Socialismo y corrupción

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Durante mucho tiempo, se impuso el discurso de que el socialismo, las ideas autodenominadas “de izquierda”, eran inmunes a la corrupción.

Se trataba de generar un comunitarismo integrado por un “hombre nuevo”, que superaría la avaricia y el egoísmo propios del sistema neoliberal que tanto daño habría hecho a la humanidad. Es más, uno de los filósofos contemporáneos de esa corriente ideológica nacional llegó a esbozar la máxima de que “el que es de izquierda no es corrupto”.

La historia mostró que esto era solo otro aspecto de la soberbia e ignorancia sobre la naturaleza humana que han marcado a las ideas socialistas desde su nacimiento. Bastó que partidos “de izquierda” llegaran al poder, para que los índices de corrupción se dispararan de manera estrepitosa. En particular en los países donde el socialismo se impuso de manera más aplastante, ya que de acuerdo a los principios de esa doctrina que cree que el fin justifica los medios, se eliminaron todos los pesos y contrapesos que limitan el poder de los gobernantes.

Pero lo que hemos visto en América Latina en los últimos años agudiza la vinculación entre “izquierda” y corrupción a niveles particularmente graves. Incluso dejando de lado a los ejemplos más “puros” de gobierno de estas ideas como Cuba o Venezuela (desangradas hasta la miseria por la corrupción e ignorancia de sus líderes), la cosa es llamativamente preocupante.

Tenemos el caso de Lula da Silva en Brasil, cuyos gobiernos protagonizaron actos de corrupción institucionalizada de una magnitud como nunca se había visto en el continente. El “Lava Jato”, el “Mensalão”, “Odebrecht”, y tantos casos más, fueron una cachetada en el rostro de quienes afirmaban que “la izquierda” era inmune a la corrupción. Con el agravante de que regionalizaron sus mecanismos corruptos, derramando ese flagelo en varios países del continente. Es más, esta semana durante el primer debate electoral en ese país, el presidente Bolsonaro acusó en persona a Lula de haber dirigido el gobierno más corrupto de la historia del país (que es mucho decir), y el líder del PT no atinó siquiera a negar la acusación.

La corrupción es parte de la naturaleza humana, nadie está inmune, y la única respuesta es un estado de derecho fuerte y con instituciones independientes, que se controlen unas a otras.

De Argentina no hay mucho que decir. Alcanza ver la fortuna fastuosa generada por el matrimonio Kirchner y su entorno, gente que pasó la abrumadora mayoría de su vida trabajando en política, para ver que algo no cierra. Eso sin mencionar los videos de gente contando billetes, los bolsos con millones de dólares en conventos, o las decenas de condenas a ministros y funcionarios.

Pero ahora tenemos también el caso de Perú, donde el presidente Pedro Castillo, en apenas meses en el poder, acumula denuncias de todo tipo y color, con familiares directos implicados en esquemas de corrupción ostentosos. Vale recordar que pese a su particular ideología, mezcla de marxismo con un indigenismo fascistoide, Castillo contó con la simpatía y apoyo expreso de buena parte de la “izquierda” latinoamericana. Pese a que hoy, ante el bochorno de un presidente que no puede decir tres palabras seguidas, y cada semana tiene una denuncia nueva por corrupción, miran para otro lado y se desligan de su apoyo.

Esto sin entrar a hablar de lo que sucede en Nicaragua, o la forma en que las políticas del mexicano López Obrador de “abrazos, no balazos”, ha potenciado el accionar de los carteles de la droga.

La realidad es que lo que los ideólogos socialistas nunca han querido entender es que la corrupción es parte de la naturaleza humana, nadie está inmune, y la única respuesta es un Estado de derecho fuerte y con instituciones independientes, que se controlen unas a otras. Es que gobernantes como Cristina Kirchner o incluso Gabriel Boric, buscan deslegitimar desde que asumen, acusando a quienes deben controlarlos de ser operadores políticos de la oposición.

En Uruguay en apariencia la cosa nunca fue tan grave. Y los 15 años de gobierno del Frente Amplio dejaron “pufos” como la regasificadora, Ancap, Envidrio, y derroches millonarios en estructuras mal armadas como el Mides o el Inefop. Pero no han aparecido casos escandalosos de corrupción pura y llana. Ahora cuando uno ve a dirigentes de ese partido alinearse de manera acrítica con la vicepresidenta argentina, o con el ex mandatario de Brasil, o los dictadores de Cuba y Venezuela, no queda más remedio que preguntarse hasta dónde lo ocurrido en nuestro país tiene que ver con la salud de las instituciones y el sistema republicano del país, más que por la pureza moral de algunos dirigentes. Y cual sería el futuro de esas instituciones, si determinadas figuras volvieran a ocupar altos cargos de gestión en el Uruguay.

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