Para que la enseñanza pública o los servicios de salud funcionen bien, para invertir en obras de infraestructura, para sostener al Estado y en especial a las instituciones que consolidan nuestra democracia, para cubrir las obras sociales en los sectores más carenciados, se necesita dinero que proviene de la recaudación impositiva. Contra todo esto va quien evade impuestos.
Hay aquí un doble problema. Por un lado está la sobrecarga de tributos que tanto irrita a la gente. Son muchos y abusivos. Por otro lado, esa sobrecarga implica dinero que va al Estado pero no siempre vuelve como corresponde a la sociedad.
Aun así, los impuestos se pagan y evadirlos es una falta grave. Importa decirlo porque desde el 1º de marzo gobierna el Frente Amplio que tiene una compulsión a gastar y a aumentar impuestos. El IRPF y el IASS fueron inventos suyos. Ahora, con la crisis de la Caja Profesional queda al desnudo algo que siempre se supo. El IASS que se le descuenta al jubilado retorna al BPS para volver a pagar jubilaciones al mes siguiente. Una circulación surrealista si la hay. Pero el impuesto igual se paga.
Con esto de que hay sectores del gobierno que quieren desconocer el pronunciamiento popular ante el plebiscito que pretendía volver atrás con la edad jubilatoria, podría generarse un agujero que se propone tapar con más impuestos.
En la cultura frentista está arraigada la idea de que todo se arregla con tributos. El equilibrio fiscal no se logra controlando el gasto público sino subiendo gravámenes.
Para el contribuyente común no hay “prioridades”, como dijo la exministra, que lo exoneren de pagarlos. Si tiene gastos extremos por cuestiones de salud o deudas pendientes, si tiene familiares a los que asistir, eso puede esperar. Primero se le paga al Estado.
En este contexto, ha sido asombrosa y perversa la benigna reacción de dirigentes frentistas ante el descubrimiento de que una ministra, nada menos que la de Vivienda (una cartera siempre necesitada de recursos), evadió el pago de impuestos por años perjudicando a la Intendencia (gobernada por un “compañero”) y a la escuela pública.
Corresponde aclarar que esa benevolencia no fue generalizada y hubo frentistas comunes que condenaron la conducta de la ministra. Pero en la dirigencia, la indulgencia fue obvia. El presidente demoró en pronunciarse. Es más, prefirió esperar a que la ministra, a las cansadas, entregara su renuncia. Lo cual demuestra que para muchos, lo ocurrido no fue más que un desliz.
Hubo quien habló de que se trataba de un problema de deudas y que eso era algo común y eventualmente se resolvía con una refinanciación. No es así. Esto fue una evasión impositiva por parte de alguien que dado su nivel y trayectoria, sabía que estaba cometiendo una irregularidad grave. La evasión en el pago de impuestos es cosa seria.
“No le robó a nadie” dicen sus defensores. Si alguien no paga impuestos, le está quitando dinero al Estado y se lo está quedando para sí. ¿Cómo se le llama a eso?
Suponemos que será un juez quien determine qué gravedad tiene dicha acción, pero no es aconsejable afirmar frívolamente que al evadir impuestos, no se le roba a nadie.
Esta historia ya había ocurrido hace unos años cuando se supo de algo similar respecto al senador por el Partido Comunista Óscar Andrade. Y como ocurre ahora, también en aquella oportunidad se intentó quitarle importancia al hecho.
Insistimos en marcar esa enorme paradoja. Son personas de alto nivel dentro del Frente que evaden impuestos, pese a que cuando su fuerza política está en el gobierno le da prioridad a la presión impositiva. Esa perversa lógica de cargar con más impuestos está en el ADN del Frente; pagarlos no. Que los paguen otros, no ellos.
La entonces ministra, para colmo, había dicho que su ministerio gastaría todo lo que tenía y cuando se quedara sin dinero, recurriría al ministro de Economía para pedir más. Ella, que no paga sus impuestos, pretendía que se le dé más de lo gastado.
La gente siguió este dramón con perplejidad. Hubo demasiado cinismo. Quien está al día con sus cuentas no puede menos que pensar, una vez más, que forma parte de esa corriente de quienes alguna vez fueron llamados “los nabos de siempre”: el ciudadano que cumple, aunque otros no lo hagan, que actúa con mínima decencia, aunque otros no conozcan la palabra.
Cecilia Cairo mientras tanto vuelve a su banca y “todo resuelto”, como dijo Orsi. ¿Resuelto para quién?