Que lo anecdótico despierte

Leer determinadas notas en la prensa local puede tener sobre los lectores un efecto muy desalentador. Queda la idea de que sí así se hacen las cosas, ¿por qué deberían esperarse buenos resultados? Eso sucede con una excelente crónica publicada el domingo por este diario, en que se narra cómo funcionan las Asambleas Técnico Docentes en la enseñanza pública. En realidad, el solo uso de la palabra “funcionan” ya parece un despropósito.

Según lo que dicen los sitios de la ANEP, “las Asambleas Docentes constituyen órganos públicos deliberantes con facultades de iniciativa y funciones consultivas en asuntos técnico-pedagógicos de la rama de enseñanza a la que pertenecen y en temas de educación general. (…). Participan de ellas todos los docentes del sistema ANEP.

Funcionan por establecimiento educativo (escuelas, liceos, centros, institutos, etc.), así como en Asambleas Nacionales correspondientes a cada Consejo Desconcentrado (Primaria, Secundaria y Educación Técnico Profesional) y en la Dirección de Formación y Perfeccionamiento Docente”.

Si nos atenemos al relato del periodista, nada de esto ocurrió en la Asamblea a la que fue. Ni siquiera tuvo que “hacerse pasar por profesor” para estar allí. Se dio por sentado que lo era. Las discusiones que recoge el relato parecen banales. Sirven sí, de catarsis para algunos profesores frustrados por cómo se dan clases, cómo aparecen estudiantes que recién ahora, en junio, se inscriben, cómo se usa (mal y tramposamente) la Inteligencia artificial.

Los profesores que concurrieron a esta asamblea que tuvo lugar en el Instituto Dámaso Antonio Larrañaga, no necesariamente enseñan allí ya que se permite que si el docente está lejos del liceo donde trabaja, puede ir a otro para participar de la ATD. En este caso, no solo se los coló un periodista, sino que había concurrido un profesor que enseñaba en Rivera, en el otro extremo del país.

Las discusiones se procesan en medio de un gran desorden, se votan propuestas que no se revisan y al terminar, lo más importante a conseguir es el certificado oficial de Secundaria que deja constancia que esos docentes estuvieron ahí y por lo tanto justifica que no hayan dado clases ese día.

La sensación trasmitida es de un clima de desidia, de desinterés por las cuestiones que deben ser abordadas. Se cumple con el requisito, se ventilan algunas frustraciones y después se van a sus casas. Frustraciones de origen incierto, por supuesto, porque no queda claro si ellas responden a disfuncionamientos graves del sistema educativo o al poco empeño puesto por los quejosos. Persiste la impresión de algo poco profesional, pero es difícil saber, a partir de un solo caso como el narrado, si sucede lo mismo en otras asambleas aunque todo indica que lo que el periodista vio, se repite en cada liceo.

Narrar una asamblea centrado en lo anecdótico, pero genuinamente real, ayuda a entender por qué hace años que la enseñanza está en el nivel que está. Como si a nadie realmente le importara que esa sea la realidad, ni nadie quiera mover un dedo para cambiarla.

Hay, desde la izquierda y los sindicatos, una postura hacia la educación que no sale de lo mediocre y de la nivelación hacia abajo. Lo cual es un drama porque quienes más necesitan una formación sólida, centrada, bien pensada y bien conducida, son los sectores postergados. Que con un papelito se consigne que terminaron, tarde y mal, la Secundaria, no los hará personas más formadas para vivir una vida de mejor calidad y bienestar.

Quizás con sentido realista, el pasado gobierno no se animó a implementar una profunda reforma educativa pero sí puso en marcha lo que llamó una “transformación” con medidas acotadas pero concretas para empezar a levantar el nivel. Con la llegada del actual gobierno se volvió a la retórica seudo académica del pasado, que queda en el discurso y no en el cambio.

En consecuencia, seguimos como siempre. Para colmo, lo que sí fue una extraordinaria iniciativa de la anterior administración, los Centros María Espínola, hoy caen en el letargo de la indiferencia. El entusiasta empuje de sus comienzos se frena en la consabida desidia burocrática.

Ojalá el relato de una asamblea técnico docente, tan elocuente en sus detalles, sirva para sacudir conciencias y tener claro que no es por causalidad que el nivel educativo de nuestro país cayó de la forma en que lo hizo. Uruguay viene postergando con irresponsabilidad la hora de afrontar este tema. No puede seguir demorando más.

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