Perdidos en sus laberintos

Qué facilidad para complicar las cosas, para retroceder en lo que ya venía avanzado, en enredarse para solucionar sus absurdos líos, en contradecirse unos a otros, en perderse en sus propios laberintos.

Esto es lo que el país viene observando día a día respecto a sus gobernantes. Es verdad que gobernar no es fácil, pero entreverarse en forma adrede debería ser aún más difícil.

Lo que se estaba avanzado respecto al abastecimiento de agua potable para la zona metropolitana, se desarmó de un plumazo. Estaba todo pronto para empezar las obras en Arazatí y ahora se retrocede al primer casillero y se comienza otra vez con largas conversaciones para ver que hacer. Se terminará volviendo al mismo recurso actual: el Santa Lucía. Si se repitiera la brutal sequía de 2023, estaríamos ante igual drama. Arazatí proponía otra fuente. Ahora hay que dar marcha atrás, rediseñar las nuevas propuestas, esperar para saber cuando se pondrá en marcha.

En medio de esto, dos ministros se contradicen a cara descubierta por la prohibición de exportar ganado en pie, decisión que convulsionó al mundo productivo y llevó a que el Ministro de Economía discrepara con el de Ganadería.

A falta de argumentos, el ministro Alfredo Fratti respondió a las críticas del senador Pedro Bordaberry diciendo que al menos él no tenía un familiar que haya sido dictador. Apuntó a lo de “portar apellido” pero sobre el tema mismo, no dijo nada.

Inexplicable es lo de los pasaportes. Lo es por lo que se hizo, y lo es porque pasa el tiempo y no se le da solución a los afectados.

Los argumentos para explicar el cambio (o sea, porqué se omitió indicar el lugar de nacimiento) son infantiles. Se aduce una cuestión de derechos humanos, pero no se aclara que tiene que ver eso con omitir datos. Además se argumenta que la omisión estaba aceptada por una organización internacional de aviación civil, lo cual tampoco es claro. ¿No debería ser un asunto que concierne a las oficinas de migración de cada país?

El gobierno dice que hablará con los países que cuestionaron que no se pusiera el lugar de nacimiento, sabiendo que estos no cambiarán de postura y que seguramente se irán sumando otros.

La pregunta obvia es porqué ni bien se detectó el problema no se convocó a todos los que sacaron el cuestionado pasaporte para darles otro, ya corregido. Se debió hacer en forma inmediata para evitar que la gente siga siendo perjudicada. Pero es bien conocida esa veta sádica que caracteriza al Estado.

Haber optado por esa peculiar modalidad expuso a Uruguay ante el mundo en un terreno donde hay extrema sensibilidad y en un momento donde abundan los gobernantes exacerbados.

Cuando la prioridad del país es no estar en el radar de nadie, aparece esta innecesaria medida que nos expone de forma brutal.

No tiene sentido insistir acá con lo del “Diálogo social” para reformar la seguridad social. Una idea que parece inspirada en los regímenes corporativos de la primera mitad del siglo pasado, donde la genuina representación ciudadana se pasa por alto, para cambiar una ley que hace menos de un año fue avalada por una sólida mayoría de un electorado que fue convocado a un plebiscito para liquidarla. El soberano se pronunció y es muy perverso esto de despreciar semejante pronunciamiento.

Otro peculiar disfuncionamiento de esta larga lista es el decreto contra las universidades privadas que da marcha atrás sobre algo que es un derecho adquirido de dichas universidades por su sola trayectoria, prestigio y aceptación en la sociedad.

Las universidades reconocidas en el decreto derogado llevan ya varias décadas de activa presencia y con numerosos egresados que lucen licenciaturas, maestrías y doctorados. Cuentan en su elenco con profesores e investigadores destacados, de renombre, y por derecho propio se han hecho un lugar que debe ser respetado. Su surgimiento significó una gran transformación en el país.

Para crecer y desarrollarse necesitan de la relativa autonomía que este gobierno les negó. Es que a esta altura, su presencia tiene más peso que un mero decreto elaborado con la intención de subestimarlas y humillarlas. Cosa que ya no nadie puede hacer.

La lista de estos peculiares desatinos podría seguir. Parece que todas las semanas se producen un suficiente número de ellos para merecer comentarios como los de este editorial. Sorprenden, son difíciles de entender por su escaso sentido común y sus torpes intentos de enmendarse (las pocas veces que lo hacen). En definitiva, no es sano para el país.

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