Una verdad incómoda

Los uruguayos somos expertos en inventar estratagemas para intentar eludir las leyes de la economía. La forma más habitual de estas elucubraciones mágicas es meter al Estado en el medio porque tiene el efecto de que parezca que los recursos no le son quitados a nadie.

Es irresistible recordar la frase del economista francés del siglo XIX Frédéric Bastiat que bien podría haberse inspirado en nuestro país de hoy: "El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás." Esta reflexión viene a cuento de algunas propuestas que se oyen por estos días provenientes de sindicatos, pero no exclusivamente. Más en general, en los últimos años han pululado los sofismas económicos que se abusan del candor estatista del uruguayo para plantear propuestas de escaso sentido común.

Para tomar el caso más paradigmático analicemos lo que viene sucediendo con las mal llamadas "empresas autogestionadas". Para comenzar, todas las empresas autogestionadas, como se las conoce en Uruguay, son dirigidas por ex- empleados cumpliendo el rol de empresario. Su papel es procurar que la empresa venda un producto o brinde un servicio que sea demandado por la sociedad, de la mejor forma y al precio más competitivo posible y de esa forma obtener ingresos que pagarán por los factores productivos que contribuyeron a generarlo. Que sea una cooperativa, una sociedad anónima, o cualquier otra forma de organización empresarial no cambia su naturaleza, es una empresa y como tal en la medida en que la sociedad la considere valiosa obtendrá un beneficio y si no es así, es que hay otras empresas que lo están haciendo mejor o al menos eso consideran los consumidores.

Naturalmente, esto es lo que ocurre en una economía de mercado, cuanto más nos apartamos de ella más entran en juego los intereses corporativos, la intervención del Estado y las rentas por privilegios en vez del beneficio por un trabajo bien hecho. El capitalismo liberal, que es el sistema que ha logrado el mayor avance en el nivel de vida de la gente en la historia, requiere que haya empresas que nazcan y otras que mueran, de lo contrario entramos en otro sistema, el capitalismo de Estado, donde es el gobierno quien decide qué empresas viven y cuáles no.

El problema es que mientras las empresas que cierran y dejan sin trabajo a personas concretas son bien visibles, las empresas que dejan de crecer o de crearse por la intervención del Estado que generan empresas zombis, subsidiando a las que están fundidas, no lo son. Volviendo a Bastiat, el problema está entre "lo que se ve y lo que no se ve". Al dilapidar recursos que salen de los bolsillos de los uruguayos en emprendimientos ruinosos, el Estado cercena nuestro crecimiento económico en base al espíritu emprendedor de la sociedad civil, se crean menos trabajos en las empresas que sí funcionan porque la gente demanda sus productos y dejan de ser viables nuevos proyectos que no encuentran recursos disponibles porque el Estado los destruye.

Este es el asunto que los uruguayos no comprendemos bien. No existe un capitalismo sin lágrimas, pero los efectos en el largo plazo para la sociedad en su conjunto son infinitamente mejores que cualquier forma de pseudosocialismo de los que solemos practicar.

Cuando se subsidian empresas fundidas porque las "gestionan sus trabajadores" como las que pretende financiar el Fondes, los que más pierden son los trabajadores de las demás empresas que tendrán menores salarios y desempleo, tan sencillo como eso. No hay almuerzo gratis, de algún lado salen los recursos, y no son los burgueses capitalistas los que pagan el pato, son los uruguayos más humildes que pierden oportunidades de progresar por la codicia sindical, no la del capitalismo.

Por eso, cuando escuchamos ideas tan originales como la de estos días en que el Pit-Cnt propone que una parte de las compras que realiza el Estado tenga que hacerse obligatoriamente en "empresas autogestionadas" estemos alerta. Es solo un privilegio para algunos a costa del bienestar de la sociedad porque lo que realmente le estaremos dando a esas empresas es una renta indebida.

Alguna vez sería bueno escuchar de parte de la dirigencia sindical propuestas que defiendan al uruguayo que se parte el lomo laborando, al que contra mil problemas mantiene su autoservicio, su carpintería, su taller o su empresa de informática. De ese uruguayo que es el que paga la fiesta del Fondes y las empresas fundidas nadie se acuerda, pero es el que hace que el país camine.

Editorial

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