Un conflicto interminable

Israel, nuevamente, está en guerra. Tras meses y meses de soportar una intermitente lluvia de misiles contra su territorio desde el bastión de Hamas en la Franja de Gaza, el gobierno israelí decidió lanzar una contundente ofensiva militar. Con ella no busca aumentar su territorio, ni eliminar a un rival político, ni masacrar niños inocentes. Solo llevar calma a sus ciudadanos, inmersos desde hace demasiado tiempo en un conflicto inacabable.

Como cada vez que esto ha sucedido, las reacciones en el mundo son variadas. Están quienes apoyan el derecho del estado israelí a existir y a defenderse. Y que sin titubear a la hora de criticar algunas posturas políticas y excesos bélicos, comprenden la tragedia que siempre representa una guerra, y reconocen a aquel gobierno como el único en esa región que defiende la democracia, y los valores que representan la esencia del pensamiento occidental. En esa línea histórica ha estado siempre El País.

Después están los otros. Allí hay ingenuos bienintencionados que desde el confort de su pacífico hogar creen que la respuesta a las lluvias de misiles debiera ser el diálogo y el amor. Y también quienes aprovechan cada ocasión posible para sacar a luz su odio contra Israel, ya sea por traslación de un odio a Estados Unidos (del cual ven al estado judío como aliado incondicional) y a todo lo que representa, o directamente por un mal disimulado antisemitismo.

Sobre el conflicto profundo, del cual estos hechos lamentables son solo un capítulo más, corresponde decir dos cosas. El Estado de Israel no es una creación artificial y malevolente como muchos quieren sugerir. Su nacimiento, y coexistencia con un Estado palestino, fue el final de un proceso histórico lógico y racional, apoyado por una abrumadora mayoría de países en el seno de las Naciones Unidas, donde Uruguay además tuvo participación y liderazgo. A partir de allí ha debido soportar guerras abiertas y conflictos latentes, en los cuales aún con su pequeña escala, siempre salió victorioso, pese a lo cual ha sido la única parte dispuesta a buscar una paz definitiva. Se podrá estar más o menos de acuerdo políticamente con su actual gobierno, pero no se puede negar que su pueblo ha votado a partidos de la más distinta variedad ideológica, que han intentado lograr esa anhelada paz de las más distintas maneras. Y sin embargo esto nunca fue posible debido a que del otro lado no existió nunca un liderazgo capaz de asumir la responsabilidad histórica de lograrla.

Ahora bien, más allá de lo doloroso de este episodio, de los hechos de sangre que vemos por televisión todos los días y que conmueven al mundo, es necesario comentar lo que ha sido la reacción del gobierno uruguayo y de algunos de sus integrantes. El planteo oficial del MPP, sector mayoritario del oficialismo, y al que pertenece nada menos que el presidente Mujica, solo se puede calificar como delirante y contrario al interés y tradición nacional. Este sector, que ha defendido a tiranos como Gadafi, que ha sido incapaz de criticar al gobierno sirio que hace meses asesina a su propio pueblo, que se ha solidarizado con el presidente iraní, quien ha dicho que hay que borrar a Israel del mapa y que en lo social enarbola posturas propias de la edad media, ahora acusa al estado judío de "practicar una política de exterminio".

Una muestra más del nivel de fanatismo y resentimiento que anida en una formación que no merece el apoyo electoral del que ha gozado en los últimos períodos, únicamente gracias al carisma del actual Presidente.

Pero tampoco es justo reducir esta crítica a un sector del oficialismo. Si bien otros partidos han criticado esa postura, y la presidente del Frente Amplio, Mónica Xavier ha mostrado una visión mucho más racional y mesurada, la realidad es que el MPP es la mayoría en el Frente Amplio, y el canciller y el presidente son parte del mismo. No se puede tolerar por un lado esas posturas en la interna, pero hacia afuera poner cara de que no se tiene nada que ver. ¿Se puede ser dirigente de un sector fanático que defiende a los peores tiranos del mundo, y después pretender dirigir la política exterior del país como hace el canciller Almagro? ¿Es eso consistente con los valores humanistas y la tradición histórica del Uruguay? ¿Qué opina el Presidente Mujica? ¿Está de acuerdo con lo que dice su sector político? Son estas definiciones trascendentes que el pueblo uruguayo merece conocer sin demora.

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