¿Qué está cambiando?

La ajustada victoria de Keiko Fujimori en Perú y el claro favoritismo de Abelardo de la Espriella en Colombia, sumados al gobierno de Milei en Argentina, al avance de Kast en Chile y al recambio en Bolivia, instalan una pregunta inevitable: ¿estamos ante un viraje masivo a la derecha en el panorama político regional y global?

La primera respuesta es que no. Más que un viraje ideológico, lo que vemos son sociedades castigando a los oficialismos. En casi todas las elecciones recientes han perdido los gobiernos en ejercicio. Sucede que en buena parte de la región eran partidos de izquierda los que gobernaban, y por eso en los últimos tres años vimos pasar de manos a Argentina, Bolivia, Chile, Perú y, probablemente, Colombia. Veremos qué pasa en Brasil a fin de año, donde hay una elección abierta, pero no conviene olvidar que allí y en México gobierna la izquierda.

El relato del “viraje continental” es exagerado.

Pero también es cierto que los marcos de discusión se están corriendo, y que hay agendas más asociadas a la derecha que hoy ganan terreno. En Argentina, Chile y Colombia vimos candidatos haciendo campaña con propuestas de recortes masivos del gasto público que hace una década hubieran sido impensables. Allende el Plata es el caso emblemático: Macri ganó en 2015 prometiendo “alegría” y prometiendo que no habría bajas relevantes del gasto público; probablemente no habría ganado de otro modo. Milei, en 2023, hizo de la motosierra su símbolo de campaña. Alguno pensará que Macri fue un tibio y Milei un valiente; tendemos a pensar que la sociedad argentina tiene que haber cambiado mucho en esos ocho años, crisis mediante.

En Chile sucede algo análogo, con más moderación: para Piñera hubiera sido inviable proponer los recortes que hoy propone Kast.

En materia de seguridad el corrimiento es aún más nítido. Desde Bukele en adelante se habilitó una retórica de mano dura y represión que antes se manejaba en otros términos. El dato de que Bukele es hoy el líder internacional más popular en Uruguay, y que esa popularidad alcanza incluso a votantes frenteamplistas, habla de una sociedad distinta. En este tema es clarísimo que la gente está ávida de escuchar y aceptar soluciones mucho más radicales que hace algunos años.

Algo similar ocurre con la migración. Hasta hace muy poco, en Europa solo los llamados partidos populistas de derecha planteaban los problemas asociados a los procesos migratorios. Hoy la enorme mayoría de los partidos de centroderecha, e incluso varios de la centroizquierda, han incorporado esa preocupación a su agenda. Hablar a favor del multiculturalismo sin matices ya no es condición necesaria para no ser cancelado. En Chile también entró muy fuerte este tema en la agenda, y obviamente en EE.UU. es para Trump y su electorado un tema carísimo.

También el estilo de los liderazgos está cambiando. A todos los partidos tradicionales colombianos, de centro y de derecha, les acaba de pasar un elefante por el costado. O mejor dicho, un tigre: De la Espriella ganó la primera vuelta sin contar con el apoyo de ninguno de ellos. La imagen del líder fuerte, con respuestas contundentes y cierta agresividad discursiva, está funcionando en sociedades cansadas de la moderación y, quizás, de partidos que se habían mimetizado demasiado unos con otros.

Ante todo esto, los uruguayos parecemos extraterrestres. Hace menos de dos años tuvimos una elección en la que dos candidatos muy moderados compitieron por ver quién era más centrista. El gobierno saliente entregó el mando con buena aprobación, y los partidos tradicionales, entre los que está hoy el Frente Amplio, aglutinaron la enorme mayoría de los votos.

Nuestro sistema político se sigue comportando con una estabilidad y previsibilidad dignas del siglo XX; en breve nos llevan a un museo.

Pero nada es para siempre. El desplome de popularidad del gobierno actual y la insatisfacción creciente con muchos temas, como la economía y la seguridad, pueden habilitar una etapa nueva. Tener un presidente sin mando real terminará por cansar a los uruguayos, y es probable que los votantes reclamen la vuelta a un líder más tradicional, con autoridad efectiva. También, y dependiendo de cómo les vaya a los vecinos, es posible que se exijan reformas económicas más profundas y respuestas más radicales en seguridad. No parece sensato suponer que acá no va a pasar nada. A la uruguaya, sí; con tiempos y formas propias. Pero algo de todo esto, casi con seguridad, también va a pasar.

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