Política económica en el banquillo

Uruguay atraviesa un momento delicado desde el punto de vista económico, no por un shock externo imprevisto ni por una crisis internacional súbita, sino por una mala conducción de la política económica que combina errores graves en el frente fiscal y monetario. El resultado es un deterioro acelerado de la competitividad que comienza a sentirse en el empleo y en las expectativas, con un sector productivo que paga el pato de decisiones equivocadas y de una preocupante falta de reacción del gobierno.

Por el lado fiscal, el diagnóstico es contundente. El ajuste anunciado -y ya en ejecución- implica un incremento de la presión fiscal sobre la población cercano a los 1.000 millones de dólares, sin que ello esté acompañado por una reducción del gasto público. Muy por el contrario: el gasto sigue creciendo. Se trata, en los hechos, de un ajuste que recae exclusivamente sobre contribuyentes, trabajadores y pequeñas empresas, mientras el Estado evita revisar su propio tamaño, su eficiencia y sus prioridades. Esta combinación es particularmente dañina porque asfixia al sector productivo sin corregir los desequilibrios estructurales del sector público, trasladando el costo del desorden fiscal a quienes producen y generan empleo.

Pero el problema no se agota en la mayor carga tributaria. Una política fiscal expansiva, financiada con más impuestos y sin disciplina en el gasto, tiene consecuencias macroeconómicas conocidas. La literatura económica es clara y abundante: una mala política fiscal tiende a apreciar el tipo de cambio real, generando atraso cambiario. Este fenómeno no es casual ni transitorio. El atraso cambiario no es simplemente el resultado de factores externos o de movimientos internacionales del dólar; es, en buena medida, una consecuencia directa de decisiones internas. Negarlo es desconocer evidencia empírica sólida y décadas de análisis económico contemporáneo.

A este error fiscal se suma una política monetaria bamboleante, que ha llevado al dólar a niveles peligrosamente bajos y ha provocado un brusco cambio en los precios relativos. El impacto sobre el sector productivo es inmediato y profundo. La agroindustria, la industria manufacturera, el turismo y una amplia gama de servicios transables ven cómo sus márgenes se reducen drásticamente en cuestión de meses, sin tiempo para adaptarse ni para reconfigurar estructuras de costos. Cuando el tipo de cambio cae de forma abrupta, no hay ganancias de eficiencia que compensen el golpe: hay empresas que dejan de ser viables, inversiones que se caen y empleos que entran en riesgo.

El problema no es solo el nivel del dólar, sino la velocidad y la magnitud del ajuste, que reflejan una política económica mal coordinada o directamente sin coordinación. Los errores cometidos son de un manual básico de economía, la falta de consistencia entre las políticas fiscal, monetaria, cambiaria y de ingresos están comenzando a hacer estragos en nuestro sistema productivo mientras el equipo económico está de vacaciones o dando charlas sobre inteligencia artificial en el MACA.

Al tiempo que el Banco Central actúa como si el atraso cambiario fuera un daño colateral aceptable, el frente fiscal empuja en la dirección contraria a la competitividad. El resultado es una economía que cada vez crece menos dado que el país que produce, exporta y compite queda atrapado en un esquema cada vez más desfavorable en que queda entrampado sin salida.

Las señales que recibe el mercado son inequívocas y actúa en consecuencia jugando necesariamente al achique como estrategia netamente de supervivencia. El problema del Uruguay no es que falten buenos proyectos que pueden llevarse adelante, sino que falta una conducción económica coherente, creíble y consciente de los costos que están pagando los sectores productivos. Lo más preocupante es la ausencia de reacción política: no hay correcciones de rumbo, no hay reconocimiento de errores, no hay un plan integral que articule fiscal, monetaria y competitividad. Mientras que el ministro de Economía esté contento simplemente porque se hable de él como expresó en una entrevista estamos en el horno.

Uruguay ya ha recorrido este camino en el pasado y conoce bien sus consecuencias. Persistir en una combinación de mayor presión fiscal, gasto público en ascenso y atraso cambiario no es solo un error técnico; es una decisión que compromete el crecimiento, el empleo y la confianza en el futuro. Corregir a tiempo no es una opción ideológica es una urgencia económica y política.

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