Venezuela: el fracaso de Brasil

El cambio de época que ocurrió en Venezuela a raíz de la intervención militar estadounidense impone abrir una reflexión acerca de cómo ha sido la evolución de nuestro continente con relación a la dictadura chavista y sobre cuál ha sido el papel en estos años de la principal potencia sudamericana que es Brasil.

Sabido es que a lo largo del siglo XX primó en Sudamérica un equilibrio de poderes clásico: por un lado Brasil y por el otro Argentina. Eran en efecto dos grandes potencias regionales con sus agendas e influencias que venían del siglo XIX y que modelaron las relaciones de todo el continente. Empero, la situación cambió drásticamente a partir de los años 1980 por tres razones: la derrota de Argentina en la guerra de Malvinas; el crecimiento brasileño que hizo que se desarrollaran allí amplias clases medias con buenos niveles de consumo; y la debacle argentina de inicios del siglo XX, con su feroz crisis de 2002 y la llegada del kirchnerismo al poder.

Desde esa coyuntura, que también vio a Lula emerger como líder regional, aquel equilibrio de poderes se quebró. Lo sufrimos nosotros con los cortes de puentes de 2006: un acto de prepotencia que jamás hubiera sido posible en el marco de la rivalidad geopolítica clásica entre nuestros dos poderosos vecinos. Por muchos lustros Brasil ocupó pues un lugar hegemónico regional sin contrapesos relevantes. Desde ese lugar y con un protagonismo izquierdista mayoritario, tenía para cumplir la tarea de toda potencia regional que aspira, además, a un mayor espacio en la escena de los grandes del mundo: asegurar la paz y la estabilidad en su continente y promover el crecimiento y el desarrollo entre sus socios y vecinos.

Así las cosas, la intervención estadounidense para quitar a Maduro del poder y avanzar en una transición que asiente la democracia en Venezuela es la ilustración más elocuente del profundo fracaso de Brasil en su pretensión de ser una potencia regional competente y responsable. Durante décadas Itamaraty protegió a una dictadura que extendió su influencia desestabilizadora en el continente: supo de la exportación de su corrupción, de su expansión narcoterrorista, de sus estrechos vínculos con Irán y con Rusia, y en definitiva del enorme daño a la paz, a la seguridad y al desarrollo que Caracas generaba en Latinoamérica y el Caribe. Y mientras que el mal se fue agravando, el Brasil de talante izquierdista sólo atinó a hacer creer que podía encauzar el problema y que, en definitiva, podía estar a la altura de su ambición como potencia.

Ahora la situación cambió. No solamente porque en Washington la actualización de la Doctrina Monroe no podía seguir dejando en pie a un régimen como el chavista, tan nefasto tanto para la seguridad de Estados Unidos (EE.UU.) como para el desarrollo de los países del continente. Sino también porque en Buenos Aires cambió radicalmente la política exterior a partir de 2024: con la elección presidencial de Milei se terminó, en efecto, el seguidismo a Brasilia que había caracterizado al kirchnerismo cleptocrático, ese que había dominado la escena argentina durante dos décadas.

Argentina revivificó su voluntad de potencia regional y, además, fijó un rumbo de sociedad estratégica con EE.UU.: dio así el golpe final a dos décadas de hegemonía brasilera en Sudamérica.

Es un final sentido por el Mercosur, que ya no se mueve según los dictados proteccionistas de Brasilia; asumido por Washington, que rápidamente movió sus piezas para encontrar en Buenos Aires a un aliado de peso; y finalmente, ilustrado por el inexorable desenlace de un régimen chavista que tanto daño ha hecho por tanto tiempo a los venezolanos y a los sudamericanos.

Lo de Venezuela es importante en sí. Pero entender que para todos ha quedado claro que se acabó el tiempo de Brasil como única potencia regional es algo muy importante para Uruguay. En efecto, durante todo este siglo XXI la izquierda uruguaya se ha sentido a gusto en el “estribo de Brasil” al decir de Mujica, en una vocación cisplatina que resulta, además, una verdadera ignominia para la historia de nuestra patria.

La intervención estadounidense es una cachetada a un liderazgo brasileño que no estuvo a la altura de la responsabilidad que implica ser una potencia regional hegemónica.

Y es también un golpe en la mesa que Uruguay debe entender en su dimensión histórica y regional: Argentina vuelve a jugar un papel internacional preponderante y la Doctrina Monroe actualizada es la que marcará a América en los próximos lustros.

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