Pasó un día más de los trabajadores y las consignas acostumbradas de los sindicatos de izquierda cada vez resuenan más huecas. El mundo laboral sufre ya demasiados desafíos que están siendo dejados completamente de lado. Importa que el país los trate de una vez por todas con protagonismo.
Los reclamos de la vida sindical siempre están distorsionados por dos realidades que todos conocemos. Por un lado, está la potente distorsión ideológica que la domina hace décadas: en vez de aceptar las reglas de juego de la economía de mercado, con sus mejoras que llegan como consecuencia de la mayor competitividad, la mejor inserción internacional y por supuesto las acumulaciones de éxitos empresariales que implican mayores rentabilidades y crecimiento, aquí lo que prima es la visión de la lucha, el enfrentamiento de clases, la dicotomía irremediable entre el capitalismo neoliberal y la clase trabajadora que debe siempre contrariar los intereses de los capitalistas y empresarios.
Por otro lado, hay una distorsión enorme que está delineada por los protagonismos mayores de nuestro mundo sindical: están allí sobrerrepresentados los trabajadores públicos, en sus distintos organismos e instituciones, y está muy poco representado el mundo del trabajo, tan numeroso, alejado de las grandes empresas. Esa miríada de pequeñas y medianas empresas, de trabajadores que acumulan aquí y allá distintos trabajos parciales con facturación o directamente en negro, y que de esta manera complementan trabajos formales cuyos salarios no permiten muchas veces mantener dignamente un hogar, no forman parte de las consignas que, sobre todo y antes que nada, hoy están planteando bajar la cantidad de horas semanales de trabajo conservando el mismo salario.
Esa dualidad del mundo del trabajo está instalada hace muchos años. Los trabajadores corporativos por un lado, que pueden hacer sus planteos a gran escala y obtener recursos por movilizaciones que presionan -¿acaso en todos estos años no ha resultado fácil, por ejemplo, presionar a Ancap para mantener puestos de trabajo insólitos vinculados a una producción de portland que no para de perder decenas de millones de dólares?-. Y los trabajadores que sufren los paros sorpresivos, las ventajas acumuladas de tal o cual sector de salarios estatales, y que de ninguna manera tienen un sindicato que los represente y los defienda frente a los cambios económicos que se van acumulando en estos tiempos de avances tecnológicos.
Para el mundo trabajador de verdad, ese que efectivamente puede llegar a perder su trabajo si la empresa en la que trabaja se funde, es evidente que una de sus principales preocupaciones es el avance de la inteligencia artificial, por ejemplo. En muchos casos ese avance irá poniendo a distintas empresas frente a una disyuntiva de hierro: o adopta esa herramienta y por lo tanto termina bajando la cantidad de horas de algunos de sus empleados (o directamente echando a alguno de ellos), o habrá otra empresa competidora, aquí o en el ancho mundo, que terminará haciéndolo y por lo tanto que sobrevivirá en el mercado.
Se suma además, entre otros problemas, los itinerarios y horarios flexibles; el encarecimiento de la mano de obra nacional medida en dólares que hace cada vez más difícil competir frente a empresas del extranjero; la medición de la productividad real del trabajo frente a cambios tecnológicos sobre la forma de trabajar; y los salarios que siguen siendo caros medidos en competitividad internacional, entre otras causas por los grandes aportes que hay que hacer al Estado, pero que a su vez no logran ser suficientes como para poder mantener un hogar medio por causa de lo enormemente caro que está el país.
Todo eso que forma parte del cotidiano del mundo del trabajo de ninguna manera podrá enfrentarse con éxito si la liturgia es cantar la internacional socialista, adherirse a la defensa de Cuba, sostener que hay que encarecer los salarios bajando la cantidad de horas de trabajo por semana, o negándose siquiera a ver que en la evolución de nuestra economía y nuestra demografía no puede vislumbrarse de ninguna forma que los trabajadores puedan seguir jubilándose con 60 años de edad, sino que la realidad exige adaptar así sea gradualmente la futura edad de retiro.
La izquierda ideologizada y anquilosada tras su muro de yerba de ninguna manera tiene presente las verdaderas prioridades del mundo del trabajo. Ha pasado un 1° de mayo más y todo el mundo, infelizmente, puede constatarlo con total claridad.