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Un proceso que ha ido tomando fuerza es el de la transformación de la educación. Si bien nunca estuvo detenido, es verdad que al arrancar este gobierno con una emergencia sanitaria a causa de la pandemia, hubo que atender otras urgencias que pasaron a ser prioridad.
El empuje es notorio. El domingo pasado este diario publicó una entrevista a Adriana Aristimuño, que desde su oficina en la ANEP trabaja hasta 10 horas al día para ir ajustando, mejorando, adaptando un plan de transformaciones que cambiarán el perfil de la educación, o al menos eso es de esperar.
Se trata de cambios que estaban haciendo mucha falta a raíz de la crisis educativa que lleva más de una década y que perjudica a varias generaciones (en especial a aquellos que viven en áreas críticas) y que las anteriores directivas de la ANEP no quisieron afrontar.
Por otra parte, el presidente de la ANEP, Robert Silva, recorre barrios de Montevideo y ciudades y localidades de distintos lugares del país para explicar el alcance de la reforma, a la que prefiere referirse como “transformación”.
Detrás de ambos jerarcas y del conjunto de técnicos, profesores e inspectores de la enseñanza que trabajan en estos proyectos, está también el ministro de Educación y Cultura, Pablo da Silveira, dando un fuerte espaldarazo al proceso puesto en marcha.
La reforma cuenta con un claro apoyo de la población. Dada la alarmante situación que afecta los niveles de aprendizaje, mucha gente siente que ya era hora de encarar el problema con seriedad. Eso no quiere decir que sus resultados se verán a fin de año. Tomará tiempo. En parte, porque sus efectos son acumulativos. En parte, porque todavía es necesario superar el lastre de tantos años mal trabajados.
Corresponde que los docentes dignos, serios y profesionales den claras señales de que ellos no son lo mismo que estos dirigentes, en especial los de Fenapes que cada vez que hablan su imagen empeora.
Importa destacar lo del apoyo explícito de vastos sectores de la población porque por otro lado se habla (y así titulaba nuestro diario hace unos días), de una “reforma resistida”. Sin duda es resistida, pero por los sectores militantes de estudiantes y de los reaccionarios sindicatos de la enseñanza. No saben a qué se oponen, pero se oponen igual. Ni siquiera representan al total de los estudiantes ni al total de los profesores.
Por eso, importan estas recorridas del presidente de ANEP, donde explica “cara a cara” cuales son los pilares de la transformación.
Por un lado, están los Centros Espínola que van surgiendo en las zonas más vulnerables del país. La idea es reforzar allí criterios educativos que permitan superar lo que de otra forma sería una situación de desigualdad, como ya estaba ocurriendo.
El otro pilar es la enseñanza por competencias, una idea muy interesante pero no tan fácil de entender y que ha hecho que la ANEP se lance a una campaña para explicarla mejor.
Las recorridas de Robert Silva muestran la determinación de la ANEP de no ceder ante las fuertes presiones lanzadas contra la reforma. El violento ataque con un termo dado al vidrio del auto que lo llevaba cuando fue al Cerro, muestra el desquiciado intento de ciertos militantes por frenar lo que no debe ser frenado.
Por eso, insistimos, se trata de una “reforma resistida” solo por estos crispados militantes que ni siquiera saben a lo que se oponen. Cualquiera sea la propuesta, siempre dirán que no. Es lo único que saben decir.
Es muy probable que el grueso de los inspectores, profesores y maestras no estén en la misma postura. Algunos compartirán los lineamientos de la reforma, otros quizás no tanto pero de todos modos pueden apreciar algunas de sus bondades. El problema es que aún en su seriedad profesional, se están dejando contaminar por este brutal desprestigio que les generan los activistas con sus groseras consignas. Muchos padres asombrados, viendo esas desaforadas conductas, se preguntan si así son todos los que les dan clases a sus hijos.
Corresponde, entonces, que los docentes dignos, serios y profesionales den claras señales de que ellos no son lo mismo que estos dirigentes, en especial los de Fenapes que cada vez que hablan su imagen empeora. Lo cual es natural: se dicen dirigentes del sindicato de la enseñanza y públicamente admiten que ni les gusta ni les interesa enseñar.
De esos deben tomar distancia los profesores que sí quieren trabajar en serio y entienden que las transformaciones son impostergables.
Mientras tanto, está bien que Silva siga recorriendo liceos para explicar la reforma. Su entusiasmo contagia y trasmite la señal de que a esta transformación no la para nadie.
Ni siquiera los ataques con termos.