Las contradicciones del gobierno son tan variadas como conocidas. Es llamativa la que existe en materia de políticas represivas, de combate a la inseguridad. Hablamos en sentido amplio, de la política del gobierno nacional ante el delito y la del gobierno municipal con las sanciones por infracciones a las normas de tránsito. Son dos expresiones distintas de ilicitudes.
En el ámbito nacional, la ministra del Interior se niega a aplicar la política de "tolerancia cero" que llevara adelante hace unos años el entonces alcalde de la ciudad de Nueva York, Rudolph Giuliani, transformando radicalmente una ciudad contaminada por el delito en muchas de sus zonas, en una urbe pacífica en la cual sus habitantes pueden desplazarse por las calles y vivir en sus hogares, con el máximo de seguridad. Para ello, naturalmente, se necesita no sólo una estrategia de choque que reprima al delincuente sino también una policía preparada, culta, y recursos suficientes para pertrecharla, y educarla, concientizándola de la trascendencia de los valores que tiene que defender.
Desde entonces "La Gran Manzana" abandonó la polución de los asaltos, las rapiñas, el tráfico de drogas hasta voceado por sus calles, los asesinatos. La política de "tolerancia cero" no necesita indefectiblemente derivar en la represión violenta del delincuente. Al contrario, empieza y en la mayoría de los casos termina con la mayor eficacia de la prevención y de la vigilancia. La presencia policial en la ciudad pasa casi desapercibida, pero bastará el más mínimo indicio de la posibilidad de un delito para que el funcionario actúe de inmediato y lo evite, y sólo en aquellos casos en que la acción transgresora lo haga inevitable, se reprime con energía, pero con cuidado y proporción entre el peligro y la fuerza que se emplea para conjurarlo.
Por supuesto que no se puede comparar la policía neoyorquina, o la de otras ciudades como las capitales europeas, especialmente Londres, por ejemplo con la brasileña, que no ha podido defender el poderoso imán de atracción turístico que significa Rio de Janeiro para Brasil. Allí el problema social está mucho más extendido y los recursos no son los mismos. La peligrosidad de la maravillosa ciudad es muy alta.
Aquí los ministros del Interior socialistas que hemos tenido y tenemos, no han logrado ganarse la confianza de la población.
El drama de la inseguridad es cada vez más agudo y no es excusa alegar que se trata de una herencia maldita, porque cuatro años es tiempo suficiente, si no para haber solucionado el problema, por lo menos para neutralizarlo y evitar su desmesurada expansión y aumento, como la estamos sufriendo. La ministra Tourné niega la "tolerancia cero" porque no sabe de qué se trata la estrategia, porque cree que lo que significa es simplemente el gatillo fácil.
Si la máxima autoridad no está informada de cómo en el mundo se ha procedido para salvaguardar la seguridad de la gente, poco se puede esperar de sus subordinados. Que necesitan de jerarcas lúcidos, idóneos en la materia en que deben gobernar, tanto como recursos económicos y materiales para proceder con eficacia.
En contraste con esto que tanto hay que lamentar y en donde el gobierno ha dejado un déficit muy difícil de enjugar, consideramos beneficioso que la Intendencia capitalina perfeccione el contralor del tránsito vehicular con técnicas que aunque en Europa ya existían hace treinta años, para nosotros son novedosas. Es el caso de las cámaras con radar, que habrán de sancionar los problemas de un tránsito caótico como el nuestro, en donde el exceso de velocidad es la falta más corriente y reprobable, sin perjuicio de la conducción en estado etílico o con drogas.
Para esas infracciones graves, si bien es cierto que el monto de las multas en algún caso o aún en su conjunto por excesivo puede ser confiscatorio, se explica la tolerancia cero. Es hora que se comprenda que el tránsito de un vehículo de por sí genera un riesgo social, y que se genere una cultura de cuidado y de respeto para los demás.
Quizá esté faltando algún detalle que no es menor, como el de sancionar el uso impertinente de la bocina por parte de quienes o se desfogan con quien los molesta o creen que así van a llegar antes a su destino.
Países hay en que estos histerismos se calman enseguida con el argumento del dinero.