La frase del título tiene su origen en un episodio de Los Simpsons, formulada por el inefable Homero. Se popularizó en España, donde se utiliza habitualmente para satirizar a los políticos que, en lugar de asumir responsabilidad ante el fracaso de su gestión, se justifican por ser víctimas de dramáticas conspiraciones.
Fue lo primero que nos vino a la mente cuando escuchamos la irritada exposición del ministro Gabriel Oddone en el almuerzo de ADN del pasado miércoles. No es la primera vez que el jerarca se dirige a la ciudadanía con cara de pocos amigos.
Ya lo había hecho en aquella inolvidable conferencia de prensa que comenzó con el presidente Orsi aclarando “primero que nada” que no se estatizarían las AFAP como resultado del famoso Diálogo Social.
En comunicación política hay una regla básica: si alguien tiene que enfrentar una cámara de televisión para advertir que “no soy un asesino en serie”, el público desconfiará. ¿Por qué semejante aclaración? ¿No será, nomás?
El Diálogo Social -un intento vistoso de la izquierda radical de ganar en la liga lo que perdió en la cancha- puso al equipo económico en un terrible brete. Sus integrantes, con Oddone a la cabeza, eran conscientes desde el primer día de que a la reforma previsional del gobierno anterior no había que tocarla y respiraron aliviados cuando el plebiscito respectivo, impulsado por el Pit-Cnt, no alcanzó los votos. Pero la “fuerza política”, en su habitual arte del birlibirloque, le pasó la pelota a esa especie de parlamento corporativo paralelo que, por supuesto, insistió sobre el tema, poniendo al presidente Orsi en la obligación de conceder algo. Durante meses, la más que paciente ciudadanía tuvo que bancar a comunistas, socialistas, casagrandistas y sindicalistas ad hoc prometiendo que iban por la eliminación de las AFAP y un retorno feliz a la inviabilidad del sistema.
Cuando llegan los resultados de tamaño desatino, el gobierno, en lugar de decir fuerte y claro “no, señores, eso no va”, anuncia modificaciones que inevitablemente intranquilizan al mercado. No fue solo la oposición la que protestó: lo expresaron también analistas económicos independientes, incluso la consultora donde Oddone había trabajado hasta su ingreso en la política activa.
Pero ahora es él quien acusa -no deja bien claro a quién- de “temeridad” y de embarrar una cancha ante inversores y organismos internacionales a quienes “tiene que dar la cara”. Su discurso en ADM tuvo el tono y el contenido de un rezongo. Un rezongo a la oposición, un rezongo a los empresarios legítimamente preocupados, un rezongo a las consultoras independientes que advierten los riesgos. Apela al victimismo por un perjuicio autoinfligido: el responsable de la conducción económica es él y debería entender que, en ese rol, si juega con fuego nos quema a todos.
Por suerte reconoció que hubo “errores de comunicación del gobierno”: se podría escribir un libro con la cantidad de mensajes incendiarios contra la viabilidad económica, empezando por aquella promesa en campaña electoral del hoy secretario de Presidencia Alejandro Sánchez, de estatizar las AFAP. Pero incluso al reconocer eso, Oddone se queda corto. Porque los desafines del gobierno no son solamente de comunicación, ¡son de gestión!
Si nos preocupaba tanto que en la administración Mujica hubiera dos equipos económicos paralelos -uno en el pragmático MEF y otro en la utópica OPP-, hoy podemos decir que estamos mucho peor: hay dos gobiernos paralelos. Uno con agenda más o menos pro libre mercado y el otro francamente estatista. O mejor digamos, lisa y llanamente kirchnerista. Cuando el contexto internacional nos era favorable y había un presidente con capacidad de liderazgo, el problema pasaba un poco más desapercibido. Pero ahora, cuando las papas queman y el liderazgo es inexistente, no hay manera de tapar las subas de tributos, las guiñadas al sindicalismo y gaffes increíbles como la de una ministra de Industria anunciando que el Estado pagará más caro para favorecer a proveedores nacionales, aunque el sobrecosto lo banquen todos los trabajadores con sus impuestos.
Podríamos compadecer al ministro Oddone por el lío en que está metido, pero no vamos a aceptar que nos rezongue, como si oposición, prensa y analistas económicos fuéramos culpables de la incoherencia atroz del partido de gobierno.
Que empiece por enojarse con sus compañeros y camaradas, para no terminar deteriorando su credibilidad técnica con una protesta más propia de Homero Simpson.