Hoy es una fecha patria en Argentina particular, porque el 1° de marzo pasado, en la apertura de las sesiones ordinarias de su Congreso, el discurso del presidente Javier Milei convocó a un “pacto de mayo” que abriera la puerta a un nuevo tiempo político. El resultado no ha sido auspicioso.
La idea procuraba inaugurar una dinámica diferente a la que se venía verificando desde que Milei asumiera el mando en diciembre de 2023. En efecto, Milei fue electo por la mayoría más importante desde el retorno a la democracia en 1983. Empero, por la forma en la que está definido el sistema electoral para el Parlamento, no cuenta con mayoría propia ni en Diputados ni en Senadores. Esto genera naturalmente un conflicto de poderes importante: un presidente legitimado por las urnas, con un programa claro de reformas profundas, y un Parlamento de pluralidad de partidos, también legitimado por las urnas, pero en el que esas ideas presidenciales no siempre concitan apoyos mayoritarios.
Para terminar con este choque de gobernabilidad, que de alguna forma ya había tenido una primera instancia con relación al decreto de necesidad y urgencia que el presidente firmó y sigue vigente pero que levantó mucha oposición parlamentaria, Milei sorprendió en marzo con una mano tendida en favor de un pacto amplio y generoso con sus adversarios, a la vez que claro y contundente en su contenido. Al tiempo que invitó a participar a todos sus adversarios y aliados, definió una hoja de ruta liberal y reformista. El problema quedó así planteado: el contenido propuesto por el presidente de ninguna forma habría de ser aprobado sin modificaciones por buena parte de sus adversarios representados en el Parlamento y en algunas de las principales provincias de Argentina.
¿Acaso importaba que fracasara ese pacto de mayo? Aquí es donde la actitud de mano tendida presidencial no convenció del todo al resto del sistema político, porque ocurrió en paralelo a una advertencia clara: el pacto debía llevar la impronta ideológica de Milei; el rumbo de reformas sustanciales no era negociable; e incluso, si no se llegaba realizar el pacto, nada haría cambiar las políticas macroeconómicas de estabilización y combate a la inflación sostenidas sobre un férreo superávit fiscal.
Fue así que en el correr de este otoño la política argentina se encaminó hacia un 25 de mayo particular: si bien la idea de pacto estaba sobre la mesa, no hubo un esfuerzo metódico por encontrar caminos de acuerdos, e incluso la siempre inteligente ironía porteña empezó a llamarlo “el pacto del solitario”, de manera de dar cuenta de esta forma de las dificultades que encontraba en concretarse. Pasó así a primar la idea de que Milei no iba a poner mucho empeño en que la idea fundacional pactista se aprobara.
Llegamos pues a un 25 de mayo con la misma ruptura política que viene siendo protagonista desde el triunfo de Milei en diciembre: un presidente que avanza en su programa desde los instrumentos que tiene para llevarlo adelante en el Ejecutivo, y un Parlamento que representa a un abanico de fuerzas políticas en las que dicho rumbo no cuenta con consensos. Por un lado, el razonamiento es que la economía terminará ganando a la política: será a partir de los buenos resultados acumulados que vaya obteniendo Milei en estos meses en la parte económica, que el escenario político se terminará alineando, incluso a más tardar con las legislativas previstas en 2025.
Por otro lado, la apuesta opositora, en un contexto general en el que no se acierta a encontrar una cara visible que la federe, parecería ser la de seguir esperando la evolución de un programa de ajuste que hoy cuenta con apoyo popular pero que, tarde o temprano, terminará generando un malhumor social importante, y con ello una caída de popularidad presidencial que hará que su posicionamiento inflexible termi- ne teniendo que ceder a las demandas de diversos actores sociales y políticos.
Mientras que esta pulseada se anuncia larga, Argentina da señales internacionales claras: avanzó en una mayor integración con la OCDE; se alineó fuertemente tras Estados Unidos e Israel; fijó caminos de colaboración amplios en el Río de la Plata; y apuesta a un crecimiento con apertura comercial que claramente favorece la posición uruguaya en el Mercosur.
Argentina vive un proceso de estabilización frágil pero que avanza decidido, y un presidente con apoyo popular pero que es contrariado por sus rivales al punto de hace fracasar su oferta de pacto. Estamos pues ante un 25 de mayo muy particular.