Una amenaza nuclear

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Se Cierne la Tormenta” es el título del primero de los seis volúmenes de Winston Churchill, sobre la Segunda Guerra Mundial. Y por desgracia, puede aplicarse al presente con un siniestro término a continuación; nuclear.

El mundo se encuentra enfrentado a riesgos de hecatombe ambiental a partir de que la planta atómica más grande de Europa cayera en manos de los rusos. La ambición del presidente Putin y los acólitos que lo rodean muestra no solo su temeraria ambición sino una tremenda irresponsabilidad.

La última noticia referida a la central nuclear de Zaporiyia lo pone de manifiesto porque una central atómica no puede apagarse como quien le da al interruptor de la luz al salir de una habitación. Está muy lejos de ser algo tan simple como presionar la llave de paso de la electricidad. Ese maravilloso fluido del que nos aprovechamos gracias a la genialidad de Mr. Thomas Edison. Un hombre que tanto contribuyó para bien de la sociedad, en agudo contraste con el mandamás ruso.

Un reciente incendio fue la excusa de los rusos para la desconexión de la última línea que conectaba la planta de Zaporiyia con el sistema energético de Ucrania, dentro de su estrategia orientada a dejar a esa nación sin electricidad. Otras tres de ellas fueron dañadas previamente y la empresa lo calificó como ataques terroristas de Rusia.

Esta semana provocaron una desconexión completa de la ZNPP de la red eléctrica, aunque gracias a la intervención del personal ucraniano, resultó temporal. Tras el fuego en los pozos de cenizas que ya habían dado pie a los cortes anteriores y que los ucranianos suponen provocados para privarlos de electricidad, los ingenieros rusos procedieron a esa interrupción que entraña una gran amenaza de accidente. Toda la usina pasó a depender de una sola fuente de electricidad por medio de un generador diesel, que funciona para enfriar los reactores a fin de evitar un sobrecalentamiento que desembocaría en una catástrofe atómica. Capaz que superior a Chernobyl y Fukuyima juntas.

El mundo se encuentra enfrentado a riesgos de hecatombe ambiental a partir de que la planta atómica más grande de Europa cayera en manos de los rusos. La ambición de Putin y los acólitos que lo rodean muestra una tremenda irresponsabilidad.

No se puede de pronto, cambiar de un sistema a otro. Hay que cerrar de un lado y luego comenzar a cambiar el otro, según lo explicaba Petro Kotin, director de la compañía ucraniana de energía atómica, en entrevista con The Guardian. Es un proceso largo y delicado. Es imprescindible contar con suficiente abastecimiento de combustible para alimentar al diesel, contar con las piezas de recambio que puedan hacer falta, etc. Según un experto entrevistado por la BBC, “era imprescindible reconectar la planta urgentemente y desmilitarizar la zona”. Las posibilidades de una explosión con un solo generador para el enfriamiento del complejo, son muy elevadas.

Imágenes satelitales del Reino Unido permiten ver como Rusia ha utilizado los estacionamientos y edificios de esa enorme central nuclear ucraniana para utilizarla como escudo y desde allí atacar a los patriotas en el entendido de que no le pueden retrucar por el peligro que implica el daño de las instalaciones nucleares. Contando con eso, desde los terrenos de la planta han lanzado misiles Grad contra los ucranianos. A partir de que los aliados les entregaron los avanzados misiles Himars, las fuerzas armadas invasoras usan la central como escudo para proteger su equipamiento. Hace seis meses que tienen allí secuestrados, trabajando como esclavos, a los técnicos y operarios del país invadido por ser gente idónea para manejar algo tan complicado. De no hacerse correctamente, las consecuencias espantan.

La toma de conciencia ecológica generalizada, los planes de mitigación, los difíciles objetivos de la actualidad para proteger la tierra, se irían por la borda si sucediera un cataclismo nuclear de estas proporciones. La contaminación de las aguas, de los suelos, las hambrunas consecuentes y demás, rivalizarían o harían palidecer los efectos negativos, sanitarios, emocionales y económicos, que trajo la pandemia que irrumpió a finales del 2019 en nuestro planeta y que aún no ha desaparecido del todo.

Si bien los críticos sucesos en Zaporiyia provocados por los rusos han sido posteriores al principio de acuerdo con Rusia y Ucrania para que la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) haga la inspección que se había anunciado, no deben perderse las esperanzas de que se conviertan en realidad. En forma rápida, por el bien de todos. La apuesta es que llegue una misión en la que participen varios especialistas técnicos para hacer reparaciones, restablecer los sistemas de transmisión que han sido estropeados y asegurar una presencia continua de la Agencia.

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