener memoria". Lo malo sí. Se vive mucho mejor olvidándolo. De lo estúpido en cambio ni es tan fácil para algunos espíritus benevolentes olvidarse, ni es tan útil en general. Es que hoy importa recordar el plebiscito del 7 de diciembre, cuando un pueblo uruguayo a golpes de una manija perversa sindical y parcialmente frenteamplista, creyó que cerrando la posibilidad que una ley le quitara los monopolios a Ancap y le permitiera asociarse para cumplir algunos de sus cometidos, estaba castigando al gobierno. Nadie se dio cuenta que aquella ley renguita, tímida, debilucha en todos sus aspectos, dedicada en casi su integridad a preservar los derechos a los intocables funcionarios públicos de Ancap hasta otorgarles privilegios exorbitantes que sólo los tienen los trabajadores de la Intendencia de Montevideo, abría un escuálido rayo de luz para que los uruguayos pudieran tener combustibles más baratos. Pero nadie lo vio así, y masivamente, salieron a festejar al triunfo del referéndum sin darse cuenta de la gravedad del daño que le estaban haciendo al país, que —les guste o no— es también de los ciegos y los negados.
Hoy nos encontramos ante un drama. En un mundo que se volvió loco —pero que integramos a pesar de los raptos voluntaristas de los que nos consideran extraplanetarios— el precio del barril de petróleo superó todos sus récords históricos y entonces los defensores del patrimonio y de la soberanía nacional se ven de cara a la realidad que Uruguay en estos rubros es un país netamente tomador de precios. Y de las consecuencias que ello demande, no tendrá la culpa el gobierno: la culpa la tienen quienes se niegan a que el país avance. A Mujica, que anhela que la vida nos sea un poco más peor que mejor para emparejar hacia abajo, así sacarse a los burgueses del medio e instalar la igualar de clases para que el país sea conjuntamente con Cuba el único en donde el verbo de Marx se haga carne —por el impulso de la fuerza allí, por el de la pavada aquí— las cosas le van saliendo como a él le gusta. Al gobierno, por su parte, hay que compadecerlo porque justo cuando la economía del país se recupera, empieza a faltar la energía porque no llueve, y el petróleo nos levanta todos los precios. Pero no es fácil pelear contra la mala suerte de afuera, y los quintacolumnas de adentro.
¡Cómo nos cuesta discernir quién es quién entre nosotros mismos!