Prefiero mentir

Hay frases que resumen una época, aunque también contribuyan a degradarla. La admisión de Fernando Pereira de que “prefiere mentir” en materia de impuestos antes que resignar recursos para determinadas políticas públicas no es un exabrupto al pasar ni una torpeza por su excesiva verborragia. Es algo bastante más grave: la verbalización descarnada de una concepción del poder según la cual la verdad en política es totalmente irrelevante. Cuando eso se dice desde la presidencia del Frente Amplio, no estamos ante una simple salida de tono sino ante una confesión política y moral como pocas veces hemos presenciado en nuestra historia.

Como todos sabemos, durante la pasada campaña el entonces candidato Yamandú Orsi se comprometió explícitamente a que no subiría los impuestos. Una vez llegado al poder hizo exactamente lo contrario y procuró justificarlo con tecnicismos y coartadas narrativas muy berretas. Pero ahora ya ni siquiera se preocupan por disimular el engaño. Lo que antes se maquillaba como “adecuación”, “corrección” o “reconfiguración” hoy se formula con brutal sinceridad: sí, se faltó a la verdad, y no hay ningún problema en hacerlo. La forma destemplada en que se reaccionó desde el gobierno a los pasacalles instalados en Montevideo con la frase “El gobierno te mintió” demuestran una verdad irrefutable. Y lo notable es que esa razón no la terminó de probar la oposición, sino el propio presidente del Frente Amplio.

No se trata aquí de discutir solamente si un impuesto es bueno o malo, si afecta más o menos, o si recauda el 0,7% del PIB, como sostuvo Pereira. Ese es otro debate. Lo verdaderamente relevante es otra cosa: la relación entre democracia y verdad. Porque las democracias representativas descansan en un presupuesto elemental, sin el cual todo lo demás empieza a resquebrajarse: que la palabra empeñada conserva algún valor. Que no vale decir cualquier cosa en campaña tomándole el pelo a la gente. Que pedir el voto sobre la base de un compromiso genera una obligación moral y política.

Cuando un dirigente admite sin ruborizarse que es válido mentir y engañar a la población el daño excede con mucho un este episodio concreto. Se hiere una virtud cardinal de la política, entendida no como solemnidad vacía, sino como la convicción de que la credibilidad es un activo esencial de la vida pública. Un sistema político puede soportar errores, puede rectificarse, incluso puede comprender cambios de rumbo cuando las circunstancias se alteran, pero lo que no puede normalizar es la mentira asumida como herramienta legítima y hasta virtuosa.

A lo que debe sumarse que Fernando Pereira es uno de los principales responsables de subir el tono del debate político, insultar a sus rivales sin misericordia y bastardear la actividad política con argumentos que un día sí y otro también van directamente al barro. Ahora, como una bravuconada de barrabrava nos dice directamente: sí, mentimos ¿y qué importa? Ni Maquiavelo se hubiera animado a tanto cinismo y desprecio por los ciudadanos. A la hora de mirar la abrupta caída del gobierno y del Frente Amplio en todas las encuestas no debe verse sólo el descontento de los radicales de izquierda, también el de mucho votante centrado que se siente decepcionado y estafado.

El deterioro democrático rara vez llega de golpe, no suele irrumpir con pitos y matracas en el carnaval. A menudo empieza con pequeñas claudicaciones morales, con indulgencias frente a los abusos, con la resignación ante dirigentes que convierten la mentira y el insulto en método. Cuando eso se naturaliza, la confianza pública se erosiona, el cinismo social se expande y los ciudadanos comienzan a asumir que todos engañan y que la política es, por definición, un territorio para sinvergüenzas. Ese es un camino peligrosísimo, y Uruguay haría mal en subestimarlo cuando desde el poder se lo está alentando.

Por eso este episodio merece más atención de la que algunos quisieran darle. No porque haya revelado algo completamente desconocido, todos sabemos lo que es Fernando Pereira, sino porque ha dejado al desnudo, con una franqueza rampante, que nos desprecian. Los pasacalles decían que el gobierno mintió y Fernando Pereira, sin movérsele un pelo, les dio la razón. Y cuando quienes mandan admiten que su corrupción moral sin tapujos la sociedad tiene el deber de preocuparse porque allí donde la verdad pierde dignidad, la democracia empieza a perder defensas.

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