Tres ideas, que suenan contradictorias, nos invadieron a muchos en estas horas.
Hay momentos en la historia en los que la reacción inicial es inevitablemente emocional. El sábado en la mañana, para muchos defensores de la democracia y de las instituciones, la primera sensación fue de alegría. Una alegría casi visceral. Ver a Nicolás Maduro esposado, subiendo a un avión como un presidiario, o imaginárselo declarando ante un tribunal, le arranca una sonrisa a cualquiera que conozca de cerca el drama venezolano. A quienes han escuchado, durante años, los relatos de exilio, persecución, cárcel, hambre y muerte. Ver derrotado a quien, como pocos, se emborrachó de poder, se creyó omnipotente y gobernó mediante el miedo produce una satisfacción humana difícil de disimular. No es una reflexión sofisticada: es una reacción básica ante la caída de un tirano.
Pero pasada esa primera emoción, otras cosas empiezan a sopesarse. La segunda sensación es mucho más incómoda: la conciencia de la enorme complejidad de lo que está ocurriendo, el saber que los ángeles están en el cielo, que los intereses son múltiples y complejos y que mucha agua tiene que correr debajo del puente antes de que la democracia llegue a Venezuela. Una intervención extranjera no es ni remotamente la forma en que la mayoría de los millones de venezolanos soñaron con acabar con Maduro. Sin dudas, quienes creemos en las instituciones, la intervención directa de una superpotencia extranjera en otro país no es deseable. Ver a Estados Unidos violar el derecho internacional y llevarse por la fuerza a un dictador sudamericano abre preguntas legítimas sobre precedentes, riesgos y consecuencias.
A eso se suma la incertidumbre sobre lo que viene. El propio presidente Lacalle Pou lo expresó con precisión al decir: “Hoy puede amanecer la libertad en Venezuela. Puede”. El “puede” es clave. Nada garantiza que el escenario posterior sea el esperado. Todo indica que se abre una transición pactada con sectores del propio régimen. ¿Qué obtiene Estados Unidos de esta jugada? ¿Cuánto durará esa transición? ¿Qué lugar ocupará la oposición democrática que ganó las elecciones el año pasado? ¿Cuándo habrá elecciones libres? ¿Cuándo se liberará a los presos políticos? La caída de un dictador es, sin duda, una buena noticia. Pero no es sinónimo automático de democracia. La cautela que se percibe hoy en Caracas es una señal elocuente.
Sin embargo, en el mismo camino de “desemocionlizar” las reacciones, si somos honestos, surge una tercera idea evidente e incómoda, decir: “ni la dictadura de Maduro, ni la intervención de Trump” suena lindo pero en verdad equivale a decir: “prefiero que siga Maduro”.
En la vida real, y especialmente al final de guerras y dictaduras, no se elige entre caminos perfectos. Maduro y sus principales asesinos no tenían incentivos a ceder poder, los vínculos con el narcotráfico, los intereses de las dictaduras rusa, iraní y cubana; y el oxígeno permanente de los socios de izquierda como España, Colombia, Brasil y, desde luego, Uruguay; hacían inviable un quiebre interno.
Decir que esta intervención es inadmisible y que representa el peor de los escenarios implica, llevado hasta el final, sostener que es preferible que Venezuela continúe secuestrada por esa banda criminal de asesinos, narcotraficantes y otras potencias extranjeras antes de que Estados Unidos “acerque un dedo”. Es una posición que puede discutirse, pero hay que asumirla completa. No vale decir “quiero que caiga Maduro, pero no así”, cuando todo indica que no iba a caer de otra forma. En particular, es poco creíble ver a los que primero defendían a Maduro y le daban las llaves de la ciudad, y que luego de que asesinara a cientos de jóvenes en las calles reconocieran que Maduro era malo pero que la oposición también y había que “bajar tensiones”; decir ahora que en realidad que a ellos nunca les gustó, pero que lo central es denunciar lo inadmisible de lo que hace EE.UU.
Falta mucho y, para los que defendemos la libertad y las instituciones, las sensaciones se seguirán mezclando. La alegría de ver derrotado al que probablemente sea el peor asesino latinoamericano del siglo XXI se matiza con la racionalidad de entender lo complejo, incierto y riesgoso del proceso que se abre. Pero esa misma racionalidad obliga a decir algo claro, quienes dicen que esta intervención es el peor de los mundos, en el fondo, están diciendo algo simple y muy concreto: prefieren que siga Maduro, con Rusia, Irán y Cuba, antes que Estados Unidos ponga un dedo. Esa es la discusión real. Todo lo demás es retórica.