En primera persona

La marca de El Pelado

Estuvo grabando paredes / un rato antes de fugar / del cepo a la bolsa / de la vieja Colonia Berro / y tarareando su la-lan… /  “Botija rapado”, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

"Pelado" Roldán en 2007. Foto: Captura Monte Carlo Televisión.
El "Pelado" Roldán en 2007. Foto: Captura Monte Carlo Televisión.

No había cumplido los 15 cuando cometió su primer homicidio. El caso copó titulares y minutos de noticieros de televisión en 1989. El asalto a la vinería de Villa Española, donde terminó por matar al hijo del dueño que intentó defender a su padre, lo colocó definitivamente en primera página. Por entonces era sólo El Pelado, poco después conoceríamos su nombre completo: Richard Marcelo Roldán Requeijo. Era un niño y ya cargaba con todo un historial violento. El término “infanto juvenil” parecía hecho para él. Eran los 90, la violencia empezaba a ser moneda de cambio en las calles. La figura de El Pelado Roldán se convirtió en un mito, alimentó el inconsciente colectivo y creó una fobia generalizada.

La historia criminal uruguaya tiene sus propios hitos, y dentro de estos anales los delincuentes juveniles tuvieron su propio capítulo y se convirtieron en leyendas urbanas. El Cacho a fines de la década de 1950 conocido por matar a un bombero; El Charrúa Acosta a mediados de la década de 1960 se hizo famoso como el mayor y tal vez único asesino de masas al descarrilar un tren y matar a 25 personas. El Chueco Maciel, cuyo expediente fue bastante más vil que la leyenda dorada que le inventó la canción de Daniel Viglietti, a principios de la década de 1970. Y así, el Pelado Roldán fue la leyenda de los años 90.

Marcelo Roldán fue un hombre violento, pero sobre todo un hombre institucionalizado. Desde la pubertad a la edad adulta Roldán estuvo recluido primero en la antigua Colonia Berro y luego en las penitenciarías de adultos. En 2007 captó la atención de las cámaras de nuevo al subirse al techo de la cárcel y reclamar desde allí por las condiciones de reclusión. En 2011 recobró la libertad por unos meses, al poco tiempo la Policía lo identificó como autor de una rapiña a una farmacia. Lo detuvieron cuando manejaba una moto “sin papeles” y lo llevaron a “reconocimiento”. Pero mientras estaba en el juzgado experimentó uno de sus típicos arranques y destrozó medio juzgado, además de agredir a los policías. Fue enviado a la cárcel por “desacato y daños”. En 2013 mantuvo un duro enfrentamiento con otro recluso y terminó en el hospital al borde de la muerte. Pero sobrevivió. Para entonces tenía heridas de todo tipo, disparos, cortes recibidos y autoinflingidos. El cuerpo del Pelado Roldán era un mapa secreto de su propia supervivencia.

Dicen que su historia inspiró la letra de Skay Beilinson y el Indio Solari, “Botija rapado”, aunque lo que narra esa canción se parece sólo muy lejanamente a su historia real. En 1992 publiqué una novela que se tituló “Trampa para ángeles de barro”, que narraba la historia de un delincuente juvenil y su némesis un policía caído en desgracia. El personaje apodado El Navaja debía en buena medida su factura al modelo de El Pelado Roldán. También con la libertad de la ficción su biografía fue alterada para encajar dentro de un entramado argumental. Era una novela negra pegada a la mugre del asfalto, tal como entiendo deben escribirse este tipo de ficciones.

Lo que nunca imaginé es el fin de esta epopeya maldita, llena de violencia y dolor, este final irredento, horrible. Las cárceles, que he podido conocer por dentro gracias al pasaporte que brinda el periodismo, siguen bajando escalones en el infierno. Un infierno que nadie parece querer mirar a la cara y cambiar de una vez, pese a los llamados de alerta reiterados. El comisionado parlamentario para el sistema carcelario, Juan Miguel Petit, es una de esas voces. Ha dicho que las cárceles colapsan y fabrican más delitos. “El delito es patético y no nos deja pensar, porque nos provoca desesperación, miedo y rechazo”, reflexionó Petit.

Un producto directo del sistema, el Pelado Roldán, encontró su final trágico. Una muerte que empezó a escribir en 1989 y que 29 años después colocó el punto final.

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