Hoy de mañana estaba haciendo un balance acá, con lo que significa la cantidad de milicos que rodean a la Presidencia en tareas en las cuales nada tiene que ver con nada, así nomás tendría cien tipos que pasarían a dar servicios de las comisarías. ¿Viste? Tenés en las puertas de Suárez, que son tres, ahí debés tener veinte y pico de tipos en servicio para mantener eso, aparte de los que están adentro y en las garitas. Después tenés Casa de Gobierno, Casa de Punta del Este... Ni te cuento los choferes porque, además, como no son confiables, ponés tu guardia de personas que son confiables..." (pág. 80 de "PEPE, coloquios", de Alfredo García).
Si el presidente Vázquez cree -como lo dijo en Zapicán- que "es repugnante" que los medios de comunicación masiva y los políticos de la oposición lucren con el "dolor ajeno" (léase: la difusión de todos los hechos que atentan contra la seguridad; unos para obtener un mayor rating y los otros para desmerecer la gestión gubernamental, entonces, si el Uruguay es un país seguro, si la criminalidad que se denuncia no existe en la escala con que se la pinta, ¿cómo se explica, y justifica, que el Dr. Tabaré Vázquez disponga de una tan numerosa guardia personal que, como dice Mujica, podría ser "una fuerza de trabajo destinada a atender frentes que no se están atendiendo"?
Por otro lado, si bien es cierto que el presidenciable frenteamplista, como es su costumbre, carece de confiabilidad en todo lo que dice, no es suficiente el descargo genérico que hace sobre el contenido de sus 14 charlas mantenidas, grabador mediante, durante 28 horas, con el autor del mencionado libro, al descalificar a Alfredo García ("es un periodista con careta de compañero") y alegar que "no leí ni autoricé ni revisé el libro... me engañaron alevosamente y perdí").
De ahí que planee ahora, seguir un curso intensivo para "aprender a callarse la boca y otro para no ser nabo", según ha dicho o le han impuesto que diga.
Queda en pie, por consiguiente, que el partido del gobierno, el mismo que cuenta con mayoría absoluta en ambas cámaras y con presencia exclusiva en la dirección de los entes públicos y los servicios descentralizados, tiene una sospechosa inclinación reprobatoria por la tarea periodística. El presidente Vázquez habla de crónicas revulsivas para los lectores, y denigrantes del oficio periodístico, al tiempo que el presidenciable del oficialismo trata de invalidar -cuando arrecian las críticas que recibe por su incontinencia verbal- las 28 horas de charlas abiertas, libres y registradas por un avezado periodista de su propio partido. Las que difícilmente podrían estampar hechos o interpretaciones contrarios al parecer de Mujica, por cuanto éste siempre coincide con su interlocutor y refrenda y desarrolla el punto de vista que se le plantea.
A propósito de todo lo expuesto, cabe consignar que no existe régimen totalitario alguno -en germen o ya desarrollado- que admita una prensa que difiera con sus criterios y propósitos. La prensa -entendiendo por tal a todos los medios de comunicación-, si es o quiere ser libre, es incompatible con los sistemas políticos liberticidas. Estos comienzan por silenciarlos, cerrarlos o ponerlos a su servicio.
No se concibe un sistema totalitario con una prensa opositora.
De ahí que cuando se constata que notorios dirigentes o conductores de un partido gravitante manifiestan hostilidad, menosprecio o desconfianza hacia los medios de comunicación tenemos que ser conscientes de que estamos recibiendo una señal evidente de que todo ello puede conducir a extremos que no comulgan con la libertad de opinión, elementos visceral de toda democracia.
Es obvio que la prensa no puede ser reducida a la peculiar concepción que tengan esos dirigentes, sino que debe compadecerse con la visión que emana de una cultura democrática que establece patrones tradicionales.
Una cosa es discrepar con algunas prácticas o enfoques -todos poseemos y ejercemos ese derecho- pero otra, muy distinta, es pretender regular, someter a una profesión tan multiplicadora como la periodística, para que ésta se desempeñe en función y al servicio de los intereses particulares de quienes quieren disponer a su antojo, del poder que se les ha conferido.
¡Alerta, pues, Uruguay!