Hasta nuestros días, el principal núcleo de las preocupaciones que genera el funcionamiento del sistema educativo -principalmente a nivel medio- radica en los resultados que se obtienen, es decir, en la calidad de la enseñanza que se imparte. Obviamente, este tipo de inquietud no ha desaparecido y hasta se ha acentuado en vista de las calificaciones negativas que, a juicio de organismos internacionales, ha recibido nuestro estudiantado en asignaturas básicas.
Pero, aún no solucionado el problema mencionado, ha aparecido uno distinto y nuevo que no tiene que ver -por lo menos aparentemente- con los métodos y contenidos de la enseñanza sino con un factor, imperante en la sociedad entera, que se ha introducido en la vida liceal: la violencia y, por ende, la inseguridad que prevalece en Secundaria adentro y fuera de sus locales. Es corriente, en efecto, comprobar que algunos adolescentes concurren armados a sus clases. No es infrecuente que se produzcan riñas, que se lesionen muchachos y que se falte descaradamente el respeto a las autoridades liceales.
Pero, últimamente, se ha agregado un nuevo factor agravante de esta lamentable realidad, esto es, la presencia, no sólo en las inmediaciones de los liceos sino también en su interior, de jóvenes ajenos a los mismos. Se mezclan con el alumnado, provocan discusiones y peleas en los recreos y hasta perpetran robos. Es difícil identificarlos antes de que cometan un delito. De ahí que una de las propuestas para encarar este problema consiste en implantar el uniforme liceal pues, entonces, se puede presumir que quien no lo porta no es alumnos de ese liceo. No es esta una solución infalible, pero sirve. El uso del uniforme tiene otras connotaciones que vuelven necesario hacer una serie de consideraciones históricas al respecto.
El uniforme, en un principio, fue utilizado únicamente por instituciones privadas de enseñanza. Era un elemento identificatorio que, abiertamente, fortalecía la consideración de sí mismo y el sentido de pertenencia a algo, a una entidad, que se extendía mucho más allá de lo individual. Por tales motivos, la exhibición del uniforme configuraba, innegablemente, un sentimiento elitista, sin que ello constituya emitir un juicio de valor. En la década del 30, del siglo XX, algunos liceos públicos sopesaron diversos factores y optaron por adoptar el uso del uniforme (cada institución diseñó el suyo). Se tuvo en cuenta, por ejemplo, que el uniforme hacía desaparecer las diferencias más visibles existentes entre compañeros adolescentes pertenecientes a familias pobres y ricas. Se igualaban, pues, mediante la ropa.
El liceo, a su vez, adquiría un mayor espíritu de cuerpo y todos sus integrantes aumentaban su autoestima. El costo del uniforme no fue óbice para generalizar su implantación: la Asociación de Padres se hacía cargo del mismo, en los casos de las familias más necesitadas. Años más tarde se intentó hacer la misma experiencia en un liceo cercano a Montevideo, en una zona social y políticamente muy compleja. En ese medio y en esa época -recién se producía la revolución castrista- los ánimos estaban muy polarizados. El liceo, dominado por la izquierda radical, sufría paros y huelgas sin cesar. En ese marco controversial, a una profesora se le ocurrió proponer el uso del uniforme liceal. Pero la intentona resultó rechazada...
Lo curioso es que los mismos argumentos que sirvieron otrora -y ahora se reiteraban- para adoptar el uniforme se emplearon revertidos, en esta ocasión, para denegarlo. Así, un docente de notoria militancia radical alegó que la desaparición de las diferencias en la vestimenta de los muchachos ricos y pobres debilitaría la lucha de clases. En su opinión, el liceal debía sentir en carne propia la discriminación trasuntada en la vestimenta porque ese sufrimiento alentaría sus deseos de rebelarse en el futuro.
Confiemos que esta manera, tan insensata, de ocuparse del porvenir de nuestra adolescencia haya sido relegada al baúl de las cosas decrépitas y en desuso, tanto como la doctrina que las inspiró.