Un ejemplo anti-inversión

El tema de la inversión ha estado mucho en los titulares en las últimas semanas. Es que por un lado, es un elemento fundamental para que el país crezca, y pueda generar los niveles de riqueza que le permitan dar un salto final al desarrollo. Por otro, todo el debate en torno al llamado “diálogo social”, ha generado un ruido que poco ayuda a que gente que tiene capital, decida invertirlo en nuestro país.

En medio de esta polémica, y con el ministro Gabriel Oddone poco menos que acusando de anti patria a todo aquel que levante dudas sobre el efecto que los pretendidos cambios a la seguridad social vayan a tener sobre el clima de negocios, un informe publicado ayer por El País deja en claro lo que está pasando.

La pieza, firmada por el periodista Lautaro Brum, afirma que los inversores que venían apostando fuerte al mercado inmobiliario nacional, se están moviendo ahora con mayor cautela. Ergo, hay menos plata ingresando a esa actividad que implica a la construcción y el mercado inmobiliario.

Según el artículo, “la inversión extranjera en el negocio inmobiliario uruguayo, muestra señales de mayor prudencia y cautela. Desarrolladores consultados por El País señalaron que existe una mayor demora en la toma de decisiones, proyectos que se analizan con más detenimiento y, en algunos casos, capitales que empiezan a mirar con interés otros destinos de la región como Paraguay”. ¿El motivo? “Los factores detrás de esa prudencia son varios: desde el contexto global y regional hasta los costos locales, la burocracia estatal, la rentabilidad esperada y las señales tributarias del nuevo gobierno”.

No hay que ser un supergenio de la economía para darse cuenta lo que está pasando. Ni cuales van a ser las consecuencias.

En los últimos diez años, por lo menos, el país ha vivido un verdadero “boom” en materia de inversión inmobiliaria. Hemos visto desarrollarse proyectos enormes tanto en Montevideo, como en Canelones y Maldonado, que han cambiado la cara al país. En buena medida, gracias a la ley de vivienda promovida, que genera atractivos muy interesantes para la inversión. Así como también gracias a la normativa para facilitar la llegada al país de personas con patrimonios amplios, que se benefician de una “vacación fiscal”.

Estos hechos han permitido dinamizar de forma histórica a una actividad que es la que genera más “derrame” en la sociedad. Entre 55 y 60 mil personas trabajan hoy directamente en la construcción, en muchos casos, gente de escasa formación y que se va profesionalizando con su propia tarea. A lo que hay que sumar quienes se manejan en el rubro de barracas, proveedores, locomoción, y hasta automotoras.

Basta acercarse a una obra en marcha para ver el dinamismo que se genera en torno a cada proyecto. Un dinamismo que permite al estado recaudar varias veces más que lo que en teoría “sacrifica” en materia tributaria con estos beneficios.

Pero ya se sabe que a los socialismos, a la gente “de izquierda”, pocas cosas le rechinan más que ver a gente prosperar.

Entonces desde hace unos años vemos que desde el Frente Amplio se multiplican los discursos en contra de este desarrollo inmobiliario.

Que no pagan impuestos, que se construye sin tener en cuenta al ambiente o al consumidor final, que la vivienda no baja de precio, que se benefician solo los especuladores, que es todo “lavado de dinero”, o refugio para ricos que no quieren pagar lo que deben en Argentina o Brasil. Últimamente se ha generado un nuevo elemento: la guerra a los llamados “monoambientes”

Si, un senador y un viceministro (¡nada menos que de vivienda!) pretenden imponer una cuota moral a la vivienda según el metro cuadrado que abarque. E imponerle por la fuerza a la gente, el tipo de vivienda que puede construir o habitar.

Toda esta hostilidad que se escucha desde hace años desde el corazón del Frente Amplio contra una actividad económica cuyo único pecado era ser rentable y exitosa, empieza a tener su efecto. Y la gente que tiene plata para invertir, se da cuenta que en el propio partido de gobierno, no se aprecia su presencia como antes. Y la opción es clara. Paraguay, Argentina, o cualquier otro mercado mayor y más amigable.

Cuando el ministro Oddone se queja de que desde bancos, consultoras, o la oposición se emiten alertas que pueden dañar el clima de negocios, le está errando feo en el diagnóstico. Son sus propios compañeros de partido los que están espantando a los inversores. El sector inmobiliario es un ejemplo perfecto del problema.

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