El abrazo incluyó un obsequio de gran valor simbólico: una menorá de Janucá, el candelabro de nueve velas que conmemora la victoria de los macabeos sobre los griegos.
Un regalo que representa el triunfo de los débiles sobre los poderosos, ya que los ejércitos seléucidas que querían helenizar a los judíos eran más poderosos que la resistencia hebrea. Mensaje simbólico que alude a la guerra desigual entre la pequeña Ucrania y el poderoso y gigantesco vecino que la invade: Rusia.
Seguramente, con ese obsequio a Volodimir Zelenski, el presidente argentino intentó transmitir el aliento que Judas Macabeo dio a sus combatientes antes de enfrentar al poderoso ejército griego: “no teman, con nosotros están las fuerzas del cielo”.
El siguiente mensaje estuvo dirigido a los argentinos, y fue excepcionalmente duro. Sólo Churchil prometiendo “sangre, sudor y lágrimas, y Thatcher anunciando su “revolución conservadora”, habían dado mensajes tan duros como el que dio Milei.
Era una escena extraña. Frente a una multitud, Milei se convirtió en el primer presidente que debutó anunciando “supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios”.
Milei anunció un ajuste drástico y no de manera gradual sino mediante políticas de shock, que “caerá sobre el Estado y no sobre las empresas”. ¿Cómo hará para que el ajuste del Estado no impacte la actividad privada en un país donde Estado y empresas están entrelazadas. Puede beneficiar a las empresas la reducción de impuestos y el fin de la madeja de regulaciones, pero en muchos otros aspectos el ajuste del Estado puede perjudicarla, por la fuerte dependencia que tienen de proteccionismo y subsidios.
¿Cómo hará el gobierno para evitar que todo eso impacte de manera demoledora en la ya lánguida capacidad de consumo y de acceso a la salud y la educación de las clases medias y medias bajas?
Con una extraña mezcla de esperanza y miedo, Argentina ha ingresado a la dimensión desconocida. El mundo la observa con atención. Aún corrido al centro y mostrando un novedoso pragmatismo, Milei implica un experimento: el primer gobierno “libertario” de la historia mundial. El primero que prometió convertir en programa de gobierno las teorías económicas de Murray Rothbar, Frederich Hayek, Ludwig von Mises y otros teóricos de vertientes radicalizadas.
Si el fundamentalismo religioso implica convertir los fundamentos de una religión en programa de gobierno, como hacen los talibanes afganos y los ayatolas chiitas de Irán, convertir en programa de gobierno los fundamentos de teorías económicas implica también un fundamentalismo.
Por eso Argentina es observada como un experimento, aunque aún es posible que el deslizamiento de Milei hacia posiciones centristas y pragmáticas termine generando un gobierno moderado de centroderecha, implementando reformas imprescindibles para acabar con el Estado elefantiásico e inútil que colonizó la clase política decadente, y sofoca a la actividad empresarial, pero con responsabilidad social.
A pesar de ser el primer líder que dice lo que piensa y anuncia lo que de verdad planea hacer, la incertidumbre es muy grande. No está claro qué porción de lo anunciado podrá efectivamente hacer ni cómo reaccionará ese sector tan asfixiado de la sociedad que son sus clases medias y medias bajas, que no reciben planes sociales y serán a las que las empresas trasladarán los ajustes que le impondrá el achicamiento drástico del déficit y el recorte del Estado.
La paradojal convivencia de la esperanza y el miedo revela la complejidad del momento. Al miedo lo provoca la incertidumbre sobre cuánto dolerá la cirugía que se viene para curar una economía lacerada de corrupción y populismo. Un cirujano puede extraer la totalidad de un tumor y también la totalidad de cada una de sus metástasis. Pero liberar un cuerpo del cáncer que lo carcomía no sirve de nada si los dolores y desangres causados en la intervención matan al paciente. En ese caso, será un cadáver libre de tumores.
Lo que sí está claro es la razón de la esperanza que convive extrañamente con el miedo. Ayer una porción mayoritaria de argentinos disfrutó el esperanzador alivio de ver partir a los máximos responsables del calamitoso gobierno saliente.
Cristina Kirchner presidió el solemne acto de asunción, con las manos en los bolsillos y con un ligero bamboleo displicente que evidenciaba las turbulencias emocionales que la perturbaban. Así caía el telón sobre un liderazgo ideologizado, mesiánico y sectario, al servicio de un ego descomunal. Después del fracaso de su última invención política, la única esperanza de Cristina está en lo que la mayoría esperanzada teme: otro gobierno que fracasa.