Un escándalo que amenaza a Lula

Es bien sabido que la política exterior del gobierno de Yamandú Orsi tiene un sólo norte. Este es seguir de manera implacable, todo lo que haga el gobierno de Lula da Silva en Brasil.

Esta postura tiene varios peligros, como es obvio. Para empezar, los intereses de Brasil no coinciden necesariamente con los de Uruguay, Lula ha quedado muy enfrentado a Donald Trump, y está cada vez más aislado en el contexto continental.

Pero a todo esto, se suma algo todavía más riesgoso para la estrategia uruguaya, y es que el mandatario brasileño enfrenta un escándalo político interno gigantesco, que puede ser letal en las elecciones presidenciales previstas para este año.

Todo empezó con el derrumbe del Banco Macro, una institución que había tenido un crecimiento explosivo en los últimos años, gracias a los aceitados contactos políticos de su dueño, el empresario Daniel Vorcaro. Este empresario había montado un esquema ponzi millonario con su negocio, y buscaba venderlo al propio estado antes de que explotara. Para eso, había desarrollado un esquema de vinculación con el sistema político y judicial de Brasil, que movía millones de dólares.

No sólo organizaba fiestas fastuosas con acompañantes de lujo en barcos y palacios europeos. También tenía vínculos carnales con el bajo mundo. De hecho la semana pasada se suicidió de manera llamativa en la cárcel un personaje apodado “sicario”, a quien Vorcaro había pedido dar una paliza a un periodista del diario O Globo, que ha venido difundiendo primicias sobre la investigación policial de la quiebra bancaria.

Como si el escándalo no tuviera todos los ingredientes para ser una novela de O Globo, (lujo, corrupción, mujeres hermosas, altas esferas del poder) ahora hay otro elemento que viene sumando “picante” a la causa. Hablamos de la filtración de mensajes del celular del banquero caído en desgracia, que tienen sin dormir a todo el sistema político brasileño.

En particular, los mensajes han sido devastadores para dos figuras clave del sistema judicial de Brasil, los ministros del Supremo Tribunal Federal, José Antonio Dias Toffoli y Alexandre de Moraes. En el primer caso, se supo que no sólo había viajado varias veces en el jet privado del banquero, sino que habían sido parte juntos de u negocio turbio con un hotel de lujo, que le costó (por ahora) tener que dejar la investigación del caso.

Pero más impactante es lo de De Moraes, una de las figuras más poderosas de todo Brasil, el juez que metió preso a Bolsonaro, que mandó censurar a la red social X durante semanas, y que mantiene desde hace años una investigación abierta sobre “fake news” y política, que lo ha erigido en el control absoluto de la política en su país.

Ya se sabía que la esposa de De Moraes, que tiene un pequeño estudio jurídico, había recibido un contrato millonario del banquero por asesorías misteriosas. Pero gracias a las filtraciones telefónicas, ahora se supo que tenía conversación permanente con el juez de la Corte, y que incluso el día que lo arrestaron por estafador, había intercambiado sugerentes mensajes con De Moraes.

La realidad es que por ahora, la causa no ha afectado directamente a Lula da Silva o a su partido. Pero el escándalo de corrupción reflota la sensibilidad de causas como el “Mensalao” o el “Lava Jato”, letales para la imagen del PT. Además, el juez Dias Tóffoli fue quien declaró nulas todas las pruebas contra Lula que le permitieron salir de la cárcel, y De Moraes ha sido visto en varias ocasiones con gestos muy amables con el actual mandatario.

Todo este escándalo explota, además, en momentos en que Lula enfrenta ya problemas políticos serios. Las últimas encuestas lo muestran en un empate técnico con Flavio Bolsonaro, quien sería el candidato opositor tras la inhabilitación de su padre, el ex Presidente (decretada por De Moraes). Y en Brasil comienza a percibirse un paulatino movimiento hacia la oposición de las fuerzas pol´tiicas clave, conocidas como “el centrao”. Gente cuya ideología es más que nada el poder, y que huelen que Lula no les puede garantizar prebendas a futuro.

Las elecciones en Brasil serán recién el 4 de octubre, y mucho puede pasar hasta entonces. Pero está claro que la inercia de la política le juega en contra al mandatario de 80 años. La pregunta es cómo quedará el gobierno uruguayo en caso de que pierda el presidente al que ha apostado todas sus fichas. En un continente, además, donde en cada elección vienen perdiendo los partidos de izquierda. Una situación muy compleja, para la cual el gobierno no parece tener un plan B.

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