Un año de Trump

Se cumple mañana fecha del primer año del actual mandato presidencial de Trump en Estados Unidos (EE.UU.), cuyo final está previsto para enero de 2029. La envergadura de los cambios que ha instalado en política exterior es tan grande que parece que hiciera mucho más tiempo que está en el poder.

En primer lugar, la administración republicana tomó una decisión drástica en materia de influencia cultural internacional: todas las ayudas canalizadas a través de su Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) fueron revisadas. Se trataba de un enorme programa de ayuda que representaba cerca del 40% del total mundial, y que en manos de la administración Biden y su influencia de izquierda woke se había dedicado a promover políticas completamente alejadas de los tradicionales de Occidente.

En vez de democracia y libertad, el USAID apoyaba a organizaciones radicales alineadas con organizaciones terroristas, a clínicas médicas transgénero, a grupos en favor de la diversidad, la equidad, la inclusión y los derechos LGBT y a diversas políticas de ese estilo. Se puede decir que fue una medida simbólica, pero marcó fuertemente el cambio que pretendía consolidar la nueva administración y que dio otro signo claro con el siguiente gran golpe a acciones multilaterales ocurrido hace pocos días: EE.UU. salió de 66 agencias internacionales, muchas de ellas de la ONU.

En segundo lugar, la política exterior de Trump ha fijado claramente un objetivo estratégico hemisférico que pasa por una actualización de la Doctrina Monroe: en un marco de competencias con grandes países como Rusia y China, las Américas no deben sufrir injerencias de potencias extrarregionales. Además, ese espacio debe transitar un camino de paz y desarrollo en consonancia con las prioridades civilizacionales de EE.UU.

En tercer lugar, la política de Trump asume para sí un liderazgo en Occidente que va mucho más allá de lo económico, político y militar. Tomando para sí el diagnóstico de finales del siglo XX en torno a la rivalidad de civilizaciones que está llamada a marcar las próximas décadas, Washington ha sido muy claro con relación al viejo polo europeo: es urgente que la Unión Europea tome mayores responsabilidades en torno a sus propios gastos e inversiones en defensa militar, y es también muy necesario que cese en su amplísima política de inmigración extrarregional que, de continuar, está llamada a hacer desaparecer lo propio de la tradición occidental y cristiana en el viejo continente.

En cuarto lugar, sin relativizar ese papel de fuerte liderazgo estadounidense, la administración Trump ha aceptado de hecho que se acabó el tiempo de ser una superpotencia capaz de estar en todas partes a la vez y con protagonismo excluyente. Tanto en la crisis de Ucrania, como en la de Ruanda y Congo, como en la de Tailandia con Camboya, como en la de Medio Oriente y en particular con relación a Irán, EE.UU. ha ocupado un lugar relevante para fijar reglas de juego indudables. Pero, al mismo tiempo, ha dejado claro todas las veces que los principales actores de cada región serán los que tendrán que ocuparse de sus responsabilidades en tanto fuerzas de estabilidad políticas a futuro.

América debe ser grande nuevamente, y para ello deberá privilegiar inversiones extranjeras de punta en su propio país, una influencia asentada y potente en un hemisferio lleno de recursos naturales a ser explotados, y un ordenamiento internacional en el que, como enseña la vieja escuela inglesa de relaciones internacionales en torno a los trabajos de Hedley Bull, unos pocos países deben ser los encargados de dividirse las tareas en distintas regiones del mundo para asegurar la paz y la estabilidad de todo el sistema.

Evidentemente no hay por qué estar de acuerdo con todos estos cambios que trajo consigo este año de política exterior de Trump. Sin embargo, importa mucho, antes de juzgarlos con ojos críticos, entenderlos bien y asumir las enormes consecuencias que tienen, en particular para la región que es la nuestra y que forma parte de la mayor atención de la Doctrina Monroe. Quejarse contra el imperialismo como si viviéramos en 1926; creer que no hay un rumbo claro en la dupla Trump y Rubio y que son un par de políticos amateurs; o suponer que estamos frente a un paréntesis de cuatro años y que pronto retornaremos al manejo internacional propio del orden liberal de los años 1990, sería equivocar totalmente el análisis.

Con lo ocurrido en este primer año de política exterior de Trump es hora de asumir que estamos ante un cambio muy importante y profundo.

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